Edición Nº 1082 - Viernes 15 de mayo de 2026

El peso de la historia

Viernes 19 de diciembre de 2025. Lectura: 3'

Por Luis Hierro López

Uruguay vivió otra vez una jornada cívica extraordinaria al celebrarse el nonagésimo aniversario del Dr. Sanguinetti, con la presencia de todos los líderes partidarios en la vieja casa del Partido Colorado.

Así como había ocurrido hace unos meses, cuando se conmemoraron los 40 años de democracia, la presencia de todos los líderes partidarios marcó la calidad de la fiesta. Eso no ocurre en otras democracias del mundo y nuestro país lo viene incorporando como gesto habitual.

Esas presencias hablan bien de todos, de quienes invitan y de quienes concurren, y son muy expresivas del reconocimiento general que Sanguinetti provoca. El senador Ojeda lo explicó brevemente al comentar qué le había dicho Mujica cuando asistió al acto conmemorativo de los cuarenta años de democracia —la última aparición pública del expresidente—: “Vine porque me llamó don Julio”. La llamada de Sanguinetti le alcanzó a Mujica para ir, acompañado de un médico y un enfermero, a la casa de sus adversarios.

Lo mismo puede decirse del presidente Orsi, de la vicepresidente Cosse y del titular del Frente Amplio, Fernando Pereira, que estuvieron el martes pasado en el homenaje a Sanguinetti. Demostraron altura de miras y talante democrático, lo que debe subrayarse especialmente dadas las diferencias, profundas, que existen entre ambas colectividades. Igual valoración debe hacerse de los expresidentes Lacalle Herrera y Lacalle Pou y del presidente del Directorio nacionalista, Álvaro Delgado, y de otros dirigentes blancos que estuvieron presentes.

Uruguay —en su mejor versión— siempre fue así, pero es notorio que Sanguinetti ha intensificado el proceso en los últimos tiempos, sosteniendo la gestión del presidente Lacalle Pou, trabando un fuerte vínculo con Mujica y, ahora, abriéndole crédito al presidente Orsi. Personifica la gobernabilidad, el diálogo, el ejercicio de la vida democrática sin ocultar las diferencias, pero también poniéndole un límite a las polémicas. No todos los colorados concuerdan con esa estrategia, pero es indudable que esa impronta de responsabilidad ante el país caracteriza históricamente a la colectividad fundada por Frutos Rivera.

Eso es la democracia: la convivencia civilizada y pacífica de personas que piensan distinto y que tienen estilos diferentes, pero que son capaces de tratarse con respeto (y cordialidad, si corresponde) y tolerancia.

La historia de Uruguay, que muchas veces fue violenta y sanguinaria, se nutre también de los gestos de reconciliación y de unidad. No otra cosa significó la “clemencia para los vencidos” de Artigas tras la batalla de Las Piedras. Se discute la verosimilitud de la frase, pero no hay dudas de que ese fue el espíritu que prevaleció en aquella circunstancia. Con esa actitud terminó la Guerra Grande, que tanto dividió a los orientales: sin vencidos ni vencedores. Al concluir el enfrentamiento, Oribe se radicó en su chacra de Paso del Molino, sin que nadie lo repudiara. Las amnistías forman parte del espíritu nacional y han sido jalones civilizatorios, más allá de las polémicas que siempre generan.

Esos rasgos de nuestro pasado y el sentido republicano que encarnan son parte sustantiva de nuestra identidad.

Varios ingredientes de esa historia estaban presentes en la celebración, que no fue solo el reconocimiento a una persona, sino la renovación de los valores republicanos.



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