Esta semana, se cumplieron 50 años del atentado con una bomba contra el Club de Bowling de Carrasco, organizado y ejecutado por el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. Hilaria Quirino, una madre soltera que se desempeñaba como cuidadora del establecimiento, fue herida de gravedad y nunca logró recuperarse de aquel trágico e injusto episodio que la marcó a fuego hasta el final de sus días. Ni ella ni sus cinco hijos, recibieron justicia.
El pasado mes de agosto, el periodista Leonardo Haberkorn publicó un nuevo libro titulado "Herencia Maldita". En él, recoge una serie de artículos de su autoría que investigan el período de la violencia política en el Uruguay de los años 60 y 70. Al igual que en "Historias Tupamaras", una obra dedicada a desmontar los mitos y las mentiras de la guerrilla, Haberkorn indaga en una serie de sucesos que se han pretendido borrar de la memoria colectiva, o peor aún, tergiversarse vilmente.
En el segundo capítulo de esta nueva obra, que aprovechamos para recomendar de principio a fin, se recuerda el criminal ataque de la guerrilla tupamara al Club de Bowling de Carrasco, ocurrido un 29 de septiembre del año 1970, hace exactamente 50 años. "Aquella violenta acción", comienza recordando Haberkorn, fue la más "trágica" del llamado "Plan Cacao" cuyo propósito era realizar una serie de atentados con bomba en lugares de "diversión de la burguesía" con el objetivo de "aterrorizarla".
De acuerdo al testimonio del tupamaro Jorge Zabalza, citado por Haberkorn en "Historias Tupamaras", el "Plan Cacao" fue ideado por la Dirección del MLN-T, que integraba el expresidente Mujica, y redactado personalmente por el extinto exministro Fernández Huidobro. "Se pretendía, como decía una de las fases del plan, que la burguesía no balconeara la lucha que se venía dando. Para eso era necesario golpear sus centros de vida social", narra Zabalza.
En el atentado del 27 de septiembre, murieron dos integrantes del comando tupamaro (Roberto Rhon y Carlos López) encargado de colocar los explosivos -que se detonaron antes de que estos lograran retirarse- y resultó gravemente herida una modesta empleada del Club. Se llamaba Hilaria Quirino, tenía 48 años en el momento del atentado y estaba a cargo de cinco pequeños hijos, la mayor tenía tan solo 15 años.
Durante mucho tiempo, circularon versiones que aseguraban que el primer apellido de Hilaria era Ibarra y que había muerto durante el atentado. No obstante, de acuerdo a la investigación de Haberkorn, Hilaria se apellidaba Quirino y no murió durante el atentado, aunque "le arruinaron la vida" tal y como se desprende de los testimonios familiares que se recogen en el libro.
Cuando explotó la bomba, asegura su yerno, "quedó toda abierta" y "pasó ocho meses internada grave" no logrando recuperarse "ni física ni mentalmente". En esos meses, reconstruye Haberkorn, "Hilaria debió volver a aprender a caminar, porque no podía. Dos veces creyó reconocer entre los enfermeros a integrantes del comando tupamaro que había volado el bowling. Pensó que procuraban matarla."
Una de sus hijas, que prefirió "no hablar mucho" según describe el periodista, recuerda que con 15 años tuvo que pedir que alguien le facilitara una máquina de tejer para sostener a su familia. "Mi madre nunca se recuperó, sobretodo mentalmente. Su cuerpo parecía un mapa, de tantos injertos que tuvieron que hacerle. A mí me costó mucho sobreponerme y ya no quiero hablar de eso. Yo no soy quien para perdonar, es el de arriba el que tiene que perdonar", asegura María Rita, hija de Hilaria.
Además de consultar a la familia de la propia Hilaria, Haberkorn logró dar con el testimonio del joven de 17 años que rescato a Hilaria entre los escombros salvándole la vida. Se trata de Gustavo Zerbino, que dos años después se salvaría de la "Tragedia de los Andes". Zerbino vivía a una cuadra del lugar, y tras la explosión fue a ver qué pasaba. "Se estaba prendiendo fuego y me gritaba: ‘sacame, sacame'".
"Tiré y tiré con todas mis fuerzas. Deben haber sido unos minutos, pero me parecieron horas. Para sacarla de debajo de la columna tuve que arrancarle prácticamente la pierna y desmembrarle la cadera. Fue lo más espantoso que hice en mi vida, fue horrible, pero al menos le salvó la vida", recuerda el sobreviviente de los Andes.
Además del trauma psicológico que le duró por el resto de su vida, según el testimonio de su propia hija, Haberkorn asegura que Hilaria nunca pudo volver a hacer un trabajo normal por lo que el Estado le dio "un empleo público de poca exigencia". Luego del atentado que casi le costó la vida, "trabajó como portera del Museo Pedagógico".
El "Plan Cacao" estuvo operativo varios meses, incluso luego del brutal atentado que no sólo arruinó la vida de Hilaria, sino que terminó con la vida de dos tupamaros. En los 70', el MLN-T puso bombas en más de un establecimiento: la fábrica Sudamtex, la boite Zum Zum, el club de Golf, la planta embotelladora de Coca-Cola, el restaurante La Rochelle de Punta del Este, entre otros.
En momentos en que existe un descreimiento generalizado de la actividad política, es necesario recordar que sin ella -único medio pacifico para resolver las diferencias- solo queda la vía de la violencia, esa misma violencia que arruinó la vida de Hilaria y de muchos compatriotas. Para que la historia no se repita, hay que contarla y contarla toda, tal como fue, pese a quien le pese.