Edición Nº 1081 - Viernes 22 de mayo de 2026

El momento en que la política pierde el rumbo

Viernes 22 de mayo de 2026. Lectura: 5'

Por Juan Carlos Nogueira

Cuando la política opera con racionalidad limitada, sin feedback real, atrapada en burocracias autorreferenciales y en sistemas desacoplados, pierde su capacidad de adaptación. En contextos de alta complejidad, eso genera desconexión. Y cuando la política se desconecta de la realidad, deja de gobernar.

El colapso de la racionalidad política, es decir, los fallos sistemáticos de decisión en contextos complejos, no es un fenómeno nuevo. Distintas corrientes académicas lo han estudiado desde hace décadas. Lo relevante hoy es que empieza a hacerse visible. El sistema político está dejando de interpretar y actuar sobre la realidad de manera efectiva.

En una lectura integrada, estas teorías permiten derivar conclusiones que arrojan luz sobre la realidad política actual. La racionalidad política bajo presión presenta seis fallos estructurales.

El primer problema es la llamada racionalidad limitada (Herbert Simon). Quienes toman decisiones no siempre optimizan, apenas llegan a soluciones aceptables y muchas veces malas. Trabajan con información incompleta, usan atajos mentales y simplifican la realidad. El problema aparece cuando esa simplificación ya no alcanza. Ahí la política no falla por torpeza, sino por desajuste con la complejidad del mundo real.

El segundo problema es el de la racionalidad maquiavélica. Las decisiones no se toman necesariamente en función del interés general ni de criterios de optimización, sino considerando los intereses de grupos de poder: partidos, facciones internas, ideologías o actores sindicales y económicos. Estos intereses pueden estar profundamente desalineados con la realidad social, generando decisiones coherentes en términos de poder, pero irracionales en términos sistémicos.

El tercer problema tiene que ver con la teoría de sistemas (von Bertalanffy) y el modelo de sistemas viables (Stafford Beer). Cuando un sistema carece de feedback del entorno, deja de ser viable. Puede conservar su estructura, pero al perder visión se vuelve incapaz de decidir bien, adaptarse, aprender, y menos aún de modificar el entorno.

El cuarto problema es el de la burocracia autorreferencial. Michel Crozier, en El fenómeno burocrático, explica que las reglas reemplazan a las decisiones, la información se bloquea y cada actor cuida su posición. El sistema deja de aprender de la realidad y empieza a girar sobre sí mismo. Kafka lo retrató mejor que nadie en El Castillo.

El quinto problema es el del desacoplamiento (Meyer y Rowan). Las organizaciones pueden mantener estructuras formales racionales mientras sus prácticas reales se desconectan de ellas. Se producen indicadores correctos, se cumplen procedimientos, pero la realidad material no mejora —o incluso empeora—. El sistema parece racional, pero en realidad está operando en una capa distinta de la realidad.

El sexto problema es el de la complejidad y el colapso de la previsibilidad (Complexity Economics, Brian Arthur). En sistemas complejos, pequeñas decisiones pueden generar efectos no lineales; el futuro deja de ser extrapolable y el control central se degrada. La política pierde capacidad de anticipación y reacción proporcional.

No son seis problemas distintos: son seis manifestaciones de un mismo fenómeno: la pérdida de capacidad adaptativa del sistema político. La política empieza a desacoplarse de la realidad. Y eso es precisamente lo que observo en el actual gobierno.

Esa desconexión de la realidad no es abstracta. Se nota, golpea. Aparece en decisiones concretas, en declaraciones públicas y en propuestas legislativas en las que subyacen cuatro factores comunes:

El primer factor es el intervencionismo estatal creciente: más burocracia, más regulación y avidez por supervisar la propiedad privada.
Por ejemplo, el intento de crear un organismo supervisor de las AFAPs; o el decreto sobre compras en el exterior con tarjetas, que en la práctica levanta el secreto bancario de las cuentas.

El segundo factor es la pérdida de sensibilidad frente a la realidad.
Se ve en declaraciones como las del ministro Negro sobre la seguridad, o en la percepción de la senadora Blanca Rodríguez sobre la situación en la calle. Pero el caso más llamativo es otro: la propuesta de ampliar el Palacio Legislativo en un contexto de crecimiento menor al 1,5%.

El tercer factor es la simulación de control.
Se construyen relatos para sostener decisiones y aparentar mantener el control de la situación. Mientras cierran empresas, el discurso oficial sigue siendo optimista. Y la sorpresa ante las encuestas recuerda aquella canción francesa: “Tout va très bien, Madame la Marquise”.

El cuarto factor recién empieza a verse, pero es el más peligroso: la no linealidad de los efectos. Las tendencias pueden variar en forma acelerada.
Las encuestas de opinión muestran una tendencia progresiva de descontento con el gobierno. Sin embargo, lo más preocupante es que ese descontento también alcanza a la oposición. La mayoría de la población se muestra crítica hacia todo el espectro político.

Conclusión

Lo que detecto no es solo un problema de gestión, sino algo más profundo.

El gobierno empieza a fallar en dos aspectos básicos que atentan contra su viabilidad: falla en sensar el entorno y falla en ajustarse a él. Y la oposición, si bien interpreta correctamente la realidad, no logra colmar las expectativas de la población respecto al control sobre el gobierno.

En suma, el sistema político en su conjunto no logra colmar las expectativas de la ciudadanía. Ni el gobierno ni la oposición parecen ajustar su comportamiento al feedback social.

En ese tipo de vacío suelen emerger nuevos actores capaces de interpretar mejor el entorno, ofreciendo alternativas creíbles por fuera del discurso político tradicional.

La historia muestra que, cuando la racionalidad política colapsa, el sistema no se corrige gradualmente. Cambia.



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