El insólito manual de la AUF
Edición Nº 1068 - Viernes 13 de febrero de 2026. Lectura: 5'
Nueva normativa de transmisiones de la AUF: una cláusula tras otra busca controlar lo que se ve y se dice en la pantalla, pero termina asfixiando la libertad de expresión y el espíritu plural del fútbol uruguayo.
Durante la dictadura, entre los varios mecanismos de restricción de las libertades individuales, se encontraba la Dirección Nacional de Relaciones Públicas, la tristemente célebre DINARP, una especie de ministerio de propaganda del régimen.
Pues bien: la AUF ha decidido tener su propia DINARP. Porque a partir del 1.º de febrero, las transmisiones del fútbol uruguayo quedan sujetas a un conjunto de restricciones que, formalmente, figuran en el manual que la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) entregó a las empresas que emitirán la liga local hasta 2029. El contenido de ese manual no solo reordena criterios técnicos de transmisión, sino que introduce una serie de limitaciones a lo que históricamente ha sido parte de la esencia del espectáculo: la presencia genuina de hinchadas, mensajes públicos y la narración espontánea que acompaña al deporte más popular del país.
Antes de entrar en la crítica, conviene detallar cuáles son las principales disposiciones contenidas en ese manual, según las exposiciones de prensa:
- Prohibición de mostrar barras o pancartas políticas durante la transmisión televisiva. Cualquier elemento identificable como expresión de contenido político deberá ser excluido de la cámara.
- Restricción a mensajes explícitos que puedan interpretarse como maliciosos contra la AUF o sus autoridades, tanto en pancartas como en cánticos o mensajes dentro del estadio.
- Énfasis en mostrar rostros de niños y familias en las tribunas, promoviendo una imagen “positiva y familiar”, dejando de lado los elementos que no encajen en esa estética.
- Obligación de evitar la difusión de gestos, comentarios o comportamientos que puedan ser considerados “polémicos” o poco favorables para la narrativa oficial sobre la organización del fútbol.
- Se crea la figura de una especie de zar de las trasmisiones, el Comisionado de Transmisión de Partido de AUF, con poderes omnímodos por encima de productores y directores, y sus instrucciones “son de cumplimiento obligatorio e inmediato”, reza el manual, incluyendo “la facultad absoluta de vetar cualquier imagen, gráfico o audio que considere perjudicial para la imagen de la competición o la institución. El Director de Cámaras no podrá debatir la orden en caliente; deberá acatarla”.
- El presidente de la República y el presidente de la AUF reciben un tratamiento especial si concurren a una cancha. No se puede trasmitir sus presencias en vivo. Primero hay que grabarlas para que el Comisionado o el director de cámaras autoricen la difusión de las imágenes. “El riesgo de captar un gesto desafortunado, un bostezo o una reacción fuera de contexto es inaceptable”, explica el manual.
Estas reglas, que en apariencia podrían parecer como mecanismos de “gestión de marca” o “armonización de contenidos”, constituyen en realidad una restricción explícita de la libertad de expresión en el espectáculo deportivo. El fútbol no es únicamente un juego; es un fenómeno social, cultural y político que se expresa en las tribunas, en las pancartas, en los cánticos y en la narración misma. Intentar uniformar ese relato a favor de una visión corporativa es incompatible con la naturaleza multitudinaria y plural del deporte. Además, cualquier trasgresión no sale gratis: “Cualquier desviación de los lineamientos editoriales o técnicos aquí descritos, detectada a posteriori, será tipificada como «Falla de Servicio» y activar las penalidades económicas contractuales”.
Más preocupante aún es la cláusula que obliga a evitar cualquier señalamiento malicioso contra la AUF o sus autoridades. El fútbol uruguayo ha tenido una historia de tensiones, debates y, sí, críticas legítimas sobre temas organizativos. Nada impide a una organización pedir respeto; lo que no es aceptable es limitar la capacidad de periodistas, comentaristas o incluso hinchas de señalar problemas reales o de cuestionar decisiones de gestión. Si el fútbol se convierte en un producto desprovisto de crítica y disenso, deja de ser una esfera viva de la sociedad para transformarse en un mero canal de publicidad institucional.
El énfasis en mostrar “imágenes positivas” y rostros de niños no es inocuo. No hay nada malo en visibilizar la infancia y a las familias, pero esa directiva no puede utilizarse para ocultar realidades difíciles, tensiones sociales o críticas que también forman parte del relato completo de cualquier evento masivo. Si hay incidentes no es posible ignorarlos, a la inversa, hay que denunciarlos. Reducir la transmisión a una postal edulcorada implica cancelar una parte significativa de la verdad: la pasión, la protesta y la expresión espontánea que identifica a un público heterogéneo. Y sí, incluidas las faltas y eventuales delitos que se cometan. ¿La audiencia no tiene derecho a saber si fueron arrojadas bengalas, por ejemplo?
Desde una perspectiva más amplia, estas restricciones pueden leerse como un avance preocupante hacia la mercantilización absoluta del deporte, donde los derechos comunicacionales están subordinados a criterios de control corporativo, y donde las expresiones genuinas de los espectadores son filtradas para no incomodar a quienes organizan, patrocinan o conducen la AUF. Ese tipo de control no tiene precedentes en un ámbito democrático para un deporte de masas. No se trata solo de fútbol; se trata de defender la pluralidad de voces y la autenticidad de una expresión cultural que pertenece a la sociedad entera.
Es importante recordar que el reglamento de transmisiones no se produce en el vacío. Más allá de decisiones técnicas, este manual representa un intento de consolidar una narrativa oficial y única del fútbol uruguayo. Ello choca con la tradición democrática del país y con los valores básicos de libertad de expresión y expresión colectiva. No puede permitirse que una organización –por legítima que sea– actúe como censor de lo que ocurre dentro de una cancha cuando eso forma parte del contexto social que rodea al deporte.
La crítica severa a estas restricciones es una defensa de un principio fundamental: el fútbol no puede convertirse en un producto neutralizado si eso implica silenciar voces que, legítimamente, forman parte de su contexto y de su base social. Cualquier intento de controlar capilarmente lo que se transmite sobre un espectáculo tan masivo como el fútbol debe ser debatido públicamente, no impuesto por un manual que limita expresiones y coarta libertades básicas.
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