El respeto entre los Estados
Viernes 4 de julio de 2025. Lectura: 3'
Por Julio María Sanguinetti
No es bueno que los Jefes de Estado se introduzcan, de un modo u otro, en la vida política de otros Estados. Más allá de las normas sobre el respeto a la soberanía o de la preservación de lo que se ha definido como la “jurisdicción doméstica”, la más elemental práctica de convivencia pacífica impone esa prescindencia. Cuando se traspasa ese límite, se entra en una vía de facto en que solo rige la ley del más fuerte.
Nuestro país ha sido particularmente cuidadoso en la defensa de ese modo de actuar, porque su propia historia le ha llevado a sentirlo así. Especialmente cuando los vaivenes de la política de los vecinos, especialmente Argentina en la época de Perón, pretendió invadir nuestras libertades para perseguir a sus opositores. Invocamos siempre el principio de no intervención en los asuntos propios del otro Estado, pero –insistimos– más allá de ese controvertido debate jurídico, están las prácticas de comportamiento, los hábitos de relacionamiento con las instituciones de otros Estados con los que tenemos relaciones diplomáticas y como consecuencia natural un compromiso de respeto a su independencia e identidad.
En estas horas se realiza una visita del Presidente de Brasil a la ex Presidenta de Argentina, hoy presa por disposición judicial en virtud de un largo proceso concluido en una sentencia definitiva. No es una simple visita personal por la sencilla razón de que la investidura presidencial conlleva la representación del Estado. El presidente de Brasil está en Argentina en ejercicio de sus funciones, en la reunión de mandatarios del Mercosur, donde acaba de recibir –además– su Presidencia. No es un amigo de visita. De modo que esa reunión tiene un contenido político muy fuerte al suponer un abuso, arbitrariedad o persecución en esa prisión. Es una especie de desafío a la justicia argentina, de desconocimiento a su autoridad e independencia. Presupone que la mandataria condenada por actos de corrupción merece el homenaje absolutorio de la visita de un Presidente en ejercicio.
Lo mismo había ocurrido en su momento cuando el Presidente argentino Alberto Fernández visitó al Presidente Lula en su prisión. El acto es igual, aunque la repercusión política haya sido diametralmente diferente, por las circunstancias distintas del caso, que le han dado en Buenos Aires una resonante presencia mediática.
Naturalmente, no es Argentina quien podría en ese momento agraviarse cuando su Presidente ha visitado cuatro veces España sin siquiera saludar a su gobierno e intervenir públicamente en actos políticos de naturaleza opositora. Hasta se pronunciaron palabras agraviantes para el propio Presidente de España y su esposa, en los discursos pronunciados por el Jefe de Estado visitante.
Todo esto ocurre cuando el Mercosur gestiona un importante tratado con la Unión Europea. Por un lado, se exhibe la distancia política que separa a los Estados miembros del Mercosur, debilitando así su credibilidad para el cumplimiento de sus compromisos. Por el otro, uno de nosotros, en el caso de Argentina, agravia a un gobierno de la organización con la que queremos acordar.
Todo esto no es casual. Cuando nuestra elección de 2019, el presidente argentino participó de un acto político del Frente Amplio y el Presidente Bolsonaro decía que ojalá ganara en Uruguay el Dr. Lacalle Pou. A nuestro juicio, un disparate tras otro. Si hay asunto privativamente doméstico, es una elección. Introducirse en ese proceso es un acto de “intervención”. Este concepto nunca se ha definido con precisión, pero está claro que no es solo una agresión militar violatoria de la soberanía territorial sino la preservación del ejercicio natural de la institucionalidad democrática de una República.
En un plano más amplio, los actos y dichos del Presidente de los EE.UU. violan todo principio y práctica de convivencia pacífica, configurando así ese clima en que todo vale. Y no es ni debería ser así.
Nuestro Uruguay no posee fuerzas militares comparables a sus vecinos y ni hablar de potencias mundiales. Por su propia razón de ser, ha de cuidar escrupulosamente su conducta, para no arriesgarse a entrar en ese territorio de informalidad donde solo tenemos para perder.
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