Entre Loretta y Naty Menstrual
Viernes 25 de setiembre de 2026. Lectura: 9'
Por Eduardo Irigoyen García
La escena de Loretta en La vida de Brian y la polémica por la presencia de Naty Menstrual en Montevideo sirven al autor para reflexionar sobre la libertad de expresión, el pánico moral y las guerras culturales.
Hay una escena en La vida de Brian, la película de los Monty Python, que se ha convertido en un pequeño campo de batalla. Stan, un miembro del Frente Popular de Judea, anuncia que quiere ser mujer, que quiere llamarse Loretta y que quiere parir. El diálogo original es este:
Stan (Eric Idle): «Quiero ser una mujer. De ahora en adelante, quiero que me llamen Loretta».
Stan: «Quiero ser mujer... Es mi derecho como hombre».
Stan: «Quiero tener un bebé... Todo hombre tiene derecho a tener un bebé, si quiere».
Reg (John Cleese): «No tienes útero. ¿Dónde vas a gestar el feto, en una maleta?»
Stan: «¡No me oprimas!»
La escena es absurda, incómoda y ofensiva para algunos. Precisamente por eso vale la pena defenderla.
El detalle de la polémica
En mayo de 2023 se conoció que la adaptación teatral de La vida de Brian eliminaría la escena de Loretta porque, según los actores que participaron en una lectura del guion en Nueva York, el chiste «podría ofender» al colectivo trans. La noticia dio la vuelta al mundo.
Cleese salió a desmentirlo:
«Hace unos días hablé ante un público en las afueras de Londres. Les conté que estoy adaptando “La vida de Brian” como obra de teatro. Les dije que hace un año hicimos una última lectura del guion en Nueva York, y todos los actores —varios de ellos ganadores del Tony— me recomendaron encarecidamente que eliminara la escena de Loretta. Por supuesto que no tenía intención de hacerlo».
Y agregó:
«Son actores de Broadway de primer nivel, y sostenían que en Nueva York jamás podríamos representar esa escena».
A los productores los trató de cagones:
«Los productores suelen ser unos cobardes. No recuerdan que las protestas cuando se estrenó “La vida de Brian” significaron que nunca necesitamos publicidad».
Y dijo algo más sobre el argumento de que «ya no se puede»:
«Así que aquí hay algo que, según tengo entendido, nadie cuestionó durante 40 años, y de repente no se puede hacer porque ofende a alguien. ¿Qué se supone que uno debe sentir?»
Cuando el humor deja de pedir permiso
La escena de Loretta no pide permiso. No se disculpa. No es transfóbica. No apunta a negar la existencia de las personas trans. Tampoco aclara que «esto no va contra las personas trans». Simplemente es. Y ahí está su valor: la comedia no tiene por qué ser pedagógica ni ejemplar.
Es una parodia del activismo mal entendido, de la persona que cree que su deseo alcanza para reconfigurar la biología. Es incómoda porque el humor siempre lo es cuando toca lo sagrado. Y resulta incómoda tanto para la moral conservadora como para cierto progresismo puritano, para quienes lo sagrado hoy es la identidad.
El resultado es paradójico: una obra que en su momento fue censurada en su estreno por blasfema ahora es vigilada por quienes se arrogan la representación de las minorías.
La libertad de expresión no se defiende desde una tribuna
La libertad de expresión no puede ser un privilegio de los bienpensantes. Tampoco puede depender de que aquello que se dice coincida con nuestras ideas, nuestra sensibilidad o nuestra concepción de lo correcto.
Como dijo el propio Cleese en otra ocasión:
«La comedia no trata de gente perfecta, trata de todos nosotros con nuestras imperfecciones; no trata de que las cosas salgan bien, sino de todo lo que sale mal».
Y esto vale también cuando la expresión artística que tenemos delante no nos gusta, nos incomoda o incluso nos resulta desagradable.
Del humor que incomoda a la cultura que provoca
En la vereda opuesta pienso en Naty Menstrual, a quien desconocía hasta hace unos días y cuya presencia en Montevideo generó una reacción que me llamó la atención. Se presentó con el apoyo de la Intendencia de Montevideo como escritora, performer y artista plástica travesti argentina, autora de Continuadísimo y Batido de Trolo.
Su obra no me despierta particular interés. No la siento cercana a mi sensibilidad. Su estética de lo abyecto, del exceso y del cuerpo como campo de batalla me resulta ajena. Hasta hice chistes con algunos amigos.
Y justamente por eso me interesa el episodio. No porque me haya convertido de repente en admirador de su obra, sino porque una cosa es que algo no nos guste y otra, muy diferente, considerar que por eso no debería estar allí.
Me tomé el trabajo de recorrer las reacciones en las redes. Fueron desproporcionadas incluso para los estándares, ya bastante intolerantes, de las redes uruguayas. Cientos de comentarios acusaban a la Intendencia de robo y hasta de «terrorismo»; aparecían referencias sin ningún sustento a causas penales ajenas al hecho, pedidos de demoler el edificio municipal, invocaciones a Bukele y a George Soros y, en un exceso de nostalgia autoritaria, hasta a la dictadura como «lo mejor que le pasó a este país». Alguien pidió cerrar el «antro». Otro exigió que se transparentara «cuánto cuesta esto».
Ese desfasaje entre la magnitud real de un hecho y la magnitud de la respuesta que provoca no es casual ni espontáneo. En sociología política tiene un nombre: pánico moral.
Cómo se fabrica un enemigo
El sociólogo Stanley Cohen describió hace medio siglo el mecanismo por el cual un grupo o una conducta pasan a ser presentados como una amenaza extraordinaria para los valores de una sociedad. El esquema tiene seis pasos, y el hilo de comentarios sobre el taller de Naty Menstrual los cumple casi en orden: se identifica un enemigo —la Intendencia, la comunidad travesti, «el colectivo»—; se exagera su capacidad de daño —«nos quieren imponer la ideología de género»—; se seleccionan casos extremos y se los presenta como regla —acusaciones sueltas de delitos graves, sin verificación alguna—; se generaliza a partir de esos casos; se coloca a la infancia —«¡van por nuestros hijos!»— y a «las mujeres de verdad» en el lugar de víctimas potenciales; y, finalmente, se exige una respuesta política urgente y desproporcionada.
La teoría de los fundamentos morales (Moral Foundations Theory), desarrollada por Jonathan Haidt y sus colaboradores, sostiene que las posiciones políticas no se explican solamente por intereses económicos, sino también por los fundamentos morales que cada persona prioriza. Entre ellos están la autoridad, la lealtad de grupo y la pureza: dimensiones particularmente activas en el conservadurismo moral.
Cuando la sexualidad se interpreta en esos términos, una identidad trans o una charla sobre derechos altersexuales dejan de ser un asunto privado y pasan a ser leídas como un símbolo de ruptura del orden. Ya no se discute una actividad cultural: se discute, en la cabeza de quien comenta, quién tiene autoridad para definir qué es normal.
Sabemos hacer desaparecer lo que incomoda
Invito a recordar el caso del profesor Juan Martín Sánchez, quien presidió durante un tiempo la subcomisión de género del Partido Colorado y terminó aislado y ninguneado. Pero con calidad, con cancha, en silencio, sin alboroto: algo muy del estilo colorado. Una forma amable y elegante que tienen ciertas estructuras políticas de deshacerse de quien incomoda sin necesidad de decir por qué. Primero se fue de la subcomisión y después del Partido Colorado.
Vamos a hablar claro: es tan mala la invisibilización como la inflación artificial. Ni el armario ni el escaparate obligatorio.
La guerra cultural necesita enemigos
Hay algo llamativo en la actual batalla cultural: asuntos que afectan directamente a una proporción relativamente pequeña de la población ocupan un espacio político desmesuradamente grande. El matrimonio entre personas del mismo sexo, las marchas del orgullo, la educación sexual, las identidades trans, el uso de determinados pronombres o los tratamientos médicos para adolescentes aparecen, en determinados discursos políticos, como si constituyeran una amenaza existencial para la familia, la infancia, la religión, la nación y hasta la civilización occidental.
La pregunta interesante no es solamente por qué algunas personas desaprueban determinadas prácticas. Eso ha ocurrido siempre. La cuestión es otra: ¿por qué determinados sectores políticos han convertido esa desaprobación moral en una estrategia de movilización política?
El orden moral que se asusta
La condena moral de la homosexualidad no nació con la derecha contemporánea. Tiene raíces religiosas, culturales y jurídicas antiquísimas y aparece, con diferentes formulaciones, en distintas tradiciones. Pero hay que distinguir una cosa fundamental: la antigua condena religiosa de determinadas conductas sexuales no constituye todavía una teoría política moderna de la homosexualidad.
Durante siglos, las sociedades occidentales estuvieron organizadas alrededor de una determinada concepción de la familia, la reproducción y la autoridad. La familia heterosexual, monogámica y jerárquica no era solamente una forma de convivencia: era una institución vinculada con la transmisión de la propiedad, la filiación, la herencia, la educación y la reproducción social.
La modernidad comenzó a separar progresivamente esas funciones. El liberalismo, la secularización, el individualismo, el republicanismo laico, la emancipación de las mujeres, la anticoncepción, el divorcio, el reconocimiento jurídico de los hijos extramatrimoniales, la incorporación masiva de las mujeres al mercado de trabajo y, posteriormente, los movimientos feministas y altersexuales fueron erosionando la idea de que existía una única forma legítima de organizar la vida privada.
Para el conservadurismo tradicional, la sociedad no es simplemente una suma de individuos autónomos. Existe un orden moral previo que los individuos reciben y transmiten. Familia, religión, autoridad, tradición y nación aparecen conectadas. Cuando ese orden comienza a cambiar, el problema deja de ser exclusivamente sexual. Pasa a ser una discusión sobre quién tiene autoridad para definir qué es normal, legítimo y moralmente aceptable.
Ni censura ni protección paternalista
Loretta puede ofender a algunos. Naty Menstrual puede no interesar a otros. Ambas cosas son irrelevantes. Lo que importa es que la crítica, la sátira, la blasfemia y la ofensa —cuando no incitan a la violencia— forman parte del debate público.
El debate público se empobrece cuando se decide de antemano qué voces merecen ser escuchadas y cuáles deben ser gestionadas, matizadas o directamente eliminadas.
Las expresiones y los reclamos de la comunidad altersexual no necesitan protección paternalista, sino respeto, comprensión y diálogo. Necesitan, como los de cualquier otra comunidad, la intemperie de la crítica. Y la sociedad, para madurar, necesita perder el miedo a ofender y a ser ofendida.
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