El horno de Sendic, la hipocresía del Frente y un agujero que no para de arder
Edición Nº 1032 - Viernes 25 de abril de 2025. Lectura: 4'
El Frente Amplio nos ha acostumbrado, a lo largo de los años, a una combinación bastante peculiar: tono mesiánico, verdades a medias y gestiones ruinosas. Pero si hubiese que elegir una síntesis perfecta de esa receta, sin duda la encontraríamos en el negocio del portland de Ancap. Si hay un símbolo de la improvisación frentista, es el célebre —y ahora subastado— horno de Sendic.
Los números no mienten. Una reciente nota publicada en El Observador detalla que el negocio del portland a cargo de Ancap acumula más de US$ 800 millones en pérdidas acumuladas en un cuarto de siglo. Sí, leyó bien. Ochocientos millones de dólares que los uruguayos pusimos de nuestros bolsillos para mantener un negocio deficitario, ineficiente y sin competitividad. Un negocio que, en cualquier país serio, habría sido intervenido, reestructurado o cerrado hace décadas. Acá se blindó bajo discursos ideológicos, se negó la realidad con cinismo y se siguió gastando como si nada. Porque claro, lo importante no era que el portland funcionara, sino que sirviera de bastión simbólico contra el “neoliberalismo”.
Cuando la Coalición —con toda lógica— planteó alternativas: buscar socios privados, racionalizar costos, analizar el cierre ordenado del sector o simplemente frenar el drenaje de millones, ¿qué hizo la izquierda política y sindical? Gritó. Chilló. Acusó al gobierno de querer “desmantelar la industria nacional”, “vender la patria” o “entregar los recursos al capital”. Esas eran las ridículas frases de cabecera. “La soberanía no se negocia”, decían. Aunque cueste 25 millones de dólares al año (¡que son necesarios para tantas cosas!).
Ahora que el frentismo volvió al gobierno, el tono del discurso cambió. Ya no hay conferencias encendidas. Ya no hay marchas sindicales por el portland. Ahora lo que hay es silencio. Diagnósticos. Estudios. Declaraciones tibias sobre “ser muy quirúrgicos en las decisiones” y “trabajar en conjunto”. Unos meses más y pedirán paciencia, porque “no se pueden tomar decisiones apresuradas”. ¿Se les olvidó que prometieron lo contrario?
Es que cuando el Frente Amplio gobierna, la realidad se impone. Y entonces, donde antes había epopeyas obreras, ahora hay que reconocer que no hay forma de competir con empresas que producen cemento a mitad de precio. Que las instalaciones están obsoletas. Que el horno de Sendic —ese monumento al despilfarro— jamás se instaló, y que venderlo como chatarra es el mejor destino para no seguir perdiendo plata.
Recordemos: el horno costó más de US$ 50 millones. Nunca se usó. Nunca se montó. Sus piezas siguen almacenadas como un museo de la incompetencia. Y para instalarlo hoy, habría que gastar entre 80 y 130 millones más. ¿Qué dice el Frente Amplio sobre esto? ¿Dónde están los que exigían “soberanía industrial”? ¿Van a seguir jugando a la épica mientras el país tira dinero por la ventana?
La ministra Cardona dice que se está haciendo un diagnóstico. ¿Después de 25 años de pérdidas, todavía necesitan tiempo para entender qué pasa? Es como ir al médico con un cuchillo en la espalda y esperar que te hagan una resonancia antes de sacarlo. La respuesta está servida hace rato: esto no da más.
Lo que molesta —y mucho— no es solo la mala gestión, sino la hipocresía. Porque cuando la Coalición propuso soluciones, el Frente gritó “privatización”. Pero ahora que gobiernan, resulta que “hay que ver la realidad del mercado” y “considerar la competitividad”. Cuando el gobierno de Lacalle Pou intentó licitar una asociación con privados —una salida razonable ante el fracaso estatal—, el Frente puso el grito en el cielo. Pero la licitación quedó desierta. Nadie quiso agarrar ese clavo ardiente. Ni gratis. Y eso también es ilustrativo.
¿Qué dice el sindicato mientras tanto? Que hay que “apostar seriamente” al portland estatal. ¿Cómo? Con un “shock de inversión”, dicen. ¿Con qué plata? Con la de todos nosotros, claro. ¿Y cuál es el plan? Más inversión en un horno que nadie quiere, más empleados, más intervención estatal y, por supuesto, obligar por ley a que el Estado solo compre cemento de Ancap, aunque sea más caro. Así cualquiera “sostiene” un negocio.
El problema no es el cemento. El problema es el dogma. Ese que llevó a fundir una unidad productiva por negarse a ver lo evidente. Ese que convirtió a Ancap en un barril sin fondo durante los años de bonanza, y que hoy —sin viento de cola— sigue arrastrando a los contribuyentes a pagar la fiesta.
Por eso lo decimos con claridad: el horno no está para bollos. El portland estatal es un fracaso que el Frente Amplio niega cuando está en la oposición y disimula cuando está en el gobierno. El horno de Sendic es su símbolo. Y por más que quieran cambiar la narrativa, la realidad ya no se puede tapar. O asumen la responsabilidad de corregir el rumbo, o terminarán siendo los enterradores del último clavo caliente de Ancap. Esta vez, sin poder echarle la culpa a otro.
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