Edición Nº 1087 - Viernes 3 de julio de 2026

Energía Nuclear en Uruguay: el fin del fantasma de Chernóbil

Viernes 3 de julio de 2026. Lectura: 3'

Por Darío Peña

Para un país que ya convive con la energía nuclear en la región, mantener una prohibición absoluta basada en los temores de hace casi cuarenta años merece una revisión. Los avances tecnológicos, el nuevo consenso científico y los desafíos energéticos del futuro reabren un debate que Uruguay ya no puede postergar.

Uruguay se enorgullece, con justa razón, de haber construido una matriz eléctrica casi enteramente renovable, un logro que nos posiciona como referentes a nivel global. Sin embargo, la transición energética es un proceso continuo y la cara oculta de ese éxito inicial empieza a mostrar nuevos desafíos. Tenemos una de las energías más caras del continente, y pronto nuestro parque eólico deberá enfrentar la costosa renovación de cientos de piezas fabricadas con materiales que son difícilmente reciclables. Al mismo tiempo, el mundo se asoma a un incremento acelerado en el consumo eléctrico impulsado por la inteligencia artificial, los centros de datos y la electrificación del transporte.

Para proteger nuestro futuro, debemos mirar nuestro pasado con respeto y al avance tecnológico como una oportunidad. En 1997, nuestro país aprobó la Ley N.º 16.832, la cual prohibió expresamente la generación eléctrica de origen nuclear. Aquella fue una decisión preventiva profundamente responsable y plenamente comprensible en su contexto histórico. Se tomó en una época marcada por el miedo y el trauma internacional posterior a Chernóbil, y el Estado actuó como debía, protegiendo a la ciudadanía frente a una tecnología que en aquel entonces aún generaba legítimas dudas y preocupaciones ambientales.

No obstante, casi tres décadas después, la ciencia ha dado un salto exponencial. Los reactores modernos de tercera y cuarta generación, así como los Reactores Modulares Pequeños (SMR), cuentan con múltiples barreras de contención y sistemas pasivos de enfriamiento que hacen físicamente imposible repetir los escenarios del pasado.

Hoy, el paradigma global sobre la energía atómica ha cambiado drásticamente. Recientes investigaciones académicas, como las publicadas por la Universidad CLAEH, demuestran la posición favorable de la energía nuclear para garantizar el desarrollo sostenible y proteger el derecho a un medioambiente limpio. A esto se suma el nuevo consenso de las máximas autoridades globales, tales como el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), la Agencia Internacional de Energía (AIE) y el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que reconocen hoy que la energía nuclear es una aliada indispensable y segura para combatir el cambio climático y alcanzar las cero emisiones netas en 2050.

Paradójicamente, la prohibición actual no nos aísla de los riesgos. A menos de 300 kilómetros de Montevideo operan las centrales argentinas de Atucha I y II. En los hechos, los uruguayos asumimos la vecindad de la energía nuclear, pero nos privamos de sus enormes beneficios en términos de soberanía, estabilidad y abaratamiento de nuestra factura eléctrica. Una energía más barata aliviaría a los hogares y devolvería competitividad a nuestra industria.

Afortunadamente, Uruguay no parte de cero para dar esta discusión. A nivel institucional, nuestro país cuenta con una Autoridad Reguladora Nacional en Radioprotección (ARNR) madura e independiente, cuyos recientes avances, aumento de personal técnico y mejoras de gestión han sido elogiados en las misiones de expertos del propio OIEA. Además, acabamos de firmar en Viena el Marco Programático Nacional 2024-2029 con el OIEA, reafirmando nuestro compromiso y madurez en el uso pacífico y seguro de las tecnologías nucleares.

Reabrir este debate no significa que vayamos a construir una central nuclear de un día para el otro. Significa, simplemente, permitirnos pensar con libertad y analizar la evidencia científica. Uruguay debe honrar su tradición batllista de planificación a largo plazo. Es momento de abandonar los dogmas y evaluar sin prejuicios las herramientas que garantizarán el desarrollo sostenible de las próximas generaciones.



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