“En Uruguay no se celebra la Navidad” (¿en serio?)
Viernes 9 de octubre de 2026. Lectura: 7'
Por Eduardo Irigoyen García
A propósito de la recurrente afirmación de que Uruguay no celebra la Navidad, el autor recuerda el origen de la denominación oficial del 25 de diciembre como Día de la Familia y reivindica la laicidad del Estado, sin desconocer las tradiciones y celebraciones de los uruguayos.
Falta bastante para las Fiestas, pero me adelanto al tema que suele ocuparnos a fines de diciembre.
Cada tanto aparece la misma discusión. Algún portal, alguna agencia internacional, algún periodista extranjero descubre Uruguay y publica, con asombro, que somos “el único país de América Latina que no celebra la Navidad”. Y enseguida aparecen uruguayos indignados: “¡Es mentira! ¡Si nosotros festejamos como todo el mundo!”
Bueno: sí y no. Depende de qué entendamos por “celebrar” y, sobre todo, de quién hablamos cuando decimos Uruguay. Hay una diferencia elemental entre lo que hacen los uruguayos y lo que hace el Estado uruguayo. Los uruguayos celebramos la Navidad. El Estado, oficialmente, no la celebra como festividad religiosa. No es una sutileza semántica: es una de las expresiones históricas más interesantes de nuestra laicidad.
Lo que hizo la Ley N.º 6.997
En 1919, mediante la Ley N.º 6.997, Uruguay reorganizó sus festividades oficiales y eliminó del calendario estatal las denominaciones religiosas. El 25 de diciembre dejó de figurar como Navidad y pasó a ser Día de la Familia. Lo mismo ocurrió con otras fechas: el Día de Reyes pasó a ser Día de los Niños, el Día de la Virgen pasó a ser Día de las Playas y la Semana Santa se convirtió en Semana de Turismo.
Es decir: Uruguay no prohibió la Navidad. No persiguió a los cristianos. No cerró las iglesias. No prohibió los pesebres, los árboles, los villancicos ni los regalos. Hizo algo más sencillo y, a mi juicio, más civilizado: el Estado dejó de tener religión.
Lo que pasa en diciembre
Cuando un medio titula “Uruguay no celebra la Navidad”, el titular es atractivo pero incompleto. Induce a imaginar un país donde el 24 de diciembre nadie hace nada, no hay árboles ni regalos ni reuniones, y la gente mira la pared mientras el resto del mundo come turrón, pan dulce y brinda con sidra. Nada más alejado de la realidad.
Llega la época y aparecen las luces, las cartas a Papá Noel, las mesas que se arman en cada casa.
Es cierto: nos deseamos “Feliz Navidad”, no “Feliz Día de la Familia”. (Yo deseo “Feliz Día de la Familia” para provocar a mis amigos cristianos).
El 24 a la noche nos juntamos con la familia y los parientes. Comemos a lo bestia: lechón, cordero, el vitel toné que preparó la abuela que vino de Argentina. Brindamos con sidra berreta pero no falta la botella de caballito. Nos abrazamos, incluso con aquel que nos jodió y se mandó alguna trapisonda. Llamamos a los que están lejos y largamos el moco, inevitablemente, y prometemos encontrarnos, cosa que nunca hacemos. Mandamos mensajes a gente con la que no hablamos desde hace seis meses. Tiramos algunos fuegos artificiales, aunque cada vez menos, por suerte, porque nos putean (con razón): por los gurises con TEA y por las mascotas, que se asustan. Después algunos bailan, otros siguen comiendo, otros toman más de lo recomendable y más de uno termina abrazado a alguien a quien probablemente no habría abrazado en circunstancias normales. Unos cuantos, discretamente, se fuman un porro y no joden a nadie. Y en determinados barrios somos capaces de hacer una fiesta colectiva con vecinos, música, comida, beberaje y botijas corriendo y tirando los clásicos peditos de vieja por todos lados, que cada vez hacen menos ruido.
¿Eso es Navidad? Culturalmente, sí.
¿Es una celebración religiosa para todos? No.
Ahí está la cuestión.
Una tradición sobrevive a su religión
Una tradición puede sobrevivir a la religión que le dio origen. La Navidad nació como festividad cristiana vinculada al nacimiento de Jesús. Ese origen no desaparece porque hoy mucha gente la viva de otra manera. Pero tampoco significa que todo aquel que arma un árbol esté haciendo profesión de fe.
Un agnóstico puede poner un árbol. Un ateo puede regalarles algo a sus hijos. Una persona que no pisa una iglesia puede preparar la cena. Una familia sin práctica religiosa puede reunirse el 24, levantar la copa a medianoche y decir “Feliz Navidad”.
Nadie debería escandalizarse.
Las culturas tienen una capacidad notable para secularizar las tradiciones: una fiesta puede desprenderse de su significado religioso y adquirir otros: familiares, afectivos, gastronómicos, comerciales, infantiles, sentimentales o simplemente festivos.
Con la Navidad uruguaya ocurrió, en buena medida, exactamente eso.
Para muchísimos uruguayos, Navidad no significa “celebrar el nacimiento de Cristo”. Significa reunirse, volver a ver a la familia, recordar a quienes ya no están, preparar determinada comida, regalar algo, mirar con ternura a los gurises que esperan los regalos de Papá Noel. Significa brindar en una noche diferente y hasta puede significar comerse un buen asado o los sándwiches que morfaremos recalentados, al otro día, tras la resaca.
Nada de eso tiene, necesariamente, algo de religioso.
Laicidad no es antirreligiosidad
La laicidad no consiste en eliminar las religiones de la sociedad. Consiste en que el Estado no tome partido por ninguna. El Estado no necesita decirle al ciudadano qué creer sobre el 25 de diciembre. No necesita imponer la Navidad ni combatirla. Simplemente deja que los ciudadanos crean, celebren, no celebren, recen, armen un pesebre o hagan un asado.
Eso es libertad.
A veces la discusión se plantea como si la secularización del calendario hubiese sido una guerra contra el cristianismo.
No. Fue una decisión institucional acerca de qué debe celebrar oficialmente el Estado. Hay una diferencia enorme entre decir “Los uruguayos no pueden celebrar la Navidad” y decir “El Estado uruguayo no denomina Navidad al feriado del 25 de diciembre”. La primera afirmación es falsa. La segunda es verdadera.
Si queremos discutir seriamente sobre laicidad, deberíamos empezar por no confundirlas.
Hay algo casi paradójico: Uruguay hizo hace más de un siglo una operación institucional asombrosamente moderna: sacó la religión del calendario oficial sin sacarla de la sociedad. El católico siguió teniendo su misa. El creyente siguió pudiendo celebrar el nacimiento de Cristo. El no creyente pudo disfrutar de la reunión, los regalos y la fiesta sin fingir una fe que no tenía. Eso es más interesante que discutir si Uruguay festeja o no.
Una sociedad plural no necesita que todos atribuyan el mismo significado a una misma fecha. Podemos estar sentados en la misma mesa y que para uno sea el nacimiento de Jesús, para otro una tradición familiar, para otro la oportunidad de reencontrarse con sus hijas, y para otro simplemente una buena excusa para comer y brindar. Ninguna de esas lecturas tiene derecho a imponerse sobre las demás.
Por eso no me preocupa que alguien diga: “¡Pero yo sí celebro la Navidad porque soy cristiano!”. Perfecto. Celebrala. Hacé tu pesebre. Andá a misa. Rezá. Cantá villancicos. Celebrá el nacimiento de Jesús con toda la intensidad que quieras.
Esto también es libertad.
Lo que no corresponde es pretender que el Estado haga lo mismo. Y al revés: que el Estado no celebre oficialmente una festividad religiosa no significa que tenga que impedir que vos la celebres.
Ahí está la diferencia entre laicidad y antirreligiosidad. La laicidad no dice “la religión es mala”. Dice algo más modesto y más importante: “Tu religión es tuya. La ausencia de religión es mía. Y el Estado es de todos”.
Un brindis por el Día de la Familia
Me hacen gracia esos titulares que cada diciembre siguen asombrándose de que Uruguay “no celebra la Navidad”, y la indignación que desatan entre los cristianos.
Querido periodista: los uruguayos festejamos, pero a nuestro modo. Lo que no hace el Estado es obligarnos a celebrarla como Navidad, y justamente por eso podemos celebrarla como se nos canta.
Algo para el final.
No quiero ser el Grinch de la Navidad, pero confieso que extraño el tiempo en que en los almanaques —desde el del almacén del barrio hasta el del Banco de Seguros del Estado— el 25 de diciembre estaba marcado como “Día de la Familia”.
Estaría bueno volver a esa costumbre.
Porque una cosa es que una fiesta religiosa no forme parte del calendario del Estado, y otra muy distinta es que haya desaparecido de la vida de la gente.
La Navidad uruguaya existe.
Lo que no existe, por suerte, es una celebración religiosa oficial del Estado.
Gracias, Don Pepe Batlle.
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