En el inicio de la cosecha 2026, tributo a la citricultura
Viernes 26 de junio de 2026. Lectura: 5'
Por Tomás Laguna
Si bien la cosecha ya llevaba algunas semanas, el pasado 23 de junio fue el día elegido para dar inicio oficial a la zafra citrícola 2026, suceso que se cumplió en campos de Azucitrus, próximo a Pueblo Gallinal, Paysandú. Como corresponde, en el homenaje que se tributa en cada inicio de cosecha se cumple con el reconocimiento a todo un sector productivo por su desvelo y esfuerzo de cada año, muy en particular a nuestra resiliente citricultura nacional y su particular historia.
Si bien el cultivo ya había sido introducido por los colonizadores españoles, fue promediando el siglo pasado cuando, de la mano de don Pedro Benito Solari, el rubro dio un salto cualitativo a partir de una mayor tecnificación, iniciándose la exportación. También fue referente en el desarrollo citrícola don André Darricarrere, un argelino emigrado a nuestro país, responsable del empuje agroindustrial tras la fundación de la ya desaparecida Sandupay. Desde entonces, y por su orden, Salto y Paysandú consolidaron el corazón agroexportador citrícola de nuestro país.
Desde siempre, y hasta los tiempos que corren, el agronegocio citrícola debió enfrentar desafíos casi existenciales. La sanidad del cultivo, los costos de producción, el clima —ya sea por las sequías o por la ocurrencia de heladas extremas y su daño sobre los tejidos vegetales— y, por cierto, el acceso a mercados, tanto por calidad como por los costos arancelarios. Es por eso que el cultivo merece, como ningún otro rubro, el adjetivo de «resiliente».
No obstante las adversidades mencionadas, la citricultura ocupa hoy en el entorno de las 14.000 ha. De ese total, 7.000 ha son de naranjas, 5.500 ha de mandarinas y cerca de 2.000 ha de limones. Del total cosechado, el 40 % se exporta en fresco, el 38 % se consume en el mercado interno y el 21 % se industrializa. Las exportaciones fluctúan en torno a los 60 millones de dólares, según el año. De ese total, las mandarinas contribuyen con el 56 %, las naranjas con el 34 % y el restante 10 % corresponde a los limones. En cuanto a mercados, considerando el global de las exportaciones citrícolas, el 49 % tiene por destino los Estados Unidos; luego, Brasil, consolidado con un 24 %, y la Unión Europea, con el 22 %, más otros destinos de menor cuantía, pero siempre interesantes de mantener activos y desarrollar.
Es necesario recordar la angustiante incertidumbre que se vivió en los inicios de la década pasada, en los años 2012 y 2013. Por entonces, nuestro país exportaba a la UE con un arancel del 12,5 %, costo del que estaban exentos nuestros competidores —Chile, Perú y Sudáfrica— gracias a sendos acuerdos comerciales. Pero esta situación se vería agravada a partir de 2014, con el incremento del arancel al 16 % actual, al perder en aquel año los beneficios del Sistema General de Preferencias previsto para naciones en desarrollo. Por entonces, en la angustia de perder el mercado europeo y ya sobre la hora, se logró la habilitación sanitaria para ingresar a los Estados Unidos. A partir de entonces, el mercado norteamericano se consolidó al punto de constituir hoy el principal destino de nuestras exportaciones cítricas, en particular de mandarinas.
El mercado de la Unión Europea vuelve a ser hoy una interesante promesa a partir de la entrada en vigencia del acuerdo UE-Mercosur. Esa reducción no será inmediata, sino paulatina, a razón de una reducción anual del 1,6 % hasta la eliminación total del gravamen en un plazo de diez años.
Este destino es relevante, en particular, para nuestras naranjas y limones, a partir de sus mejores variedades en cuanto a calidad, color, sabor y productividad.
Para terminar de comprender las expectativas exportadoras, hay que mencionar que nuestro país ya está habilitado para el mercado de Filipinas. Esas exportaciones se frustraron por los daños provocados por las heladas del año pasado en nuestro país, pero seguramente se activarán en los tiempos por venir. A su vez, existen razonables expectativas para lograr la habilitación y acceso a Indonesia.
Aun con las buenas expectativas de exportación, la producción mantiene activas otras alarmas, en particular en lo que hace a la sanidad de los cultivos, así como a los elevados costos de producción, más el perjuicio adicional por el tipo de cambio, que tanto limita a cualquier rubro exportador.
En el primer caso, cabe mencionar la alarma instalada ante el posible ingreso y propagación del HLB (Huanglongbing), bacteria muy agresiva que termina con la producción y es transmitida por un hemíptero de origen asiático. Por cierto, existe una campaña liderada por Sanidad Vegetal del MGAP, basada en el control del traslado de plantas, exigiendo la certificación oficial en todos los casos. Desafíos sanitarios que el rubro conoce bien luego de aquellas históricas campañas. En su momento fue la cochinilla roja australiana; también la langosta; luego, el cancro cítrico, que, como el HLB, también es de origen bacteriano. Como sea, ha sido un esforzado derrotero sanitario a través de su historia.
La plaga que más se sufre no es sanitaria ni se doblega ante ninguna campaña para mitigar sus daños. Esta enfermedad no es otra que el drama ya congénito de los altos costos de producción y su principal «vector», el llamado «atraso cambiario», nombre que no les gusta a los economistas, pero que, finalmente, es como todos entendemos. No viene ni de Asia ni de África; es muy autóctono y tiende a reproducirse con vigor creciente con el paso de los distintos gobiernos...
Con las amenazas del caso, el panorama para la producción citrícola se anima de la mano del mejoramiento genético, la mayor calidad consecuente de la producción obtenida y las razonables expectativas de un mejor acceso y permanencia en los mercados externos, promisoriamente cada vez más demandantes.
Resiliente y vigorosa, acaso sea la mejor definición para la citricultura nacional.
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