El primer gran traspié internacional
Viernes 7 de marzo de 2025. Lectura: 2'
Han bastado unos pocos días de gobierno frentista para que la Cancillería abriera una profunda herida en el prestigio internacional que Uruguay había construido con esfuerzo en los últimos años. Las declaraciones del nuevo canciller Mario Lubetkin, quien anunciara que Uruguay “no reconoce ni a Maduro ni a Edmundo González Urrutia como presidente de Venezuela”, suponen un paso atrás que, en la práctica, da la espalda al liderazgo opositor.
No nos engañemos: si la postura oficial es “no reconocer a ninguno”, el efecto real de esa ambigüedad es un guiño —o, más bien, una claudicación— hacia el régimen de Maduro. Bajo dudosos pretextos, se sepulta un pronunciamiento inequívoco que nuestro país había hecho en la administración anterior, defendiendo la voluntad popular venezolana expresada en unas elecciones que, si bien no estuvieron exentas de controversias, otorgaron un sólido mandato a la oposición liderada por Edmundo González Urrutia.
Lo más escandaloso es que el propio Presidente Orsi admite que Maduro es un dictador. Pero en lugar de sostener con coherencia esa sentencia —de la que el Frente Amplio siempre había huido—, decide ahora instalar una posición “ni-ni” para “conservar relaciones” o “resguardar los consulados”.
El canciller Mario Lubetkin intenta justificar la medida con la supuesta necesidad de “ayudar” a los uruguayos residentes en Venezuela, como si reconocer al presidente electo González Urrutia impidiera la asistencia consular a nuestros compatriotas. Claro que Uruguay debe proteger a sus ciudadanos en el exterior. Pero se puede hacerlo sin ceder ante un régimen ilegítimo que viola derechos humanos a diario.
De igual tenor es la apuesta uruguaya en la OEA, donde la Cancillería se ha alineado con los países que prefieren a un candidato (Albert Ramdin) decidido a “no tomar partido” frente a las denuncias contra el régimen chavista. Aquí yace el verdadero sustento ideológico: la nueva administración, en su afán de “realinearse con la región” (como analizamos en nota aparte), elige plegarse a gobiernos condescendientes hacia Caracas.
Se puede entender la premura del canciller Lubetkin por marcar distancia con la política exterior anterior, pero lo que no se justifica es traicionar la claridad de un pronunciamiento que, hasta la semana pasada, colocaba a Uruguay entre los países que se negaban a blanquear a la dictadura. Lo que sí se comprueba —con inusitada celeridad— es que el gobierno frentista antepone sus simpatías ideológicas a la defensa de la democracia. No reconocer al presidente electo significa legitimar, por omisión, a la cúpula chavista.
Esperemos que el nuevo gobierno recapacite, aunque nos permitimos dudar seriamente...
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