El idioma de la ropa arrugada
Viernes 26 de junio de 2026. Lectura: 2'
Por Susana Toricez
Una reflexión sobre el cambio de códigos entre generaciones, a partir de un episodio cotidiano que revela cómo gestos de cuidado y afecto adquieren significados distintos según la época. Un texto sobre la dificultad —y también la necesidad— de aprender el idioma del mundo que habitan los hijos.
Uno se pasa la vida entera intentando traspasar un legado invisible. Esa caja llena de herramientas que a nosotros nos sirvieron para andar por el mundo: el respeto, la prolijidad, el valor de las cosas cuidadas. Valores que uno cree firmes, válidos y universales.
Entonces llega el día en que te toca sentarte a enseñarlos a tu hijo, y te chocás de frente contra una pared invisible.
Te das cuenta, casi con un frío en el pecho, de que ellos manejan otro idioma de convivencia.
Y no, no es la “brecha generacional”. Eso queda chico; es un término demasiado superficial para lo que se siente.
Esto es mucho más profundo. La realidad es que el mundo giró tan rápido, los cambios fueron tan velozmente intensos, que los adultos nos quedamos pedaleando en el aire. No logramos comprenderlos del todo porque a nosotros nos costó —y nos cuesta— una enormidad acostumbrarnos a este ritmo vertiginoso.
Pienso, por ejemplo, en la gratitud de antes.
Para mí era un acontecimiento hermoso, un mimo al alma, que una tía se pasara tardes enteras tejiéndome un abrigo o una bufanda.
Había un valor sagrado en ese tiempo regalado, en el calor de la lana hecha a mano.
Hoy lo tengo claro: eso ya no existe. Se cambió por lo inmediato, por lo que se compra con un clic.
Un día vi ese choque de mundos con una claridad que casi me da risa, si no fuera porque te deja pensando.
Mi hijo se iba a acampar por primera vez.
Así que ahí me armé de paciencia y amor: le preparé la mochila, le doblé cada remera con cuidado, prolija, perfectamente planchada. Yo era una madre blindando a su hijo con su mejor manual de cuidado.
Cuando volvió, desbordado de anécdotas, me miró con esa complicidad nueva que tienen ahora y me soltó:
—Ma, la próxima vez no me planches nada. En el camping se usa todo arrugado.
Ahí entendí todo. Para mí, la plancha o el tejido eran el afecto, el orden, el cuidado.
Para él, la remera arrugada era pertenecer, estar libre, hablar el idioma de sus pares.
Ellos no rompen nuestros valores por maldad o rebeldía; simplemente habitan un planeta que se mueve a otro ritmo, donde la prolijidad y el afecto ya no se miden en los pliegues de una prenda ni en las horas de un tejido, sino en cosas que nosotros, todavía, estamos intentando descifrar a toda velocidad y con mucho empeño.
Y, seguramente, con alguna que otra arruga.
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