El verdadero significado de representar a Uruguay
Edición Nº 1088 - Viernes 10 de julio de 2026. Lectura: 4'
Por Angelina Rios
Representar a Uruguay es un privilegio, pero también una responsabilidad. Lo es para un presidente de la República, para un deportista, para un diplomático o para cualquier persona que lleve el nombre del país dentro y fuera de fronteras. Esa responsabilidad no termina cuando concluye un mandato o cuando el árbitro marca el final de un partido.
Hay imágenes que permanecen mucho más que un resultado.
La reciente participación de la selección de fútbol de Uruguay dejó una de ellas. No por un gol, una atajada o una decisión táctica, sino por la sensación de que, terminada la competencia, el equipo se dispersó rápidamente. Seguramente hubo razones logísticas.
De hecho, trascendió que la Asociación Uruguaya de Fútbol resolvió cancelar el vuelo chárter de regreso y cada integrante de la delegación debió reorganizar su itinerario. Algunos volvieron al país y otros viajaron directamente a distintos destinos.
No se trata de discutir esa decisión.
Se trata de la imagen que quedó. Y esa imagen me hizo volver muchos años atrás. A mi sueño, a mis primeros días como periodista en Deportes del diario El Día y a Mónica Bottero, quien inició sus pasos y desafíos en esa sección.
Sin lugar a dudas, los tiempos de Mónica y el mío no eran compatibles con la época. Eran otros tiempos. Las redacciones deportivas estaban integradas exclusivamente por hombres. Cubrir fútbol —de Primera División o de cualquier otra— no era un lugar pensado para mujeres.
Poco a poco, Mónica comenzó a cubrir temas políticos y de actualidad. Yo seguí en Deportes.
Mis primeras coberturas fueron las federaciones deportivas, principalmente la de natación, además de campeonatos nacionales e internacionales de distintas disciplinas de los mal llamados «deportes menores».
Con el tiempo llegaron las oportunidades. Obtuve mi carné de la AUF y comencé cubriendo encuentros de la Segunda División y, cuando faltaba algún cronista, podía asistir a partidos de Primera División. Cada cobertura era una conquista.
Compartí la redacción con periodistas que hoy forman parte de la historia del periodismo deportivo uruguayo, entre otros, Ricardo Lombardo, Ángel Viega Jaime —el querido «Avejota»—, Abayubá Hernández, Juan Cantera, Carlos Badano y el inolvidable Emilio «El Veco» Lafferranderie.
Los escuchaba preparar una cobertura, discutir una formación o corregir una crónica. Sin proponérselo, me enseñaron mucho más que periodismo. Me enseñaron el respeto por la profesión, el respeto por la información y, sobre todo, el respeto por la camiseta.
Con ellos entendí que el fútbol nunca era solamente un resultado. Era compromiso, humildad, compañerismo y responsabilidad.
Quizás por eso hoy, tantos años después, sigo mirando a la selección con los mismos ojos. No busco la perfección. No pretendo que gane siempre y sé que perder también forma parte del deporte.
Miles de niños no solo aprenden a patear una pelota, hacer una gambeta o convertir un gol, sino que también observan cómo reaccionan sus ídolos cuando las cosas salen mal. Aprenden de sus palabras, de sus silencios y de sus gestos.
Entonces, ¿qué significa representar a Uruguay? Representar a un país también es ejercer liderazgo. Y el liderazgo no se demuestra únicamente cuando llegan las victorias y los aplausos.
Se demuestra no solo en la derrota, sino en la forma de asumir las responsabilidades.
Toda figura pública —sea un deportista, un gobernante, un empresario o un dirigente social— comunica con sus decisiones, pero también con su comportamiento. Y muchas veces son esos gestos los que permanecen mucho más que las palabras.
Aquellos viejos periodistas deportivos con los que tuve el privilegio de aprender el oficio solían decir, de distintas maneras, que el fútbol enseñaba mucho más que a ganar partidos.
Con los años comprendí que tenían razón.
El verdadero triunfo no siempre se mide en una copa o en un campeonato. A veces se mide en el ejemplo que se deja.
Representar a Uruguay es, antes que nada, un honor y una enorme responsabilidad. Y esa responsabilidad no termina cuando se apagan las luces del estadio o cuando concluye una ceremonia oficial. Recién allí comienza el recuerdo que un país conservará de quienes tuvieron el privilegio de representarlo. Los resultados pasan. Los cargos pasan. Las «camisetas» cambian de dueño y lo único que permanece es el ejemplo.
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