El Partido Comunista, en el barro y en silencio
Edición Nº 1040 - Viernes 20 de junio de 2025. Lectura: 3'
No es una denuncia cualquiera. No es un caso menor. No es una simple diferencia política. Es, ni más ni menos, la palabra de la Fiscalía de la República afirmando que parte del dinero desviado del Fondo Social de la Construcción fue a parar —con nombre y apellido— al financiamiento del Partido Comunista del Uruguay. Es, además, la inminente indagatoria de su senador estrella, Óscar Andrade, por presunta participación en esa trama. Y es, sobre todo, el escandaloso silencio de una coalición que durante décadas se arrogó el monopolio de la ética en la política.
Hoy el Partido Comunista está embretado, desorientado, dividido. Sus dirigentes se atrincheran en comunicados genéricos, repiten que “no hay pruebas” mientras tres exmilitantes ya aceptaron su responsabilidad en la maniobra y mencionaron a Andrade y a otros como parte de una estructura sistemática de desvío. La propia fiscalía lo dice: parte del dinero iba para el Partido y el Sunca. La cifra investigada supera el millón de dólares.
¿Y cuál es la reacción institucional del PCU? Esperar a que Juan Castillo regrese de Ginebra a decirle estFiscal del caso que “sea más prudente al declarar sobre la causa”. Como si todo esto no comprometiera, de forma directa, la credibilidad democrática de una fuerza que predica con el dedo levantado, pero opera con las manos sucias.
El fiscal Gilberto Rodríguez fue claro: las declaraciones de los exsindicalistas, sumadas a la trazabilidad de los fondos, configuran una presunción sólida. Siete dirigentes comunistas ya fueron expulsados del Sunca, uno de ellos hombre de extrema confianza de Andrade. Otros 14 receptores de dinero están identificados. Y la secretaria de Finanzas del partido y del sindicato, Laura Alberti, fue señalada directamente por varios de los imputados. ¿Cómo puede entonces el PCU seguir diciendo que no tiene nada que explicar?
Cada día que pasa sin una respuesta contundente, el Partido Comunista confirma lo que muchos ya sospechaban: que bajo el discurso de lucha obrera y solidaridad militante, se escondía una estructura opaca, corporativa y profundamente antidemocrática. ¿Quiénes decidían adónde iba ese dinero? ¿Con qué criterio? ¿Qué campañas se financiaron con esos recursos? ¿Qué otros dirigentes, además de Andrade, estaban al tanto?
El PCU ha perdido la voz. Y cuando la usa, lo hace para defender a Andrade y cuestionar a los “delatores”. Pero resulta que los delatores fueron sus propios compañeros. Militantes de la lista 658, parte de la estructura del partido. Gente que compartió asambleas, actos, cenas, listas y movilizaciones. ¿Ahora son todos traidores? ¿Todos inventaron? ¿Todos delinquieron menos la cúpula?
Lo que está en juego no es solo el destino de Andrade o la interna comunista. Lo que está en juego es si aceptamos que un partido que recibió fondos presuntamente desviados de una cuenta social puede seguir participando del juego democrático como si nada hubiera pasado. Lo que está en juego es si permitimos que quienes siempre exigen transparencia hacia afuera jamás la ejerzan hacia adentro.
Si esto hubiera ocurrido en otro partido, el PCU ya estaría en las calles. Estaría hablando de “corrupción estructural”, de “régimen podrido”, de “desfalco a los trabajadores”. Pero como les toca a ellos, callan. Esperan. Niegan. Se victimizan. Y repiten la peor excusa de todas: “no hay pruebas claras de adónde fue el dinero”. Como si la opacidad de sus propias cuentas fuera una defensa válida.
Hay algo peor que el delito. Es el cinismo de quienes lo encubren mientras predican virtud. Y es eso, justamente, lo que hoy el Partido Comunista pone en evidencia.
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