El camino nos enseña
Viernes 30 de octubre de 2026. Lectura: 2'
Por Susana Toricez
Una antigua historia sobre dos cántaros nos recuerda que incluso nuestras imperfecciones pueden dejar huellas de belleza y que el verdadero valor de nuestros actos no siempre está a la vista.
Siendo niña, escuché un cuento que me dejó una huella imborrable y cuya moraleja me acompaña desde entonces.
La historia hablaba de un modesto aguatero que, día tras día, recorría varios kilómetros bajo un sol implacable y a través de suelos áridos.
Para cumplir con su labor, cargaba un palo sobre sus hombros, del que pendían dos cántaros, uno a cada lado.
Un buen día, el cántaro más fuerte y vanidoso comenzó a burlarse del otro, jactándose de que siempre llegaba a destino rebosante de agua fresca y limpia, mientras que su compañero lo hacía medio vacío, con apenas unas pocas gotas en el fondo.
El cántaro más débil, sintiéndose imperfecto y avergonzado, lloró con dolor ante la soberbia del otro.
Al notar el sufrimiento de uno de sus cántaros, el aguatero decidió darles una lección inolvidable.
A la mañana siguiente, emprendió el largo camino de regreso, pero esta vez con ambos cántaros completamente vacíos.
Mientras avanzaban bajo el mismo sol, el hombre se detuvo y les dijo con serenidad:
«Es verdad que tú, cántaro fuerte, llegas siempre con toda el agua a destino. Pero mirá ahora este lado del camino... Está alfombrado de hermosas flores silvestres, nacidas y cuidadas gracias al agua que tú, cántaro imperfecto, derramabas en silencio cada día».
De aquel relato aprendí que no importa cuánto se luzca nuestra tarea; si se hace con dedicación y amor, tarde o temprano se obtienen los resultados.
Porque no es la soberbia ni la vanidad, y mucho menos la burla, lo que nos hace mejores personas, sino el respeto, la humildad, la perseverancia y, por sobre todas las cosas, el amor. Siempre.
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