El control del relato pesa más que la tradición parlamentaria
Viernes 20 de febrero de 2026. Lectura: 3'
El Parlamento uruguayo está ante una situación inédita: la posibilidad concreta de que funcionen dos comisiones investigadoras sobre el mismo asunto, una en la Cámara de Diputados y otra en el Senado. El caso Cardama —que ya venía tensionando al sistema político— sumó ahora un componente institucional que expone algo más profundo: la disputa por el control del relato.
Como es sabido, la Coalición Republicana en Diputados alcanzó los votos necesarios para crear una comisión investigadora sobre el contrato con el astillero español Cardama. El objetivo declarado es analizar todo el proceso relativo a las OPV, desde el inicio del proceso hasta las recientes las decisiones del gobierno, incluyendo la rescisión contractual y la denuncia penal presentada ante Fiscalía. En una cámara donde el Frente Amplio no tiene mayoría, la oposición tiene capacidad de impulsar el mecanismo de contralor.
La reacción oficialista no se hizo esperar.
El Frente Amplio, que sí controla el Senado, se adelantó y presentó una moción para conformar una comisión preinvestigadora en esa cámara, con el mismo objeto: el contrato con Cardama y las responsabilidades políticas asociadas. El movimiento fue leído como un contragolpe político para no dejar el terreno narrativo exclusivamente en manos de la oposición.
Así se configuró el escenario insólito: dos ámbitos parlamentarios distintos investigando el mismo hecho, con mayorías políticas opuestas y, previsiblemente, conclusiones divergentes.
El oficialismo argumenta que tiene pleno derecho a investigar en la cámara donde posee mayoría. Nadie discute esa potestad formal. Lo que sí está en cuestión es el espíritu de la práctica parlamentaria uruguaya, históricamente regida por ciertos usos no escritos que privilegiaban evitar superposiciones innecesarias y preservar la seriedad institucional de los mecanismos de control.
Porque una comisión investigadora no es un instrumento propagandístico. Es un órgano de contralor excepcional, con potestades relevantes, cuyo valor descansa en su credibilidad.
La creación de una segunda investigadora en el Senado, cuando ya existe impulso suficiente para otra en Diputados, no responde a una necesidad técnica. Responde a una necesidad política: no perder el control del encuadre del caso.
En Diputados, la oposición conduciría el proceso, fijaría citaciones y tiempos, y eventualmente redactaría un informe crítico hacia el gobierno. En el Senado, el Frente Amplio podría equilibrar o relativizar ese enfoque, incluso anticiparse y construir una narrativa propia que neutralice el impacto político del trabajo de la otra cámara.
El problema no es que cada bloque quiera defender su posición. Eso es inherente a la política. El problema es que, en esa disputa, se sacrifica la coherencia institucional.
Dos investigadoras paralelas sobre el mismo tema corren el riesgo de degradar el mecanismo en una puesta en escena partidaria: dos listados de comparecientes, dos secuencias de interrogatorios, dos informes finales previsiblemente antagónicos. Más que esclarecer, el resultado puede ser duplicar la confusión.
En los hechos, el Frente Amplio ha optado por priorizar el dominio del escenario político antes que la preservación de un criterio de unicidad en el control parlamentario. Y lo hace, paradójicamente, en un caso donde la propia transparencia es uno de los ejes del debate público.
La actitud resulta, como mínimo, incómoda. Y para muchos, abiertamente cínica: denunciar que la oposición politiza el caso mientras se monta un dispositivo paralelo para no quedar en minoría.
La tradición parlamentaria uruguaya ha sido una de las fortalezas del sistema democrático. El respeto a las formas, la búsqueda de acuerdos básicos y la prudencia institucional han sido parte de su identidad. La instalación de dos investigadoras sobre el mismo expediente erosiona ese capital simbólico.
El caso Cardama todavía debe dilucidarse en el plano jurídico. Pero en el plano político ya produjo un daño visible: mostró que, cuando las mayorías cambian según la cámara, la tentación de blindar el relato puede más que la responsabilidad de cuidar las reglas no escritas.
Lo inédito no es solo la coexistencia de dos comisiones. Lo verdaderamente inédito es la naturalidad con la que se acepta que el Parlamento funcione como un tablero de estrategia narrativa antes que como un órgano coherente de control republicano.
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