El Niño: ¿qué es y qué podemos hacer?
Viernes 9 de octubre de 2026. Lectura: 4'
Por Darío Peña
El autor advierte sobre las posibles consecuencias de un episodio intenso de El Niño para Uruguay y reclama medidas preventivas de las autoridades nacionales y departamentales, especialmente ante el riesgo de inundaciones y pérdidas en la producción agropecuaria.
Al lector que está dudando en abrir este artículo porque lo del clima le suena a discurso de moda, le propongo un trato. No voy a aburrirlo con osos polares ni a pedirle que deje el asado. Voy a hablarle del agua que va a caer en los próximos meses y de lo que nos va a costar a los uruguayos, piense lo que piense sobre el cambio climático.
A El Niño lo bautizaron pescadores peruanos hace más de un siglo, porque el mar se les calentaba cerca de Navidad, mucho antes de que existieran los congresos de burócratas en Bruselas o las ONG internacionales. Es un ciclo natural, tan viejo como el continente.
Cada tanto, aumenta la temperatura del Pacífico ecuatorial y se evapora más agua. Esa humedad viaja hacia el sur a través de lo que los meteorólogos llaman un “río atmosférico”, que descarga sobre el sur de Brasil y Uruguay. Con más calor en el océano, hay más energía en el aire, que se libera en forma de lluvias torrenciales y granizo. Es la misma física que hace hervir el agua de la jarra cuando nos preparamos el mate.
Lo distinto esta vez es la magnitud, porque todo indica que estamos ante el fenómeno de El Niño más intenso que hemos visto en nuestras vidas. A mediados de año, la agencia oceánica de Estados Unidos registró en el Pacífico una temperatura 2,2 grados por encima de lo normal, lo que se traduce en más evaporación y en tormentas más violentas. Hay meteorólogos brasileños que hablan del más intenso en 150 años. Con un fenómeno de El Niño bastante menos intenso que este, el aeropuerto de Porto Alegre quedó bajo el agua.
El desafío para Uruguay es grande, y quiero ser claro sobre cómo se va a presentar. El problema empezará por el norte del país y, entre noviembre y diciembre, se extenderá al resto, con efectos que pueden durar hasta abril de 2027. Artigas, Salto, Paysandú y Río Negro van a sentir primero la crecida del río Uruguay. Los demás departamentos sufrirán sus propias lluvias.
Para dimensionarlo, alcanza con recordar que en diciembre de 2015 la crecida dejó a unas 25.000 personas fuera de sus casas en el litoral. En abril de 2016 fueron otras 17.000, repartidas en casi todo el país, Montevideo incluido. La diferencia es que esta vez todavía hay tiempo para tomar decisiones que mitiguen las consecuencias de un fenómeno que, lamentablemente, no podemos evitar.
Además de las familias evacuadas, habrá un golpe económico, porque la producción agropecuaria va a sufrir. En Salto, el viento y el granizo afectarán los invernaderos, y en pocas semanas el tomate y el morrón van a subir en todas las ferias del país. En los campos bajos de Treinta y Tres y Rocha es muy probable que haya que mover miles de cabezas de ganado. Artigas, Rivera, Cerro Largo, Treinta y Tres y Durazno figuran con el riesgo más alto de lluvias intensas. Quien vive en la Rambla de Mercedes o en una chacra sobre el río Uruguay lamentablemente tendrá que planificar adónde se va a mudar por un tiempo y qué hacer con sus cosas.
Hasta ahora tuvimos una tregua, y nadie sabe bien cuánto va a durar. Los fríos del comienzo de la primavera frenaron el avance del fenómeno hacia el sur, y cada semana sin diluvio le permite al productor terminar la cosecha de trigo y sembrar soja y maíz. Ojalá se estire lo más posible, aunque eso no depende de ninguno de nosotros.
Esa tregua es también el margen que tienen nuestros gobernantes y legisladores. A nivel departamental, el primer trabajo es saber, familia por familia, quién vive por debajo de la cota de inundación y quién le va a avisar cuando haya que salir. Después viene la limpieza de bocas de tormenta, cunetas y cañadas. Los refugios tienen que estar equipados y coordinados con el MIDES y el Ejército antes de que suba el agua, porque un gimnasio armado a las apuradas nunca funciona bien.
En este sentido, los ediles también tienen mucho para hacer. Pueden convocar al CECOED, pedir por escrito el plan de contingencia y preguntar cuántas familias están relevadas y cuánto dinero hay previsto.
La caminería rural también necesita atención, ya que por esos caminos pasan los alimentos y la ambulancia. Los traslados de ganado y el apoyo a la granja se pueden acordar hoy con el MGAP. Hay que prever además lo que llega después de cada inundación, sobre todo la leptospirosis y los mosquitos. Y, desde mi punto de vista, conviene reservar en octubre una partida presupuestal que evite tener que declarar la emergencia en enero.
Estamos a tiempo de tomar medidas paliativas que reduzcan al mínimo el daño de lo que viene. El cambio climático existe y nos viene dando señales año tras año. Son fenómenos físicos y químicos, y ponerles un tinte ideológico es tan tonto como etiquetar de derecha o de izquierda la ley de gravitación universal de Newton.
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