Edición Nº 1071 - Viernes 6 de marzo de 2026

El feminismo selectivo del 8M

Viernes 6 de marzo de 2026. Lectura: 5'

Mientras las mujeres iraníes arriesgan su libertad y su vida enfrentando a una dictadura teocrática que las somete en todos los planos, buena parte del feminismo occidental mira hacia otro lado. Y en Uruguay, el 8M vuelve a ser colonizado por consignas antiimperialistas del PIT-CNT y organizaciones afines, que prefieren atacar a Estados Unidos e Israel antes que denunciar a uno de los regímenes que más brutalmente oprime a las mujeres en el mundo. Una paradoja que desnuda la hipocresía de cierto “progresismo” que antepone su agenda ideológica a la causa que dice defender.

El 8 de marzo, convertido desde hace décadas en el Día Internacional de la Mujer, suele presentarse como una jornada de reivindicación universal. Un día para recordar las luchas de las mujeres en todo el mundo, denunciar injusticias y reclamar derechos. En teoría. En la práctica —al menos en buena parte del mundo occidental— la fecha se ha transformado en otra cosa: una tribuna ideológica donde ciertas corrientes políticas seleccionan cuidadosamente qué causas abrazar y cuáles conviene ignorar.

Y pocas omisiones resultan tan elocuentes como la de las mujeres iraníes.

Desde hace años, y con especial intensidad desde la muerte de Mahsa Amini en 2022, las mujeres de Irán han protagonizado una de las rebeliones más valientes del mundo contemporáneo. Enfrentan a una de las dictaduras más implacables del planeta: la República Islámica, un régimen teocrático donde el Estado regula la vestimenta femenina, controla su vida privada y castiga con cárcel, tortura o muerte a quienes desafían sus normas.

El movimiento Mujer, Vida, Libertad (retomando un eslogan kurdo de principios del siglo XX) surgido tras la muerte de Masha Amini puso a las mujeres en la primera línea de las protestas contra el régimen. Fueron ellas quienes se quitaron el velo en público, quienes lideraron manifestaciones y quienes pagaron el precio más alto: detenciones masivas, ejecuciones, desapariciones. En un país donde la policía moral vigila cada centímetro de la conducta femenina, la simple decisión de mostrar el cabello se ha convertido en un acto revolucionario.

Sin embargo, ese drama —que debería ocupar el centro del debate global sobre los derechos de las mujeres— recibe una atención curiosamente tenue en ciertos círculos del activismo occidental.

El feminismo que en Occidente se presenta como universal suele mostrarse sorprendentemente selectivo cuando las víctimas viven bajo regímenes que no encajan en el esquema ideológico del progresismo contemporáneo. La denuncia contra Estados Unidos, contra Israel o contra el “imperialismo occidental” suele sonar con una potencia ensordecedora. Pero cuando las mujeres son oprimidas por una teocracia islamista, el entusiasmo parece diluirse en prudentes silencios.

Tal vez sea una coincidencia. O tal vez no.

El fenómeno ha sido señalado por diversos analistas que observan cómo sectores del activismo progresista han desarrollado una peculiar alergia a denunciar regímenes autoritarios si estos se presentan como adversarios geopolíticos de Occidente. El resultado es una paradoja notable: el feminismo global se moviliza con enorme energía contra democracias liberales, pero se muestra mucho más cauteloso frente a dictaduras feroces donde las mujeres carecen de derechos elementales.

La ironía es evidente. Las mujeres iraníes arriesgan la vida por libertades básicas —vestirse como quieran, estudiar, trabajar sin tutela masculina— mientras en muchas capitales occidentales el debate feminista gira en torno a microagresiones lingüísticas o disputas semánticas sobre el lenguaje inclusivo.

La distancia entre ambos mundos resulta casi obscena.

Ese contraste también se refleja, con matices propios, en Uruguay. El 8M se ha transformado aquí en una fecha cada vez más atravesada por disputas ideológicas. En particular, el PIT-CNT y otras organizaciones sociales satelizadas por el Partido Comunista del Uruguay (PCU) han convertido la jornada en una plataforma para impulsar una agenda política mucho más amplia que la defensa de los derechos de las mujeres.

El lema elegido este año por la central sindical —centrado en el antiimperialismo— provocó incluso incomodidad dentro del propio campo progresista. Algunas dirigentes de izquierda cuestionaron abiertamente que la proclama colocara la denuncia contra el “imperialismo” por encima de los reclamos específicos de las mujeres. Para varias activistas, la consigna parece desviar el foco del problema.

No es una observación menor.

La proclama sindical incluye referencias habituales a Estados Unidos y al capitalismo global. Pero en esa numeración de agravios internacionales no aparece ni una sola mención al drama de las mujeres iraníes.

Tampoco figuran en las consignas de la Intersocial Feminista, una de las principales plataformas de movilización del 8M en Uruguay. En sus redes sociales, la única referencia reciente a Irán se limitaba a difundir una denuncia —aún bajo investigación— sobre el supuesto bombardeo de una escuela de niñas en la ciudad de Minab.

Pero ni una palabra sobre las protestas lideradas por mujeres contra la dictadura teocrática.
Ni una mención a las ejecuciones.
Ni una sola consigna de solidaridad con quienes enfrentan al régimen.

El silencio es tan rotundo que resulta difícil atribuirlo a una simple casualidad.

Lo que aparece con claridad es otra cosa: la progresiva politización ideológica de una fecha que originalmente pretendía ser universal. En lugar de convertirse en una jornada de solidaridad global con las mujeres oprimidas, el 8M termina muchas veces subordinado a agendas partidarias que priorizan viejas consignas geopolíticas antes que los problemas concretos de las mujeres en el mundo.

Así, mientras las iraníes desafían a una dictadura religiosa que controla su cuerpo y su vida, en ciertas marchas occidentales el foco vuelve a recaer —como si el guion no pudiera cambiar— en los mismos enemigos de siempre: el capitalismo, Estados Unidos, Israel.

La paradoja es difícil de ignorar.
Las mujeres más oprimidas del planeta parecen no encajar en el relato correcto.

El resultado es una forma de hipocresía política que termina desnaturalizando el sentido mismo del 8 de marzo. Cuando las movilizaciones se convierten en plataformas ideológicas antes que en espacios de solidaridad real, los reclamos legítimos de las mujeres quedan subordinados a intereses políticos que poco tienen que ver con su emancipación.

Mientras tanto, en Irán, miles de mujeres siguen quitándose el velo en público sabiendo que pueden ser ejecutadas por ello.

Ellas, al menos, no necesitan consignas antiimperialistas para saber qué significa luchar por la libertad.



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