El “Rafa”
Viernes 6 de marzo de 2026. Lectura: 2'
Por Susana Toricez
Una tragedia inesperada puede cambiarlo todo en un instante. Frente al dolor, la fragilidad humana y la conciencia de que a cualquiera podría ocurrirle lo mismo, surge una reflexión inevitable sobre la compasión, la vida y el valor de seguir adelante incluso después de las pérdidas más duras.
Nunca supe la razón por la que no me simpatizaba.
Había algo en él que no me caía bien.
Y de pronto se convierte en protagonista de una tragedia.
Un accidente de tránsito en el que embiste a una moto y muere quien la manejaba. Se lo procesa por homicidio culposo, por lo que seguramente deberá cumplir una condena.
Pero durante ese proceso, una infección generalizada lo obliga a ingresar de urgencia a un CTI. Su estado de salud era muy grave y complejo, al producirse una falla multiorgánica.
Pasa más de un mes hasta que, para evitar algo mucho peor, los médicos resuelven amputarle los dos pies y casi todos los dedos de las manos.
¡Qué tristeza, por favor! ¡Cómo le cambió la vida a ese ser humano!
Estoy seguro de que todos —quienes lo quieren y quienes no— nos hemos puesto en el lugar de este muchacho, porque sabemos que a cualquiera le puede pasar lo que él está sufriendo.
¿Cómo no mirar con otros ojos a una persona que atraviesa una situación tan dolorosa?
Creo que casi todos los uruguayos somos hoy menos exigentes y más bondadosos.
A un hombre que se ganaba la vida honradamente, que no le hizo mal a nadie a propósito, no es justo que le pase algo tan cruel.
Pero está vivo, y la vida sigue.
Dentro de toda esa tragedia que conmueve, no puedo dejar de recordar a la madre de Darío Silva, exjugador del fútbol uruguayo, a quien, como resultado de un accidente de tránsito, le amputaron su pierna derecha.
Luego de salir del gravísimo estado en el que había quedado, un periodista le preguntó a la madre cómo se sentía al saber que su hijo no jugaría más al fútbol.
La sencilla señora, con una sonrisa y en un tono casi coloquial, le respondió al periodista:
—Es verdad que no podrá jugar más al fútbol, pero podré seguir escuchándolo gritar los goles, porque está vivo.
Esa madre, que en una situación tan extrema logró ver con tanta claridad el lado positivo, me conmovió profundamente y nunca olvidé sus palabras.
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