El inmigrante no cerró la fábrica
Viernes 9 de octubre de 2026. Lectura: 8'
Por Orlando Cuicar Ortiz
El autor —político venezolano— analiza cómo la pérdida de empleos industriales y las transformaciones de la economía mundial alimentan discursos políticos que responsabilizan a los inmigrantes, en lugar de ofrecer soluciones para los trabajadores desplazados.
Alberto comenzó a trabajar a los 18 años en una fábrica en Estados Unidos. Entró como obrero y, después de años de experiencia, esfuerzo y constancia, llegó a convertirse en líder de una línea de producción. Conoce su trabajo, cumple sus metas y ha logrado alcanzar un salario cercano a los 7.000 dólares mensuales. Poco a poco, siente que está alcanzando su sueño americano.
Un día llega a trabajar y es convocado, junto con sus compañeros, a una asamblea general. Allí reciben una noticia inesperada: la planta cerrará y ese será su último día de trabajo. Los propietarios han decidido que resulta más rentable importar desde Asia productos similares, a una fracción de lo que cuesta fabricarlos en Estados Unidos.
Alberto sale decepcionado y molesto, pero entiende que debe buscar otro empleo. Entonces descubre una realidad para la cual no estaba preparado. Para algunas posiciones está sobrecalificado por su experiencia; para otras, no posee el nivel de formación académica exigido. Los empleos que encuentra le ofrecen regresar prácticamente al punto de partida: trabajar como obrero básico por un salario que no supera los 2.500 dólares mensuales.
Su nivel de vida se derrumba.
Alberto necesita encontrar una explicación y, sobre todo, un responsable. Observa a su alrededor y ve inmigrantes trabajando. Muchos de ellos, paradójicamente, ocupan puestos de bajos salarios que poco tienen que ver con el empleo industrial que él perdió.
Es entonces cuando aparece el político que le ofrece una respuesta sencilla para un problema complejo: “Tu problema son los inmigrantes”.
El mensaje funciona.
Alberto termina convencido de que perdió su empleo por culpa del inmigrante y de que tampoco consigue un salario acorde con su experiencia porque alguien venido de otro país está ocupando su lugar. Frustrado, decide apoyar electoralmente al político que ha identificado para él un enemigo visible, aunque nunca le haya explicado las verdaderas razones por las cuales cerró su fábrica.
¿Quién destruyó realmente el empleo de Alberto?
Durante décadas, buena parte de los partidos políticos tradicionales de las naciones industrializadas hicieron de la defensa del empleo uno de sus grandes compromisos. Sin embargo, muchos no supieron anticipar completamente las consecuencias de la globalización, la automatización, los cambios tecnológicos y la transformación de las cadenas mundiales de producción.
La tecnología destruye determinadas ocupaciones, pero también crea otras.
Cuando apareció la televisión, muchos pensaron que la radio estaba condenada a desaparecer. No ocurrió. La radio se transformó, encontró nuevos espacios y continúa vigente. Según datos de Nielsen Audience Insights para el primer trimestre de 2026, la radio AM/FM alcanza semanalmente aproximadamente al 87% de los adultos estadounidenses. Incluso entre los adultos de 18 a 34 años alcanza al 81%.
Algo similar sucede repetidamente en la historia económica: desaparecen actividades, otras se transforman y nacen nuevas ocupaciones. El verdadero problema surge cuando la transformación económica ocurre más rápido que la capacidad del trabajador y de la sociedad para adaptarse.
Los países industrializados que durante décadas desarrollaron poderosas estructuras manufactureras se enfrentan ahora a una economía mundial donde empresas y consumidores pueden acceder a bienes producidos a miles de kilómetros a costos considerablemente menores.
La industria automotriz europea constituye un buen ejemplo.
Volkswagen y otros fabricantes europeos apostaron durante décadas por el gigantesco mercado chino. Pero China dejó de ser solamente una plataforma de producción y un enorme mercado consumidor. Sus empresas aprendieron, innovaron y desarrollaron una poderosa industria de vehículos eléctricos capaz de competir internacionalmente.
El consumidor chino ya no depende necesariamente del automóvil europeo.
Cuando una empresa pierde participación de mercado, competitividad o rentabilidad, las consecuencias terminan llegando a sus trabajadores: reducción de personal, reestructuraciones y, en determinados casos, disminución de la capacidad productiva o cierre de plantas.
Sin embargo, al trabajador que pierde su empleo es mucho más fácil decirle “la culpa es del inmigrante” que explicarle las profundas transformaciones que están ocurriendo en la economía mundial.
El inmigrante como enemigo conveniente
El inmigrante puede competir en determinados segmentos del mercado laboral, como ocurre con cualquier incorporación de nuevos trabajadores. Negarlo sería simplificar también el problema. Pero convertirlo en responsable general de la pérdida del empleo, los bajos salarios o el deterioro económico de una comunidad significa ignorar fenómenos mucho más amplios.
El inmigrante también es un actor económico.
Trabaja, consume, alquila o compra vivienda, utiliza transporte, adquiere alimentos y servicios, crea empresas y, dependiendo de su situación laboral y migratoria, paga impuestos y contribuciones. También puede aportar conocimientos, experiencia y capital humano que el país receptor necesita.
Un médico venezolano que abandona su país después de años de formación puede llegar a otra nación y aportar precisamente allí donde existe escasez de profesionales. Su incorporación genera valor económico y social. Sin embargo, también puede despertar desconfianza entre quienes lo perciben exclusivamente como un competidor y no como un posible aliado dentro de una sociedad que está cambiando.
El caso de Panamá ayuda a comprender que cuando una sociedad estigmatiza al inmigrante no solamente pone en riesgo una fuente de mano de obra, sino también de inversión, consumo y actividad económica.
En diciembre de 2015, La Prensa de Panamá, citando cifras oficiales de la Contraloría General de la República, informó que empresarios venezolanos habían invertido US$427 millones entre 2012 y 2014, equivalentes aproximadamente al 3,7% de toda la inversión extranjera recibida por el país durante esos tres años.
Posteriormente, en medio de un clima migratorio más restrictivo, las autoridades panameñas reportaron una reducción de hasta 70.000 venezolanos en el flujo hacia el país, mientras algunos que incluso habían iniciado procesos de residencia optaron por trasladarse a Chile, Perú, Ecuador y Colombia.
El ejemplo recuerda algo que con frecuencia se olvida en el debate político: detrás de la palabra “inmigrante” no existe solamente un trabajador que busca empleo; también puede existir un consumidor, profesional, empresario, inversionista y generador de actividad económica. Cuando ese inmigrante se marcha, no se lleva únicamente su maleta: también puede llevarse su capacidad de trabajar, consumir, invertir y generar riqueza.
Chile constituye otro ejemplo de cómo la inmigración debe analizarse también desde su aporte económico y no únicamente desde el costo que pueda representar para el Estado. Estudios respaldados por el Banco Mundial muestran que los inmigrantes venezolanos presentan un balance fiscal positivo: por cada peso recibido en beneficios públicos, aportan aproximadamente 1,63 pesos en impuestos. Otro estudio sobre el impacto económico de la migración venezolana estimó una recaudación cercana a US$410 millones en impuestos directos e indirectos, cifra que podría superar los US$510 millones bajo mejores condiciones de regularización e integración laboral.
Estos números ayudan a cuestionar la idea de que el inmigrante es simplemente una carga para el país receptor. Quien llega también trabaja, consume, paga impuestos, cotiza, emprende y genera demanda.
Integrar en lugar de estigmatizar
La experiencia alemana después de la caída del Muro de Berlín ofrece una reflexión interesante. Helmut Kohl entendía que después de aproximadamente cuatro décadas viviendo bajo sistemas políticos, económicos y sociales diferentes, la reunificación no podía limitarse simplemente a eliminar una frontera. Era necesario construir integración entre personas que, siendo parte de una misma nación, habían desarrollado experiencias y formas de vida distintas.
En 1993, Kohl expresó una idea especialmente poderosa: “No debemos permitir nuevos muros, ni en el lenguaje, ni en el pensamiento y mucho menos en nuestras acciones”.
Salvando las enormes diferencias históricas, existe allí una enseñanza aplicable al debate migratorio: integrar es más inteligente que estigmatizar.
Pero la integración no corresponde únicamente a la sociedad receptora. Quien llega también tiene responsabilidades: debe comprender y respetar las leyes, valores, costumbres, instituciones y cultura laboral del país que lo recibe. Integración significa un esfuerzo de ambas partes.
Las sociedades modernas no deberían observar automáticamente al inmigrante como escoria, intruso o enemigo, sino analizar cómo incorporar productivamente a quien llega, exigirle el cumplimiento de sus responsabilidades y aprovechar aquello que puede aportar.
Después de todo, buena parte de nuestras sociedades americanas son precisamente el resultado de siglos de encuentros, migraciones y mezclas entre pueblos indígenas, europeos, africanos y posteriores corrientes migratorias provenientes de numerosos lugares del mundo.
Buscar al verdadero responsable
Los políticos pueden seguir buscando enemigos visibles para explicar problemas difíciles. El inmigrante resulta particularmente conveniente: tiene otro acento, otras costumbres y, muchas veces, poca capacidad política para defenderse.
Pero señalarlo no recuperará la fábrica de Alberto.
Tampoco hará competitiva nuevamente una industria que dejó de innovar, impedirá que una empresa traslade su producción, capacitará al trabajador desplazado para una nueva profesión ni resolverá por sí solo los efectos de la automatización y de la competencia internacional.
Para enfrentar esos problemas hacen falta políticas mucho más difíciles: educación, capacitación y reconversión laboral, innovación tecnológica, incentivos a la inversión productiva, apoyo al emprendimiento y estrategias industriales capaces de competir en una economía global.
La inmigración tampoco desaparecerá simplemente por un discurso político. Los movimientos humanos forman parte de nuestra historia desde mucho antes de que existieran nuestras actuales fronteras nacionales. Incluso las tradiciones religiosas judeocristianas están llenas de historias de migración, exilio y búsqueda de una nueva tierra.
Por eso, cuando Alberto pierde su empleo, la pregunta correcta no debería ser:
“¿Qué inmigrante me quitó mi trabajo?”
La pregunta debería ser:
“¿Por qué desapareció mi empleo y qué están haciendo nuestros líderes para que yo pueda formar parte de la nueva economía?”
Tal vez cuando el ciudadano comience a formular esa pregunta, algunos políticos tendrán que dejar de buscar enemigos y comenzar, finalmente, a ofrecer soluciones.
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