Edición Nº 1102 - Viernes 16 de octubre de 2026

El futuro también se construye con las represas del pasado

Viernes 16 de octubre de 2026. Lectura: 5'

Por Fitzgerald Cantero Piali

Las grandes obras que heredamos pueden adquirir un nuevo valor en la transformación energética. Modernizarlas y prepararlas para un clima más incierto es una responsabilidad con las próximas generaciones.

Hay decisiones cuyo verdadero alcance sólo puede comprenderse muchas décadas después de haber sido tomadas. Una central hidroeléctrica pertenece a esa categoría. Quienes la proyectan saben que sus beneficios se extenderán mucho más allá de un período de gobierno y que buena parte de sus usuarios todavía no ha nacido.

Uruguay conoce esa experiencia. Rincón del Bonete, Baygorria, Palmar y Salto Grande forman parte de nuestra historia productiva y de nuestra vida cotidiana. Detrás de esos nombres hay ingeniería, financiamiento, trabajadores, interconexión regional, acuerdos e instituciones. Hay, sobre todo, una sociedad que destinó recursos a construir capacidades para el futuro.

Hoy, cuando la conversación energética se concentra en paneles solares, aerogeneradores, baterías e inteligencia artificial, corresponde volver a mirar esas obras. Su contribución puede adquirir nuevas dimensiones precisamente por las transformaciones tecnológicas que estamos viviendo.

Una pregunta atraviesa ese debate: ¿estamos preparando la infraestructura que heredamos para las necesidades que vienen?

El nuevo valor de una obra conocida

Durante mucho tiempo, la principal manera de valorar una central eléctrica fue observar cuánta energía producía. Esa sigue siendo una medida fundamental. Sin embargo, en un sistema con una participación creciente de fuentes variables, también importa cuándo puede producir, con qué rapidez puede responder y cómo contribuye a mantener el equilibrio entre generación y consumo.

El sol y el viento aportan electricidad según la disponibilidad del recurso. La demanda, mientras tanto, sigue los ritmos de los hogares, las fábricas, el comercio y el transporte. Hacer coincidir ambos lados exige redes, almacenamiento, intercambios y capacidad de ajustar la operación.

Allí, las centrales hidroeléctricas con embalse tienen un valor particular. Dentro de sus condiciones técnicas, ambientales y de disponibilidad de agua, pueden reservar recursos para otro momento y modificar su generación con rapidez. Esa capacidad ayuda a aprovechar mejor otras fuentes renovables y a sostener el abastecimiento.

Una obra concebida hace décadas puede cumplir así nuevas funciones en un sistema mucho más diverso. Su valor debe considerar tanto la electricidad que entrega como los servicios que presta para que el conjunto funcione.

Para Uruguay, esta reflexión tiene especial sentido. La diversificación de nuestra generación permite pensar las distintas fuentes como partes de un mismo sistema. La complementariedad entre ellas constituye un activo que requiere planificación y actualización permanente.

Modernizar también es construir futuro

La necesidad de modernizar las instalaciones hidroeléctricas existentes y aprovechar su capacidad de aportar flexibilidad a los sistemas eléctricos ha sido objeto de una prédica constante.

Renovar turbinas y generadores, actualizar controles, incorporar mejores herramientas de pronóstico y reforzar la seguridad puede prolongar la vida útil de una central y mejorar su desempeño. En determinados casos, también permite obtener más energía del agua disponible o responder mejor a las necesidades de la red. Salto Grande es un buen ejemplo en este sentido.

Cada intervención exige estudios y una evaluación económica rigurosa. No todas las centrales tienen las mismas posibilidades ni todas las inversiones ofrecen los mismos beneficios. Pero existe una pregunta que debería formar parte de cualquier estrategia: ¿cuánto podemos mejorar el aprovechamiento de lo que ya tenemos?

La discusión trasciende al sector energético. Construir una obra crea también una obligación de mantenimiento, conocimiento y renovación. Su costo real incluye los recursos necesarios para que siga prestando un buen servicio durante décadas.

Gobernar también es mantener. Es presupuestar una reparación antes de que la falla interrumpa el servicio. Es conservar equipos técnicos, actualizar información y evitar que el deterioro silencioso termine imponiendo decisiones urgentes y más costosas.

Esa tarea merece reconocimiento público. De ella depende una parte considerable del valor de nuestro patrimonio colectivo.

El agua exige una mirada más amplia

La hidroenergía tiene, además, una condición que obliga a ser especialmente cuidadosos: depende del agua.

Las sequías recuerdan que la potencia instalada no equivale a energía disponible en cualquier circunstancia. Un sistema puede contar con grandes centrales y enfrentar restricciones si los aportes hídricos resultan insuficientes.

Por eso, modernizar también significa revisar supuestos. Las series históricas son indispensables, pero la planificación debe incorporar escenarios de variabilidad y cambio climático, fortalecer los pronósticos y evaluar cómo responder ante períodos secos prolongados o eventos extremos, como los que nuestra región está padeciendo. El llamado Super Niño presenta situaciones dispares según las subregiones, con sequías extremas en algunas y lluvias incesantes en otras.

A su vez, el agua cumple múltiples funciones. Abastece a las personas, sostiene ecosistemas, permite producir alimentos y, según la cuenca, sirve a otras actividades económicas. La operación de los embalses debe reconocer esa realidad y las prioridades que corresponden en cada caso.

La legitimidad de la hidroenergía requiere seguridad de las instalaciones, cuidado ambiental, información pública y una relación responsable con los territorios. En los proyectos compartidos entre países, exige también cooperación sostenida.

Para América Latina, esta es una agenda de desarrollo. Aprovechar sus recursos hídricos demanda instituciones capaces de coordinar usos, gestionar riesgos y sostener decisiones durante muchos años.

Lo que dejaremos en funcionamiento

La discusión sobre infraestructura suele organizarse alrededor de lo que falta construir. También deberíamos preguntarnos qué queremos dejar en funcionamiento.

Una central renovada, una red preparada para nuevas demandas o una cuenca mejor gestionada pueden parecer resultados menos visibles que una inauguración. Sus efectos se expresan en la continuidad del servicio, en los costos que se evitan y en la capacidad de una economía para crecer.

Esto requiere reglas que reconozcan los servicios que necesita el sistema eléctrico, financiamiento adecuado y equipos profesionales. También exige preservar el conocimiento acumulado y formar a quienes asumirán su operación en las próximas décadas.

En Uruguay, las represas permiten observar el vínculo entre generaciones de una manera concreta. Recibimos obras que hicieron posible parte de nuestro desarrollo. Nos corresponde conservarlas, actualizarlas y complementarlas con las inversiones que demandará el país que viene.

La medida de una política pública también está en lo que sigue funcionando muchos años después de que sus responsables hayan dejado el cargo.

Quienes construyeron aquellas centrales trabajaron para un Uruguay que todavía no conocían. Nuestra responsabilidad es actuar con una perspectiva semejante: cuidar lo recibido, prepararlo para nuevas exigencias y ampliar las capacidades que heredarán otros.

El futuro también se construye con las represas del pasado y depende de las decisiones que tomemos hoy sobre ellas.



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