Edición Nº 1097 - Viernes 11 de setiembre de 2026

El antiyanquismo

Viernes 8 de mayo de 2026. Lectura: 4'

Por Luis Hierro López

El episodio de la visita del presidente Orsi al portaaviones norteamericano revela, una vez más, que la religión antiyanquista sigue viva en Uruguay.

Con la claridad de pensamiento y la prosa convincente que le caracterizaban, Jean François Revel publicó en 2002 La obsesión antiamericana, un estupendo análisis de las actitudes de las izquierdas en el mundo, vacías de propuestas pero unidas por su fe religiosa e irracional contra Estados Unidos. Sostuvo Revel que el rechazo a Estados Unidos proviene más de un resentimiento histórico e ideológico que de respuestas a hechos concretos y, refiriéndose a América Latina, dice que hay “un rencor muy antiguo, el de la América que ha fracasado contra a la América que ha triunfado”. Hay una visión totalitaria que mezcla el odio a la democracia y a la economía liberal con ideología e ignorancia, dijo Revel.

Es posible que hoy, ante los desbordes de Trump, haya quienes entiendan que esa interpretación de uno de los más importantes pensadores de este tiempo esté desenfocada; pero no se trata de juzgar a Estados Unidos por lo que hace Trump, porque el antiyanquismo existe desde hace muchas décadas y seguirá vigente cuando Trump deje la presidencia. Por lo pronto, y en mi caso, creo que Estados Unidos es una gran nación que, en términos generales, practica y promueve la democracia y la libertad, pese a las acciones prepotentes de su presidente.

Uruguay ha tenido vínculos muy fuertes con esa sociedad. No hay dudas históricas sobre la influencia que tuvieron las ideas federalistas en Artigas. José Pedro Varela introdujo sus propuestas pedagógicas renovadoras después de un viaje por ese país y tomando su ejemplo como modelo. Ya en el siglo XX, Batlle y Ordóñez recurrió a Estados Unidos para que, con su fuerza naval, impidiera el pasaje de armas argentinas en apoyo de la revolución saravista, lo mismo que haría, un siglo después, Tabaré Vázquez ante el bloqueo impuesto por Argentina por el conflicto de las “papeleras”. Nuestra Cancillería ha tenido una histórica amistad —lo que no significa sumisión— con Estados Unidos, al punto de que, también a principios del siglo XX, nada menos que Baltasar Brum, siendo canciller, promovió el panamericanismo, es decir, la cooperación y el compromiso común de todos los países de América, incluidos Estados Unidos y Canadá.

La revolución cubana de 1959 cambió los parámetros y los comunistas de acá y del mundo encontraron allí un faro y un ejemplo de cómo se podía luchar contra “el imperialismo”. Ocurre que, casi 70 años después, los bolches y sus compañeros de ruta se han quedado congelados en el tiempo, apoyando una dictadura que atenta claramente contra los derechos humanos y las libertades. No es casual, ya que los comunistas han apoyado las dictaduras de la URSS y siguen en esa línea, respaldando a cualquier tipo de gobierno que se oponga a Estados Unidos.

Esa tendencia ha tenido consecuencias negativas para Uruguay. En el primer gobierno de Tabaré Vázquez, el entonces canciller Gargano, socialista, pulverizó una iniciativa del presidente para hacer un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. Eso provocó a nuestro país un grave daño, porque fue una gran oportunidad perdida y, veinte y pico de años después, seguimos procurando, con muchas dificultades, la apertura de mercados. Por ese entonces, la ministra de Desarrollo Social, Marina Arismendi, calificó de genocida al presidente Bush mientras almorzaba con Vázquez en la estancia presidencial de Anchorena.

En ese contexto, estuvo bien el presidente Orsi al concurrir al famoso portaaviones, pero ese gesto no calmará las aguas. Los gobiernos democráticos, así como los inversores y los liberales de todo el mundo, pueden saber lo que ocurre en Uruguay y verán que un ministro comunista criticó en público al primer mandatario por lo que hizo, lo que demuestra que el poder está compartido, debilitando la figura presidencial y el prestigio del país.

Uruguay, como nación independiente, puede separarse de las posiciones del gobierno de Estados Unidos o puede, incluso, criticarlas. Pero lo que no puede ni debe hacer, por razones históricas pero también por cuestiones prácticas y presentes, es contaminar su posicionamiento con un antiyanquismo que resulta pernicioso y anacrónico y que corresponde más a las barricadas que a la política exterior.



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