El partido de Frutos
Viernes 18 de setiembre de 2026. Lectura: 9'
Por Luis Hierro López
Uruguay tiene en su “ADN” la extraordinaria vigencia de sus partidos históricos, el Colorado y el Blanco. Agregaré acá algunos comentarios sobre la fundación del partido de Frutos Rivera.
Ambos bandos, colorados y blancos, fueron a la batalla de Carpintería, de la que mañana se cumplen 190 años, tras un tiempo de formación de las corrientes de sentimientos e ideales que fueron conformando las divisas. Lo que conmemoramos mañana es la primera batalla en la que las milicias se diferenciaron con los colores que durante casi dos siglos las han identificado. Esos “partidos” tuvieron antes otras batallas, pero no usaron esos distintivos: dos años después de establecida la República, en 1832, Lavalleja comenzó a promover alzamientos armados contra el presidente Rivera, y en Tupambay se inició un largo ciclo de enfrentamientos sangrientos. Algunos historiadores entienden que fue en ese momento, 1832, que se fundó el Partido de Frutos, como ampliaré más adelante.
Durante la colonia y en los primeros tiempos de la revolución se fueron gestando sectores o tendencias, logias y grupos de intereses que podrían clasificarse como más aporteñados o más aportuguesados o abrasilerados; más vinculados a los “dotores” o a los caudillos.
No hay documentos —hasta donde sé— que confirmen la fundación del Partido Colorado en una fecha u otra. El Partido Nacional o Blanco adoptó recientemente como fecha fundacional el 10 de agosto de 1836, el día en que Oribe firmó un decreto autoritario que imponía la obligación de usar un cintillo blanco a funcionarios y ciudadanos. El Partido Colorado no nació de un decreto: se fue conformando en torno a la personalidad cautivante de Frutos, en un tiempo en el que valía mucho más el carisma de los caudillos que la formulación de un programa o la expresión de un gran proyecto. Y en ese sentido, Frutos sobresalía. De talante andaluz y picardía criolla, hablante de español y guaraní, gran jinete y militar victorioso, bailarín y mujeriego, encantaba a todos con su espíritu festivo y su abrazo tendido. Era uno más entre el paisanaje y lo protegía con vocación paternal y actitud de igualdad.
Por lo tanto, Frutos le sacaba ventaja a Lavalleja y a Oribe. El primero, corajudo pero terco; el segundo, el militar con mejor formación profesional, pero que no generaba emociones. Ambos, a la vez, se mostraron muy dependientes de Buenos Aires y sin el apego al terruño que caracterizaba a Frutos, quien, además, era un político diestro y muy cercano a la gente, por lo que fue el que mejor interpretó el anhelo popular de autonomía.
Un líder popular
Su popularidad venía creciendo desde 1816, cuando ya se había convertido en el principal comandante de Artigas. Por eso hay quienes interpretan que desde 1817 se va conformando el núcleo de “riveristas” que luego darían forma al Partido Colorado. Esa tendencia se hace más clara a partir de 1820, cuando Rivera resolvió no seguir a Artigas, quien abandonó el territorio tras la derrota de Tacuarembó en enero de 1820. Al decir de Lincoln Maiztegui Casas, Artigas actuaba con una frenética intransigencia y soledad. Al quedarse, Rivera asumió el liderazgo y su conducta tuvo resultados fundacionales.
Dice Padrón Favre en su reciente y documentado libro Rivera. El artiguismo posible: “En sus orígenes, la Republiqueta —así le llamaban al sector, no con el sentido peyorativo que tiene hoy la expresión— poseyó un importante componente de vecinos-soldados, que lo siguieron en la tremenda resistencia contra la invasión portuguesa desde 1816 a 1820. Desde este último año la masa de seguidores a su joven figura tuvo un significativo incremento. Era un amplio conglomerado de adhesiones que tenía en común haber participado del proyecto revolucionario artiguista, el cual después de la gran derrota encontró protección en Frutos. A éste se le reconocía habérselas ingeniado —como verdadero zorro— para hacer que el poder del vencedor no cayera en forma implacable sobre los vencidos”
Tras quedar demostrado que Frutos pactó con los invasores para ganar tiempo y luchar contra ellos posteriormente, su prestigio iba a terminar indefectiblemente en un partido. El 2 de abril de 1828, el ministro plenipotenciario —embajador, como lo llamaríamos ahora— de Gran Bretaña en Río de Janeiro, Robert Gordon, envió una nota a Londres informando que se estaba creando en la provincia oriental “un partido naciente, que encabezado por un hombre de gran influencia” se opondría a Lavalleja. “Se supone que su objeto es libertar a la Banda Oriental del dominio de ambos rivales (Buenos Aires y Brasil) y que se manejará sólo, porque se le reconoce mucha de la energía desplegada anteriormente por Artigas e igual popularidad que la de su jefe”. En estos días, nuestro amigo Gustavo de León, de Sauce, publicó ese informe diplomático en uno de los grupos de WhatsApp que se dedican a divulgar la obra de Rivera. El texto original fue reproducido en Calendario de Rivera, publicado en 1956.
El partido de Frutos era mencionado como tal por sus adversarios. En agosto de 1828, Manuel Lavalleja le escribe a su hermano Juan Antonio, advirtiéndole que “es preciso que tengas presente que el partido de Frutos trabaja mucho en nuestra Provincia y que poco o mucho en todos los pueblos lo hay”.
Eso fue antes de la hombrada de Misiones. Si Frutos ya era visto como un caudillo con similar popularidad a la de Artigas, luego de ella, el prestigio del nuevo jefe llegó a su mayor auge. Rivera estuvo de abril a diciembre de 1828 en las Misiones, hizo su increíble campaña militar y política con un éxito de tal magnitud que obligó a Brasil y a Buenos Aires a reconocer, con apoyo de la diplomacia inglesa, la necesidad de la independencia oriental y volvió al terruño a fin de año. Tras fundar Bella Unión —“los caudillos son los que fijan las fronteras”, escribió don Juan Pivel Devoto—, retornó a Durazno, donde se enteró de que la Asamblea General Constituyente lo liberó de la afrentosa acusación de traición a la patria que de manera oficial se había lanzado contra él. En realidad, lo que expresaba la rehabilitación de la Asamblea General Constituyente era que don Frutos estaba en condiciones de ser candidato a la presidencia de la República.
País independiente
Así como fue un luchador incansable en favor de la independencia —“tuvo como idea central la libertad de su patria”, dijo Maiztegui Casas, “que defendió con Artigas contra los españoles y los portugueses, con Lavalleja contra los brasileños, solo contra los porteños y contra la dictadura de Rosas”—, su obsesión al ejercer la presidencia fue afirmar la viabilidad de la nación.
En ese sentido, el gobierno de Frutos fue decisivo para afianzar a Uruguay como un país independiente. Fijó las fronteras y fundó ciudades fronterizas para garantizar la jurisdicción nacional y encaminó el conflicto entre los propietarios y los poseedores de tierra, dirimiendo el pleito a favor de estos, de acuerdo con la exigencia que ya le había impuesto a Lecor en 1820, para salvaguardar el mandato artiguista.
El tema de la seguridad en la campaña ha sido debatido mucho y con mala intención, por lo que no ingresaré en ese aspecto. Frutos fue líder de grupos guaraníes, sus milicias siempre se integraron con soldados mestizos, tuvo cientos de ahijados indígenas, negros y mulatos, a quienes defendió e impulsó en sus vidas. Hay en el libro de Padrón Favre varios testimonios de esos huérfanos rescatados, quienes recuerdan su generosidad y su amparo y lo evocan como a un dios. Tenía una contextura moral que hace imposible acusarlo de genocidio. Alcanza con leer alguna de las columnas de Sanguinetti en este mismo espacio para advertir de qué lado está la razón histórica.
Como ocurriría muchas otras veces en el devenir de la República, fue acusado de desorden financiero y de malgastar los dineros públicos, por lo que, al terminar su gestión, la Asamblea Legislativa promovió una investigación que registró algunas irregularidades contables, pero en ningún caso actos personales de inmoralidad. Por el contrario, se supo que Frutos pagaba de su bolsillo algunos gastos de la milicia.
Pero quizás el mejor legado de su gestión fue, por encima de cualquier interpretación y polémica, su decreto sobre la libertad de expresión y de prensa de su segunda presidencia. Arreciaban en los periódicos de Montevideo las críticas —feroces— contra el gobierno y Frutos consagró la libertad plena, incluso para enjuiciarlo a él. Eran los tiempos de Rosas, de sus persecuciones y sus muertes, y el país estaba en guerra. Pero el presidente respondió a esas críticas consagrando la libertad de cuestionarlo. Junto a la cláusula sobre la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable de Las Instrucciones, ese decreto de Frutos inauguró el espíritu del Uruguay liberal de siempre. Las diferencias entre uno y otro caudillo son notorias: Oribe obligaba a todos a identificarse con el cintillo blanco, Rivera consagró la libertad de expresión y de crítica.
Lavalleja le hizo tres alzamientos armados en esos años iniciales, por lo que Frutos hizo una presidencia a caballo, recorriendo el interior, su ambiente preferido. Pudo haber invocado esa situación de enfrentamiento armado para extender su mandato, pero en octubre de 1834, cuando culminaba constitucionalmente su período, ingresó a Montevideo por el este, por la actual avenida 8 de Octubre. Vino solo, sin acompañantes, a cumplir con su deber de entregar el mando. Similar apego institucional mostró muchos años después, en la circunstancia dramática de su destierro por el gobierno de la Defensa, cuando pudo haberse rebelado ante la injusticia pero se sometió a la autoridad constituida.
Con un jefe de esas dimensiones, es lógico que en su entorno se creara un partido, ya fuera en 1820 o posteriormente. Eduardo Acevedo, el gran historiador, por algo introduce en sus Anales un párrafo expresivo y definitorio, al recordar el documento de Francisco Bauzá y de Julio Herrera y Obes de 1881, que expresaba que “El Partido Colorado nació en 1832 con ocasión de la revolución que entonces estalló contra el general Rivera. Su programa es el mismo de entonces: el engrandecimiento político, moral y material del país. Y adopta y proclama como medios conducentes a la consecución de tan gran fin el imperio de las instituciones, la realidad de las libertades públicas y la efectividad de los derechos y garantías individuales; la libertad de imprenta, la libertad de reunión y la libertad de sufragio”.
Tras Frutos vino la epopeya de la Defensa de Montevideo y, sobre esas vigorosas raíces, don Pepe Batlle se alzó para diseñar y construir el país modelo. ¡Claro que nos debemos sentir orgullosos de ser colorados!
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