En consideración a los reclamos de la industria frigorífica
Viernes 13 de marzo de 2026. Lectura: 9'
Por Tomás Laguna
El año pasado fue durante una conferencia en la Rural del Prado; recientemente, al comparecer ante el Parlamento en ocasión de dar opinión sobre el acuerdo UE-MERCOSUR; días pasados, en un extenso reportaje al presidente de la Cámara de la Industria Frigorífica (CIF) en uno de los principales medios de plaza. La industria frigorífica está empeñada en cuestionar la exportación en pie como argumento ante su demanda por más ganado para faena. Algunas consideraciones al respecto.
El agronegocio de la ganadería de carne ha merecido ríos de tinta a lo largo de la historia, desde la mestización del ganado criollo hasta la muy avanzada ganadería actual. Desde la exportación de tasajo hasta la multiplicidad de productos de alta calidad colocados hoy en los mercados más exigentes. Es un tema apasionante porque, tras la comprensión de su evolución y desarrollo, está el conocimiento de la propia historia económica del país.
Se trata de una cadena que, en su concepción más básica, se compone de tres eslabones, dos desde la producción, que en muchos casos se entrelazan: la cría y la invernada. Y un eslabón industrial, a partir del cual los productos procesados tras la faena se vuelcan al mercado. Hoy el 80% de la producción tiene como destino la exportación, siendo uno de los pilares que dan razón de ser a nuestra economía. De la relación entre los eslabones, en particular producción/industria, también mucho se ha escrito y discutido. Desde los primeros frigoríficos que se adueñaban de buena parte del valor del producto exportado; luego la creación, bien intencionada pero luego gran fracaso, del Frigorífico Nacional; hasta la realidad actual. La industria frigorífica tiene su historia propia, historia que tiene su inicio en 1862 con el revolucionario invento del frío seco, logro del francés Charles Tellier.
Previo a ingresar al tema que nos ocupa, vale recordar que la primera iniciativa para la faena industrial de ganado vacuno data de 1884, cuando el empresario británico George W. Drabble fundó la River Plate Fresh Meat Company, con sede próxima al Real de San Carlos, Colonia. Resulta significativa la breve duración de este emprendimiento, que cerró cuatro años más tarde por falta de ganado de calidad para la faena. En alguna medida, el reclamo que surge desde las cámaras de la industria frigorífica, 140 años más tarde, es hoy no por calidad sino por cantidad de ganado…
Avanzando en el tiempo, de la mano de la CEPAL (1950 en adelante) y las teorías estructuralistas del Ec. Raúl Prebisch, su mentor ideológico, se asumió como verdad revelada que el estancamiento en el desarrollo de la producción agropecuaria obedecía a la forma de tenencia y estructura de la tierra. En los años sesenta esta sentencia sirvió de argumento a los intelectuales de izquierda, pero también al gobierno de centro-derecha de la época. Basta recordar las políticas impulsadas desde la CIDE. Lo cierto es que un producto deprimido en su valor fue determinante del bajo valor de la tierra y, en consecuencia, el negocio era racionalmente extensivo. Así fue que era más interesante acumular superficie en propiedad que lograr una mejor productividad de los campos. Tiempos de la “tecnología del candado”… Aquel esquema extensivo —que ni los llamados “impuestos finalistas” sobre la tierra (mentados en la CIDE) lograron romper; por el contrario, lo agudizaron (CINVE, Paolino & Laens, 1994)— recién se revirtió a partir de la última década del siglo pasado.
Se podría afirmar que en los últimos 35 años la ganadería vacuna ingresó en un proceso virtuoso de crecimiento en productividad y calidad del producto obtenido, desvirtuando los antiguos análisis críticos que establecían una suerte de fatalismo ideológico para entender el estancamiento agropecuario. El aumento de la demanda, en razón del paulatino mayor acceso a mercados; el reconocimiento y valoración creciente de la calidad del producto ofrecido por parte de los mercados más exigentes; más la libre exportación de ganado en pie —con la cual el sufrido sector criador vio recompensada su participación en la cadena— fueron los argumentos necesarios y suficientes que explican hoy la magnitud de los avances logrados en pocos años.
Hay cifras que dan razón a estas afirmaciones. La cría, al influjo de la valorización del ternero, multiplicó por 2,5 la señalada anual de terneros. De 1 millón doscientos mil terneros en 1990 a 3 millones el año pasado, y por segundo año consecutivo. En esos 35 años el rodeo de cría se reestructuró con un incremento en la máquina de producir: las vacas de cría aumentaron 70% en el período considerado. En tanto que la existencia de novillos se redujo 30%, como consecuencia de una mayor extracción y, por lo tanto, mejor eficiencia productiva. Más aún, la categoría novillos de más de tres años se redujo 65% en beneficio de una mayor existencia de categorías más jóvenes y de mayor eficiencia de conversión y calidad de res.
Una última referencia que pauta este proceso. A partir de enero de 2007 INAC comenzó a informar el indicador llamado “Novillo Tipo”, a través del cual se da valor objetivo al producto generado al final de toda la cadena. El mismo es estimado a partir del valor de venta de todos los productos que se obtienen luego de la faena de un novillo típico de Uruguay, considerando las colocaciones tanto en el mercado externo como interno. En los 20 años transcurridos desde entonces el valor actual de ese producto final de la cadena se multiplicó por 2,7 en dólares corrientes. En el mismo período el novillo gordo remitido a planta de faena multiplicó por 2,9 su valor; el ternero de reposición se valorizó en la misma dimensión que el Novillo Tipo. Entre tanto, el Valor Agregado Industrial —esto es, el valor generado por la industria que surge de la diferencia entre el Novillo Tipo y el novillo gordo adquirido como insumo— se multiplicó por 2,21, resignando participación la industria en el valor final de la cadena. Dicho de otra manera, en tanto hace 20 años la industria participaba en el entorno del 25 al 30% del valor de Novillo Tipo, hoy está levemente por debajo del 20%. Una primera referencia que explica los actuales reclamos.
Siendo la industria frigorífica un negocio de bajos márgenes de utilidad, es razonable su reclamo pidiendo aumentar el volumen de faena, justificando un costo estructural muy alto y siendo que existe capacidad de faena ociosa. Esto último, la capacidad de faena ociosa, ha sido reivindicación sistemática de los industriales. Queda la pregunta: ¿es capacidad ociosa por falta de ganado o, en realidad, estamos ante una capacidad de faena sobredimensionada (desde siempre) para la ganadería de nuestro país? Creemos que es lo último, y hay explicaciones para eso que escapan a la dimensión de este análisis.
La demanda mundial por carne vacuna atraviesa hoy una coyuntura muy particular. Valorada como la proteína animal de mayor calidad, su demanda incremental se contrapone con la disminución del stock ganadero mundial, en particular en los Estados Unidos por la desaparición de productores y, consecuentemente, del ganado. Algo similar ocurre en Europa. Esto ha llevado a valores nunca vistos antes tanto para la carne como para las menudencias (de las que poco se habla pero forman parte del negocio). En un contexto muy difícil para el comercio mundial —guerra de aranceles y condicionamientos geopolíticos de por medio— la carne no para de subir aun estando afectada directamente (la desesperación de Brasil por encontrar destino a las 500 mil t que no puede colocar hoy en China amenaza nuestros mismos mercados). Por extensión, al ser un producto que afecta directamente las canastas de consumo domésticas y, por ende, la inflación, existe una necesidad en los gobiernos por facilitar su comercio más allá de las guerras arancelarias.
En su reclamo por mayor ganado para faena, con algunas plantas suspendiendo actividad ante el elevado precio que este ha alcanzado en el mercado interno, desde las cámaras empresariales que nuclean a los frigoríficos no dejan de cuestionar la libre exportación de ganado en pie. Piden una medida recíproca autorizando la importación en pie, lo que bien saben es imposible en función de las rigurosas exigencias en materia sanitaria que nos imponen nuestros compradores. En buen romance, cuestionar la exportación en pie no es otra cosa que limitar el mercado intra-ganadero en perjuicio de los criadores, en aras de una supuesta mayor competitividad de la industria. Algo así como retroceder 40 años en la historia.
Tanto Europa como los Estados Unidos se han quedado sin ganaderos, sin la máquina de producir. El productor ganadero no surge de la inversión espontánea de un mega inversor. Menos el criador, productor vocacional con características de artesano, produciendo en campos de baja productividad. Su valor de reposición es generacional y, al perderse esa secuencia, ocurre lo que en Estados Unidos o Europa hoy. Un corral de engorde —hoy ya en el 25% de la remisión de novillos a frigorífico— se construye en un tiempo muy breve. El alimento para el engorde de ganado o bien se produce en el país o bien se importa de la región. Lo que no es posible conseguir por la sola voluntad del inversor es el ganado de calidad para su engorde. No es otra que la situación que enfrentó aquel primer frigorífico hace 140 años: sin ganado no hay industria.
Los problemas de competitividad de la industria frigorífica son reales; sus reclamos merecen respeto y atención por parte de las autoridades de gobierno. Han cerrado industrias lácteas; reduce al mínimo su actividad una de las principales malterías del país. Una tradicional industria de pinturas anuncia el traslado de su operativa a la Argentina. Plantas industriales de autopartes directamente emigraron a otros destinos más competitivos. La industria frigorífica no escapa a esta realidad de costos crecientes y baja productividad de la mano de obra empleada. La capacidad de sobrevivir de estas empresas pasa por el ingenio de lograr colocar el producto en los mercados externos de mayor valor; quien no tiene esa posibilidad está seriamente cuestionado en su supervivencia, en particular las plantas más chicas y con menor cuota parte en la exportación.
Estamos ante un muy grave problema, ¡gravísimo! Su atención pasa por el Ministerio de Industria y por el de Economía. Tema que excede absolutamente las potestades del MGAP. Pero, como sea quien lo resuelva, no puede ser a costa de los criadores. Sería algo así como pegarse un tiro en el pie...
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