Edición Nº 1101 - Viernes 9 de octubre de 2026

Entre la bala y el abandono

Viernes 1 de mayo de 2026. Lectura: 3'

Por Angelina Rios

Uruguay enfrenta una doble fractura: la violencia que irrumpe a diario y la pobreza que se expande en silencio. El riesgo más profundo no es solo que aumenten, sino que empecemos a naturalizarlas.

Hay algo que está cambiando —y no para bien— en la forma en que vivimos la realidad cotidiana en nuestro país. Ya no es solamente el aumento de los hechos de violencia o la persistencia de la pobreza. Es, sobre todo, la velocidad con la que una tragedia reemplaza a la otra, sin darnos tiempo a procesar, a reflexionar, a reaccionar como sociedad.

Un homicidio. Otro más. A veces, dos en un mismo día. Y, entre esos números fríos, historias que deberían conmovernos profundamente, como es la de ese niño de apenas un año y medio, muerto en un contexto que remite —según trascendidos públicos— a disputas vinculadas al narcotráfico. Una vida que no llegó siquiera a empezar, atravesada por una lógica de violencia que no distingue edades, ni inocencias.

Pero lo más inquietante no es solo el hecho en sí. Es lo que viene después.

La noticia circula, impacta, se comenta unas horas… y rápidamente queda atrás. Porque enseguida aparece otra. Y otra. Y otra más. Como si estuviéramos atrapados en una sucesión interminable de episodios que nos obligan a seguir avanzando sin detenernos.

Ese ritmo tiene consecuencias. Lentamente, casi sin darnos cuenta, la violencia empieza a perder su capacidad de conmover. Se vuelve parte del paisaje. Se normaliza.

Y ahí está el verdadero quiebre.

Una sociedad que se acostumbra a la violencia es una sociedad que empieza a tolerarla. Y, cuando eso ocurre, el deterioro deja de ser solo un problema de seguridad para transformarse en un problema cultural, ético, profundamente humano.

En paralelo, hay otra escena que crece, más silenciosa pero igual de elocuente: la de la pobreza expuesta en el espacio público. Más personas durmiendo en la calle. Más rostros atravesados por el consumo problemático de drogas, por la enfermedad mental, por la soledad extrema.

Días atrás, una imagen dantesca condensaba ese drama con crudeza: una mujer joven, en situación de calle, llorando desconsoladamente con la cabeza dentro de un contenedor de basura. No era solo una escena de marginalidad. Era una escena de abandono.

Porque cuando alguien llega a ese punto, ya no estamos frente a un problema individual. Estamos frente a una falla colectiva.

La convivencia de estos dos fenómenos —la violencia que estalla y la pobreza que se instala— no es casual. Se retroalimentan. Se cruzan en territorios, en historias de vida, en ausencias del Estado y también en fracturas del tejido social que llevan años gestándose.

No hay soluciones simples ni inmediatas. Sería ingenuo plantearlo en esos términos. Pero sí hay una certeza: la de que minimizar, relativizar o acostumbrarse es, en sí mismo, parte del problema.

Uruguay supo construir durante décadas una identidad asociada a la convivencia, a ciertos equilibrios sociales, a una idea de comunidad donde lo público importaba. Hoy, esa identidad está en tensión.

La pregunta, entonces, no es solo qué está pasando.

La pregunta es cuánto estamos dispuestos a aceptar.

Y, sobre todo, cuánto tiempo más podemos mirar estas escenas —la bala que mata, la persona que duerme en la calle, el llanto que nadie escucha— sin sentir que algo esencial se nos está escapando.

Porque el riesgo más grande no es la violencia en sí misma.

Es dejar de verla como una excepción.



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