Embargo, propaganda y silencios: las omisiones de Constanza Moreira sobre Cuba
Viernes 27 de febrero de 2026. Lectura: 3'
Las declaraciones de la senadora Constanza Moreira sobre Cuba, recogidas por Radio Monte Carlo, reavivan un debate cargado de consignas y omisiones. Entre el uso político del término “bloqueo”, la realidad del embargo, la distribución opaca de la ayuda y la situación de las brigadas médicas, el discurso solidario corre el riesgo de convertirse en una defensa directa del régimen antes que en un verdadero respaldo al pueblo cubano.
En declaraciones recogidas por Radio Monte Carlo, la senadora Constanza Moreira respaldó la iniciativa de enviar ayuda a Cuba y sostuvo que el “bloqueo” estadounidense está “matando de hambre” al pueblo cubano. La afirmación, de alto voltaje emocional, omite elementos centrales del debate y reproduce una narrativa que no resiste un análisis mínimo de los hechos.
Lo primero es llamar a las cosas por su nombre. No existe un “bloqueo” naval ni un cerco que impida la entrada de bienes a la isla. Lo que rige es un embargo comercial de Estados Unidos, con múltiples excepciones, entre ellas alimentos y medicinas. De hecho, la propia estructura del comercio cubano lo demuestra: la disponibilidad de pollo en Cuba depende críticamente de la importación desde Estados Unidos. Buena parte del pollo que integra la canasta básica racionada o se vende en las tiendas de moneda convertible proviene de ese país. Resulta difícil sostener que se trate de una asfixia total cuando uno de los principales proveedores de alimentos es precisamente el país señalado como responsable del hambre.
Reducir la crisis cubana al embargo equivale a eximir de responsabilidad al régimen que gobierna la isla desde hace más de seis décadas. La debacle productiva, la falta de incentivos, el colapso agrícola y la inexistencia de un mercado interno funcional son factores internos, inherentes a una economía estatizada, no consecuencias de Washington. El relato del “bloqueo” como causa funciona como coartada política, no como explicación económica.
Hay además otra omisión en el planteo de la senadora. Toda ayuda alimentaria que ingrese a Cuba no se distribuye en un mercado libre ni en un sistema transparente de asignación. En una economía centralizada, la prioridad en el acceso la tienen la oficialidad de las Fuerzas Armadas y la élite del Partido Comunista. Antes que el cubano de a pie, están los cuadros del régimen. Pensar que la leche en polvo o el arroz llegarán sin intermediaciones políticas al ciudadano promedio supone desconocer —o ignorar deliberadamente— cómo funciona la estructura de poder en la isla. En ese contexto, la ayuda externa puede terminar reforzando al aparato que administra la escasez.
Moreira también recordó a los médicos oftalmólogos cubanos que operaron en Uruguay, presentándolos como símbolo de solidaridad internacional. Pero en ese punto el discurso vuelve a quedar incompleto. Diversos informes internacionales han documentado claramente que las brigadas médicas oficiales funcionan bajo condiciones severas de control estatal: retención de pasaportes, limitaciones a la movilidad, apropiación de buena parte del salario por el Estado y presiones políticas. No es casual que múltiples testimonios describan el sistema como un régimen de explotación. Si se quiere hablar de cooperación, corresponde también reconocer el costo humano que muchos profesionales cubanos han pagado. Tal vez antes que agradecer abstractamente a “Cuba”, habría que pedirles perdón a esos médicos.
La tentación de convertir la tragedia cubana en una consigna ideológica es grande, pero peligrosa. El hambre no se combate con consignas ni con eufemismos. Y menos aún ocultando la responsabilidad del régimen que concentra el poder, administra la miseria y controla la distribución de recursos.
Si se trata de solidaridad, que sea con el pueblo cubano en su conjunto, no con el relato oficial que durante décadas ha servido para justificar lo injustificable.
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