Edición Nº 1096 - Viernes 4 de setiembre de 2026

El tío estafador

Viernes 28 de agosto de 2026. Lectura: 2'

Por Susana Toricez

Los llamados “cuentos del tío” no se alimentan de la ignorancia, sino del miedo y la buena fe. Frente a esa manipulación emocional, acompañar a las personas mayores y fortalecer sus redes de contención resulta tan importante como advertirlas.

Volvemos a leer el titular en el diario o a escucharlo en el noticiero del mediodía: otra vez una persona mayor, otra vez el teléfono que suena en la penumbra de la noche, otra vez la mentira piadosa transformada en pesadilla.

Nos indigna, nos desconcierta y, sobre todo, nos duele.

Y la pregunta que flota en el aire, casi como un reproche involuntario, siempre es la misma:

¿Cómo es posible que sigan cayendo personas si se cansan de avisarlo en la tele?

Pero quizás nos estamos haciendo la pregunta equivocada.

Tal vez el error sea asumir que una estafa se frena con información, cuando en realidad es un ataque a la emoción.

Los delincuentes que ejecutan el viejo y ruin “cuento del tío” no son improvisados; son verdaderos cirujanos del miedo.

No buscan a alguien desinformado; buscan a alguien sensible.

Saben perfectamente qué tecla tocar: el amor incondicional por un hijo, el pánico visceral ante la desgracia ajena, la prisa de una emergencia fraguada.

Cuando el teléfono suena a la madrugada y del otro lado hay un llanto desgarrador, no responde la razón que escuchó el consejo periodístico a la tarde; responde el corazón de una madre o de un padre que daría la vida por los suyos en ese instante.

Nos cuesta entenderlo porque miramos la escena desde la comodidad de nuestra calma, con el diario del lunes bajo el brazo.

Olvidamos que nuestros mayores pertenecen a una generación basada en la confianza, en el valor de la palabra, en el gesto solidario de abrir la puerta cuando alguien pide auxilio.

Vivimos en un mundo que se volvió desconfiado y cínico, pero ellos conservan, en algún rincón de su estructura mental, la certeza de que el otro es bueno hasta que se demuestre lo contrario.

A todo esto hay que sumarle un ingrediente silencioso y devastador: la soledad.

La soledad que adormece los reflejos, que vuelve al teléfono un acontecimiento y que deja a la persona sin un par al lado a quien mirar a los ojos y preguntarle: «¿Te parece que esto es verdad?».

No caen por ingenuos ni por ignorantes. Caen porque los estafadores convierten la decencia, el amor y la buena fe en una trampa mortal.

Por eso, la respuesta no es abrumarlos con más advertencias que olvidarán en el momento del pánico.

La respuesta es acompañar, es no dejarlos solos, es construir redes de contención familiar y solidaria para que, cuando el miedo llame a la puerta, haya siempre alguien al lado para colgar el teléfono.



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