El petróleo no va a desaparecer
Edición Nº 1089 - Viernes 17 de julio de 2026. Lectura: 5'
Por Fitzgerald Cantero Piali
Antes de proclamar la desaparición del petróleo, conviene observar cómo funciona realmente el sistema energético mundial. Aunque las energías renovables seguirán expandiéndose, los combustibles fósiles continuarán siendo indispensables para sostener la industria, el transporte y buena parte de la economía global.
A menudo aparecen en el universo energético global expertos dicotómicos.
Son divulgadores, generalmente con llegada a los medios de comunicación, que señalan que los recursos fósiles van a desaparecer y que el mundo no los necesita.
Generalmente les gusta enfrentar a las energías renovables con el petróleo y el gas. Como si estos no se necesitaran para la fabricación y traslado de los componentes de las primeras.
«El petróleo va a desaparecer», dicen; «el gas no es un combustible de transición», afirman.
Se equivocan.
Las bondades que tienen unas fuentes no agrandan las externalidades negativas de las otras.
Es más, todas las tecnologías tienen grandes ventajas y aspectos no tan gratos.
Todas.
Cualquier planificación energética tiene que garantizar, como prioridad número uno, la seguridad energética. Es decir, los países necesitan tener energía. No solamente eléctrica.
Sin energía es imposible el desarrollo de la sociedad. Por lo tanto, disponer de la mayor diversidad de fuentes posibles es imperioso.
Quienes abogan sola y exclusivamente por las renovables —en su mayoría lo hacen solamente por la eólica y la solar, rechazando la hidráulica— ponen como contraposición a ese pensamiento las de origen fósil, endemoniándolas. En el bullicio informativo, eso pasa inadvertido y se toma como verdad revelada.
Pero detengámonos un momento. Las energías renovables, muy nobles, por cierto, todas, no solamente la eólica y la solar; también la hidroeléctrica, la geotermia y la biomasa, por nombrar las más usadas, son muy importantes a la hora de generar electricidad. Pero el consumo eléctrico es solamente una parte del consumo energético mundial (entre el 18 y el 20%).
De aquí se derivan ciertas variables. Por un lado, queda mucho camino por recorrer para electrificar la demanda. Segundo, no todos los usos se pueden electrificar; por lo tanto, hay que cubrirlos con otras fuentes, en su mayoría de origen fósil y/o nuclear.
Además, pensemos por un instante en todo lo que deriva de los combustibles fósiles, sobre todo del petróleo. La industria petroquímica nos ha facilitado la vida: medicinas, vestimentas, cosméticos, calles, productos de higiene, tecnología y miles de bienes más.
Uno de mis autores energéticos de cabecera, Vaclav Smil, considerado una de las voces más influyentes en el estudio de los sistemas energéticos, es contundente en su libro 2050. Por qué un mundo sin emisiones es casi imposible.
Invito a todos los interesados en estos temas a leerlo y, por ende, sin ánimo de transcribir textualmente sus conceptos, traigo a colación para esta tesis algunos datos irrefutables.
La inversión necesaria para sustituir al petróleo en su totalidad es inimaginable, tanto que ni los países más poderosos, poniendo todos sus recursos económicos al servicio de este objetivo, podrían lograrlo.
La maquinaria agroindustrial, necesaria para cultivar alimentos, se mueve con combustibles fósiles y su sustitución no solamente es bimillonaria, sino que debería desmantelarse lo que ya funciona y funcionará en el mediano plazo, dados los compromisos comerciales de ventas futuras de maquinarias.
En la aviación civil, son miles las aeronaves que se están construyendo para ser vendidas en 2040 o 2050, contratos mediante —obviamente—, con una vida útil de 25 años, y la mezcla de combustibles sintéticos verdes no sustituirá el 100 % del combustible fósil actual. Y así podríamos seguir.
Sus números y argumentos son contundentes. Lapidarios.
¿Esto quiere decir que hay que abandonar la estrategia de hacer más verde el sector energético? De ninguna manera. Al contrario, lo mejor es diversificar las matrices energéticas, sin prescindir de ninguna.
Nos guste o no, en el mundo se seguirán necesitando combustibles fósiles. Por lo tanto, lo que debemos hacer es asegurar el suministro de todos los energéticos.
Mientras algunos anuncian el fin inminente del petróleo, la realidad muestra que el mundo consume más de 100 millones de barriles diarios. No se trata de una cifra marginal ni de una industria en retirada. Se trata de uno de los pilares sobre los que todavía funciona la economía global.
Para 2050, se estima que el consumo de combustibles fósiles se mantendrá en torno al 85% de los niveles actuales. Difícilmente pueda hablarse de desaparición cuando la demanda seguirá siendo de esa magnitud.
Convivirán, por lo tanto, todas las fuentes que se conocen desde hace siglos y las que puedan aparecer con mínimos de rentabilidad.
Apostar por todas las fuentes disponibles y atender todas las demandas energéticas es la obligación primera de cualquier gobernante.
Como hacedores de políticas públicas, gestores energéticos y formadores de opinión, más que enfrentar una tecnología a otra, debemos fomentar sus aplicaciones, sus mayores usos en función de la disponibilidad de recursos, de las condiciones geográficas y de facilitar que todas las familias, todas las empresas y los propios gobiernos cuenten con energía sin interrupciones, primera prioridad; de la forma más barata posible, segunda prioridad; y, seguidamente, lo más limpia que se pueda.
Poner el debate en líneas paralelas, como si no dialogaran entre sí, no solamente es absurdo; es ineficiente para con los usuarios del sistema.
Es decir, todos nosotros.
Contraponer visiones radicales —si fósiles no y renovables sí, y a la inversa— produce impactantes titulares de prensa, pero tan efímeros como irreales son sus argumentaciones.
La transición energética será una historia de convivencia entre fuentes, no de sustituciones instantáneas. Ignorar esa realidad no acelera el futuro; solamente dificulta comprenderlo.
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