El arancel que volvió como boomerang
Viernes 20 de febrero de 2026. Lectura: 3'
La narrativa política que acompañó la política de aranceles impuesta por la administración Trump en 2025 fue clara: proteger la industria estadounidense, castigar prácticas comerciales consideradas desleales y fortalecer la producción nacional. Sin embargo, a la luz de los datos publicados recientemente por la Reserva Federal de Nueva York, el resultado económico parece haber seguido una lógica distinta. El costo de esa política recayó, en una proporción abrumadora, sobre empresas y consumidores de Estados Unidos.
Diversos medios internacionales recogieron el informe de la Fed de Nueva York que concluye que las empresas estadounidenses absorbieron cerca del 90% de los costos asociados a los aranceles implementados en 2025. Es decir, lejos de trasladarse principalmente a los exportadores extranjeros, la carga financiera terminó internalizándose dentro de la economía doméstica.
El mecanismo es relativamente simple. Cuando se impone un arancel, el importador estadounidense es quien lo paga en la aduana. Si bien teóricamente podría trasladar ese costo al proveedor extranjero mediante renegociaciones de precio, en la práctica los estudios muestran que eso ocurrió de manera marginal. En la mayoría de los casos, las compañías norteamericanas absorbieron el aumento o lo trasladaron a los consumidores a través de precios más altos.
El efecto fue visible en sectores industriales que dependen de insumos importados: manufactura, automoción, tecnología y bienes intermedios. Las empresas enfrentaron mayores costos de producción, reduciendo márgenes de ganancia o encareciendo productos finales. A su vez, los hogares estadounidenses vieron incrementos en precios de bienes cotidianos, lo que impactó directamente en su poder adquisitivo.
La Fed de Nueva York no es una fuente menor ni un think tank ideologizado. Se trata de uno de los principales órganos del sistema de la Reserva Federal, cuya evaluación se basa en datos aduaneros, precios de importación y comportamiento empresarial. Su conclusión es contundente: la mayor parte del impacto económico no fue absorbida por China, Europa o México, sino por la propia economía estadounidense.
Lejos de debilitar a competidores extranjeros, los aranceles introdujeron distorsiones internas. Algunas empresas relocalizaron cadenas de suministro, pero a un costo elevado. Otras redujeron inversión ante la incertidumbre comercial. Y, en términos macroeconómicos, el encarecimiento de bienes importados actuó como un factor inflacionario adicional en un contexto ya sensible.
El argumento político del proteccionismo suele apoyarse en la idea de que cerrar parcialmente el mercado interno fortalece la industria nacional. Pero la evidencia empírica de 2025 vuelve a mostrar que el comercio internacional no funciona como un juego de suma cero. Las cadenas de valor están profundamente integradas. Muchas empresas estadounidenses no compiten con el mundo desde fuera, sino que producen con el mundo. Cuando se encarecen los insumos importados, se encarece la producción nacional.
Incluso en los casos en que algunos sectores específicos pudieron beneficiarse temporalmente de la menor competencia externa, el efecto agregado sobre la economía fue negativo para consumidores y para gran parte del entramado empresarial. El costo no desaparece: simplemente cambia de bolsillo.
En definitiva, la experiencia de los aranceles de 2025 constituye una demostración empírica de una vieja lección económica. El proteccionismo no es un escudo unilateral que solo hiere al otro; es un instrumento que también impacta sobre quien lo empuña. El comercio internacional es una avenida de doble vía. Cuando se bloquea uno de los carriles, el tránsito se ralentiza para todos, incluido el propio país que decidió levantar la barrera.
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