El Reino que podría dejar de ser Unido
Viernes 18 de setiembre de 2026. Lectura: 7'
La inédita coordinación entre los nacionalistas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte revela que la unidad británica ha dejado de considerarse irreversible. Pero las tres causas separatistas tienen fuerzas, calendarios y caminos jurídicos muy diferentes. La desaparición del Reino Unido es posible; su desintegración simultánea, por ahora, no parece probable.
La fotografía tomada en Cardiff es históricamente poderosa: John Swinney, líder del Partido Nacional Escocés; Rhun ap Iorwerth, líder del nacionalista galés Plaid Cymru; Michelle O’Neill, vicepresidenta del Sinn Féin y primera ministra de Irlanda del Norte, y Mary Lou McDonald, presidenta de ese partido, reunidos para proclamar que el tiempo de Westminster “está llegando a su fin”.
Nunca hasta ahora los gobiernos autónomos de Escocia, Gales e Irlanda del Norte habían estado encabezados simultáneamente por dirigentes comprometidos con abandonar el Reino Unido. El memorando firmado por los tres partidos reclama que el gobierno británico se prepare para facilitar cambios constitucionales y sostiene que ningún gobierno de Westminster tiene derecho a impedir que esos pueblos decidan su futuro.
La escena importa. Pero importa también precisar sus límites.
Los participantes actuaron como dirigentes partidarios y no formalmente en representación de los tres gobiernos. En el caso norirlandés, además, Michelle O’Neill comparte el Poder Ejecutivo con la vice primera ministra unionista Emma Little-Pengelly, cuya ausencia recuerda que Irlanda del Norte sigue profundamente dividida. Tampoco el documento establece una estrategia conjunta, un calendario común ni un procedimiento coordinado para disolver el Reino Unido.
Es, antes que una alianza ejecutiva, una declaración política de solidaridad entre tres nacionalismos.
Tres causas diferentes
Hablar de una ofensiva conjunta puede inducir a creer que Escocia, Gales e Irlanda del Norte se encuentran en situaciones comparables. No es así.
Escocia posee el movimiento independentista más consolidado. Ya celebró en 2014 un referéndum pactado con Londres, en el que la permanencia en el Reino Unido obtuvo el 55,3% de los votos. Desde entonces, el apoyo a la secesión se ha mantenido generalmente entre el 45% y el 50%. La salida británica de la Unión Europea fortaleció el argumento del Partido Nacional Escocés: Escocia votó ampliamente por permanecer en la UE, pero fue obligada a abandonarla por el resultado del conjunto del Reino Unido.
Sin embargo, el nacionalismo escocés enfrenta un obstáculo jurídico formidable. En 2022, la Suprema Corte británica determinó por unanimidad que el Parlamento de Escocia no puede convocar por sí solo otro referéndum de independencia. La Unión entre Escocia e Inglaterra es una materia reservada a Westminster. Para repetir la consulta de 2014 se necesita, por tanto, la autorización del gobierno y del Parlamento británicos.
Swinney sostiene que la mayoría independentista en el Parlamento escocés constituye un mandato suficiente y propone celebrar otro referéndum dentro de los próximos cinco años. Westminster responde que las elecciones autonómicas no sustituyen una mayoría social clara a favor de la secesión. Con aproximadamente un 47% de respaldo actual, la independencia escocesa continúa siendo una posibilidad real, pero no una voluntad inequívoca.
El caso de Irlanda del Norte es completamente distinto. El Sinn Féin no pretende crear un Estado norirlandés independiente, sino terminar con la partición de Irlanda e integrar los seis condados del norte en la República de Irlanda. Su objetivo no sería agregar un nuevo país al mapa europeo, sino reducir de cuatro a tres las naciones constitutivas del Reino Unido.
También es el único territorio que dispone de un camino jurídico expresamente reconocido. El Acuerdo de Viernes Santo obliga al secretario británico para Irlanda del Norte a convocar una consulta si considera probable que una mayoría vote por la reunificación. Para que esta se produzca serían necesarias mayorías simultáneas en Irlanda del Norte y en la República de Irlanda.
La dificultad reside en que el acuerdo no define mediante qué indicadores debe establecerse aquella probabilidad. Los resultados electorales, la composición religiosa de la población y las encuestas ofrecen señales, pero ninguno constituye por sí mismo un disparador automático. El apoyo actual a la reunificación ronda el 36%, aunque puede crecer dependiendo de cómo se formule la pregunta, del plazo considerado y, sobre todo, del modelo económico y sanitario que se ofrezca.
Mary Lou McDonald aspira a que la consulta se celebre antes de 2030. Es una ambición plausible como horizonte político, pero todavía no respaldada por una mayoría suficientemente estable.
Gales se encuentra mucho más lejos. El crecimiento de Plaid Cymru y su llegada al gobierno constituyen una transformación importante, pero el apoyo a la independencia ronda apenas el 32%. Ap Iorwerth ha descartado convocar un referéndum durante la actual legislatura, que concluye en 2030. Su prioridad consiste en ampliar las competencias de Cardiff, obtener un régimen de autonomía comparable al escocés y convertir el buen gobierno en argumento independentista.
Gales tampoco dispone de una vía constitucional propia para abandonar el Reino Unido. Necesitaría el consentimiento de Westminster, como Escocia, pero partiría de un respaldo social considerablemente menor.
La fuerza de la fotografía
La reunión de Cardiff no aproxima automáticamente tres referéndums. Su importancia está en otra parte: convierte la eventual desintegración británica en una cuestión conjunta y no en tres discusiones regionales aisladas.
Los nacionalistas intentan establecer un principio: el Reino Unido solo conserva legitimidad mientras cada una de sus naciones quiera permanecer en él. Westminster, en cambio, se apoya en la soberanía del Parlamento británico y rechaza que una mayoría autonómica pueda imponer unilateralmente una consulta.
La alianza también permite a sus integrantes reforzarse mutuamente. Una independencia escocesa transformaría la discusión galesa. Una reunificación irlandesa privaría al Reino Unido de la parte más controvertida de su construcción territorial. Y cualquiera de esos procesos demostraría que la salida es posible, reduciendo el peso psicológico de la continuidad histórica.
Pero la misma coordinación puede volverse en contra de los separatistas. Presentar tres procesos distintos como una campaña concertada para “acabar con Westminster” facilita que los unionistas los describan como una ofensiva destinada a desmembrar el Estado, antes que como ejercicios separados de autodeterminación.
La barrera económica
Todas las campañas deberán responder preguntas que el memorando de Cardiff apenas menciona.
Escocia tendría que resolver qué moneda utilizaría, cómo repartiría la deuda pública, qué ocurriría con el comercio con Inglaterra y bajo qué condiciones podría reincorporarse a la Unión Europea. También debería absorber un desequilibrio fiscal actualmente compensado por las transferencias británicas.
Los problemas galeses serían todavía mayores. Gales posee una base tributaria más estrecha, una elevada integración económica con Inglaterra y un déficit fiscal considerable. La independencia puede defenderse como proyecto nacional, pero exigiría explicar con franqueza qué impuestos aumentarían, qué gastos disminuirían y durante cuánto tiempo sería necesaria la transición.
En Irlanda del Norte, la República de Irlanda tendría que asumir el costo de reemplazar las transferencias de Londres y armonizar dos sistemas de salud, seguridad social, educación, tributación y administración pública. La fortaleza actual de las finanzas irlandesas facilita imaginar esa absorción, pero no elimina sus enormes dificultades políticas y presupuestales.
La identidad moviliza; los detalles económicos deciden muchos referéndums.
¿Puede desaparecer el Reino Unido?
Sí, porque no existe una garantía histórica de perpetuidad. El Reino Unido es el resultado de sucesivas uniones políticas: Inglaterra y Gales, Inglaterra y Escocia, y Gran Bretaña e Irlanda. Ya perdió en 1922 la mayor parte de Irlanda. Podría volver a contraerse.
Pero no parece encaminado hacia una disolución simultánea.
El escenario más verosímil sería gradual. Irlanda del Norte posee la vía jurídica más clara, aunque aún no la mayoría necesaria. Escocia tiene una sociedad dividida casi por mitades y un nacionalismo institucionalmente fuerte, pero carece de autorización para convocar la consulta. Gales cuenta ahora con un gobierno independentista, pero todavía no con un electorado mayoritariamente separatista.
Si Irlanda del Norte se reunificara con la República, el Reino Unido seguiría existiendo, aunque ya no tendría sentido su denominación actual de Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Si Escocia se independizara, sobreviviría alguna forma de unión entre Inglaterra y Gales. Solo la salida de las tres naciones dejaría a Inglaterra como único Estado sucesor y consumaría, en sentido estricto, la desaparición del Reino Unido.
Por eso, la reunión de Cardiff no representa el comienzo inmediato del fin. Representa algo más sutil: la pérdida de la presunción de eternidad.
Durante mucho tiempo, la pregunta británica fue cuánto poder debía descentralizar Londres. Ahora comienza a ser si la descentralización alcanzará para conservar el Estado. El mayor peligro para la Unión no es que los tres movimientos nacionalistas actúen al mismo ritmo, sino que el éxito de uno transforme radicalmente las posibilidades de los demás.
El Reino Unido no está a punto de desaparecer. Pero, por primera vez, quienes desean hacerlo desaparecer gobiernan simultáneamente las tres naciones cuya partida podría convertir aquel nombre en un recuerdo histórico.
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