Edición Nº 1094 - Viernes 21 de agosto de 2026

Entre Moria y Laura

Viernes 21 de agosto de 2026. Lectura: 8'

Por Eduardo Irigoyen

Entre el espectáculo y la emancipación, entre la mujer convertida en personaje y la mujer reconocida como ciudadana, hay mucho más que una diferencia de estilo. Moria Casán representa una forma exuberante y provocadora de cultura popular. Las «tradwives» representan, en cambio, una reacción conservadora que presenta la dependencia como libertad.

Creo que corría el año 1978. Hacía poco que había llegado a Montevideo desde Fray Bentos y, como buen canario perdido en esa ciudad —esa “madre cruel” de la que hablaba Líber Falco—, me había volcado con ganas a todo espectáculo musical que se ofreciera. Sobre todo, rocanrol. Bandas uruguayas, una vez a la semana, en el Odeón; y argentinas, cada tanto, en el Stella D’Italia, conducido por el empresario de espectáculos Carlos Roth.

De esa sala de Mercedes y Tristán Narvaja, una noche vi salir a Moria Casán. Subió a un auto acompañada por dos o tres personas de su elenco. Actuaba esa semana.

Pero esa misma noche no fui a ver el espectáculo del Maipo: fui a ver a la banda argentina Vox Dei.

A la salida, escapé por poco de ser conducido al interior de uno de aquellos vehículos azules que se llevaban a los peludos y a todo aquel que tuviera aspecto sospechoso a la seccional más cercana. Esa vez tuve suerte. Pero después, hasta 1983, conocí bastante bien lo que era dormir en varias seccionales a la salida de los conciertos.

Lo cierto es que tuve la suerte de conversar unos minutos con Willy Quiroga y Ricardo Soulé. Willy hablaba entusiasmado de un viaje a Nueva York y de la pizza que había probado allí, que le había parecido sublime. Soulé, entre divertido y asombrado, me contó que tenía una esposa muy hermosa y que, en cierta ocasión y en un lugar que no recuerdo, el entonces marido de Moria se había dedicado a comérsela con los ojos.

No me jodan, porque yo los conozco a todos”

Diez años después, trabajaba en prensa y relaciones públicas de la Intendencia de Río Negro y, por esas cosas del oficio, me tocó viajar a Nueva Palmira.

Andábamos por el puerto con el intendente Mario Carminatti, el ministro Jorge Sanguinetti y el directorio de la Administración Nacional de Puertos. Entre autoridades, funcionarios, periodistas y gente que iba y venía, terminé conversando con una periodista local que, si la memoria no me traiciona —y a esta altura ya tiene bastante laburo—, creo que era además directora de un periódico de la zona.

La conversación empezó de la manera más inocente posible. Hablamos del puerto, del río, del paisaje.

Pero, como suele ocurrir en estas cosas, la conversación fue derivando.

Y ella agarró viento en la camiseta.

De pronto, el río quedó atrás y empezamos a navegar por aguas mucho más turbulentas: la juventud estaba perdida, los valores se habían venido abajo, ya no había moralidad ni respeto, las muchachas jóvenes eran cada vez más atrevidas, ruidosas y descaradas y, por supuesto, estaban consumidas por el pecado.

Yo escuchaba atentamente.

Entonces hizo una pausa dramática y preguntó:

¿Sabés quién tiene la culpa?

A esa altura, imaginaba que estábamos ante uno de esos grandes problemas de la humanidad que requieren una explicación compleja. Pensaba en los cambios culturales, en la educación, en la economía, en la familia, en las transformaciones sociales. Mientras yo hacía, mentalmente, algo parecido a una tesis de sociología, mi interlocutora parecía tener la respuesta perfectamente preparada y la largó indignada:

¡La Moira Casán!

Me quedé un segundo sin saber qué decir.

Moira.

No Moria.

Moira, las moiras, aquellas figuras de la mitología griega que tejían, medían y cortaban el hilo del destino humano.

¿Quiénes son?”

Hace poco vi la serie de Netflix sobre su vida y me dejó una mezcla extraña: diversión, algo de tristeza y, por momentos, perplejidad.

Más allá de los atributos físicos (en sus mejores años) que a esta altura ya no hace falta comentar, no logro sintonizar del todo con ese universo. Millones la admiran hasta la devoción. Yo, en cambio, no termino de descubrir qué mensaje pretende dejarle al mundo.

Hay brillo, provocación, ego, frases afiladas y una construcción permanente del personaje. Todo parece tan trabajado como el resto. Pero sería injusto negarlo: Moria es muy inteligente y extraordinariamente divertida.

Tiene un talento especial para fabricar frases que hieren, ningunean o ponen al otro contra las cuerdas. A veces con ingenio, a veces a los bifes.

Y vamos a confesarlo: todos hemos usado alguna. Aunque después nos hagamos los serios.

Moria es un producto muy particular de esa cultura popular argentina donde conviven, de manera casi promiscua, la tramposa mano de Dios de Maradona, el dinosaurio vivo de Susana Giménez, la santificación de Evita y el Indio Solari. Una galería interminable de mitologías nacionales.

Nosotros, los racionales y poco alborotadores uruguayos, muchas veces observamos todo eso con fascinación, diversión y cierta distancia antropológica.

Son cosas de los argentinos”, decimos, mientras estamos sentados frente a la pantalla, tomando mate y consumiendo todo lo que llega desde la otra orilla.

Y también los envidiamos.

¿Cómo se puede ser tan berreta?”

Pero mi preocupación no está realmente en Moria Casán.

Está en lo que viene después.

Porque Moria, a su manera contradictoria, rompió moldes. Usó su cuerpo, su lengua, su independencia y su capacidad de provocar como herramientas de poder. Fue, en cierto sentido, una feminista sin teoría. O, mejor dicho, una que probablemente jamás habría aceptado que alguien la metiera en una definición.

Mientras ella representa una versión exuberante e individualista de la emancipación, en las redes crece otra corriente: las tradwives.

Las redes venden una nueva fantasía. La mujer perfecta. La casa perfecta. El marido proveedor. Los hijos impecables. La cocina reluciente. La ropa y la sonrisa perfectas.

La tradwife se presenta como alguien que ha descubierto la felicidad abandonando la carrera, quedándose en casa y aceptando la división tradicional de roles.

El viejo truco de llamar libertad a la dependencia.

La trampa consiste en presentar la subordinación como empoderamiento. No trabaja porque “no lo necesita”. No tiene ingresos propios porque “su marido provee”. No toma decisiones económicas porque “confía en su hombre”. Su verdadera realización está en el hogar. Todo puede ser una elección legítima. El problema empieza cuando esa elección se convierte en el modelo superior, en una doctrina que le dice a las demás cuál es su verdadero lugar. Y más todavía cuando se glorifica la dependencia económica como virtud. Es el patriarcado con filtro vintage, buena iluminación y vajilla de marca.

Nada hay de malo en que una mujer elija libremente quedarse en casa y dedicarse a su familia. La libertad consiste precisamente en poder elegir. El problema es convertir esa elección personal en jerarquía moral y, encima, en producto comercial: cursos, cosméticos, ropa, suplementos, consejos matrimoniales. Detrás de muchas de esas imágenes perfectas hay horas de producción, personal contratado y una generosa edición fotográfica.

No toda tradwife es una conspiradora contra el feminismo, ni toda mujer que prefiere la vida doméstica está oprimida. Sería tan absurdo como afirmar que toda profesional es necesariamente emancipada. El problema no es la elección individual. El problema es convertirla en doctrina.

Una mujer puede querer ser ama de casa. Otra, médica. Otra, periodista, empresaria, maestra, política o artista. Otra puede querer hacer exactamente lo que se le antoje. Eso es libertad. Lo contrario es decirle que su valor depende de ser deseable, obediente, bella, joven y útil para un hombre con dinero. Eso no es emancipación. Es marketing.

Encima, ahora ese movimiento acompaña el discurso conservador más absurdo: perder el derecho al voto y dejar que decida su marido.

Take it easy”

Y entonces vuelvo al principio.

Moria convirtió su personalidad en espectáculo y, sin duda, le fue redituable.

Mis dos hijas, que a menudo me dan lecciones de vida y sobre lo que reclaman las mujeres de hoy, me han enseñado a mirar con más cuidado estos fenómenos socioculturales argentinos que tanto me cuestan entender.

Yo prefiero mujeres que hicieron cosas, pensaron, crearon, enseñaron y transformaron sin necesidad de convertir su vida en vidriera: Paulina Luisi, Luisa Luisi, Adela Reta, Ida Vitale, China Zorrilla. Y ahora que lo pienso, debería integrar a Laura.

El problema es que Laura ni siquiera existió como mujer. Laura era José Batlle y Ordóñez. El presidente escribía bajo ese seudónimo en El Día para defender los derechos de las mujeres. En 1912 decía: “Que se nos ponga en igualdad de condiciones con el hombre y que se nos juzgue después”. Una paradoja extraordinaria: el mismísimo presidente escribiendo como mujer para reclamar igualdad. En el Uruguay de comienzos del siglo XX significaba enfrentarse a una sociedad que todavía discutía si las mujeres debían estudiar, trabajar, administrar sus bienes o votar. El batllismo fue, en ese proceso, un aliado decisivo.

Laura defendía algo menos glamoroso que una vida de escaparate: derechos, educación, autonomía, ciudadanía, trabajo, independencia, igualdad.

Entre Moria y Laura hay una diferencia fundamental:

Moria hizo de su personalidad un espectáculo, un escaparate revisteril, un objeto de admiración.

La imaginaria Laura hizo de una idea una causa y ganó.

¿Cómo?

¿Me dicen que la actitud de Batlle en realidad fue paternalismo?

¿Que Don Pepe solo recogió luchas que otros habían iniciado y que él se llevó los laureles?

El decorado se calla.



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