El Coyote le hace juicio al capitalismo de mierda
Viernes 11 de setiembre de 2026. Lectura: 9'
Por Eduardo Irigoyen García
A partir de la película y de la paradójica historia de su estreno, el autor cuestiona un capitalismo corporativo que privilegia el balance sobre la creación, sin caer por ello en la vieja utopía del estatismo autoritario.
Hay películas que entretienen. Hay otras que, sin proponérselo —o quizá proponiéndoselo bastante—, te dejan pensando en lo podrido que está el sistema mientras te reís con un yunque cayendo sobre la cabeza de un coyote.
Coyote vs. Acme pertenece a las segundas.
Y para entender lo que cuenta no hace falta ser un insoportable teórico de boliche. Alcanza con mirar la película y después mirar lo que ocurrió con ella en la vida real.
Porque ahí aparece una ironía casi perfecta: una película que se burla de una corporación que explota, engaña y aplasta al individuo estuvo a punto de ser enterrada por la corporación que la había producido.
Acme vende la promesa
Wile E. Coyote lleva décadas siendo el eterno perdedor. Compra cohetes, catapultas, trampas, patines a reacción y toda clase de artefactos Acme. Los productos fallan sistemáticamente y de las maneras más espectaculares posibles.
Pero el Coyote tiene una virtud extraordinaria: insiste.
Se levanta, se sacude el polvo y vuelve a intentarlo.
Acme, en cambio, tiene una lógica bastante más sencilla: no vende soluciones. Vende la promesa de que las soluciones van a funcionar.
Y cobra igual.
La película toma esa vieja premisa de los Looney Tunes y la lleva a los tribunales. Cansado de ser el conejillo de indias de una empresa cuyos productos parecen diseñados para destruirlo, el Coyote demanda a Acme. Del otro lado aparece una corporación con dinero, abogados y una capacidad casi infinita para convertir al débil en un problema jurídico.
El mensaje es bastante claro: cuando una empresa tiene recursos suficientes, el producto defectuoso puede terminar siendo un problema menor. El verdadero problema es el individuo que se atreve a reclamar.
Y ahí la película deja de ser solamente una comedia.
Se convierte en una metáfora.
Capitalismo que arriesga y capitalismo que extrae
Durante mucho tiempo, una parte importante de la lógica capitalista estuvo asociada con el riesgo.
Alguien tenía una idea y ponía dinero para intentar llevarla adelante. Podía salir bien o mal. Se financiaban proyectos extraños, productos que podían fracasar, películas que podían convertirse en un éxito o en un desastre.
Era un sistema imperfecto, desigual y muchas veces brutal. Pero tenía una virtud: funcionaba, producía, inventaba, experimentaba, se equivocaba, se corregía.
El problema aparece cuando esa lógica es reemplazada por otra: una en la que importa menos crear algo nuevo que proteger lo que ya existe; menos arriesgar que minimizar riesgos; menos producir valor que extraerlo.
Ahí aparece lo que podríamos llamar, sin demasiadas pretensiones académicas, el capitalismo de mierda.
No el capitalismo de los manuales que hablan de innovación, competencia y creación de valor.
El otro.
El que mira primero la planilla de Excel y después se pregunta qué hacer con el producto.
El que no piensa "¿qué podemos crear?", sino "¿cómo hacemos para que el número cierre?".
Warner y el Coyote
Por eso la historia real de Coyote vs. Acme resulta tan apropiada.
Warner Bros. Discovery tenía la película terminada. Había cientos de personas detrás del proyecto: actores, guionistas, técnicos, animadores y diseñadores que habían dedicado años a hacerla.
Y la empresa decidió archivarla.
La decisión empresarial respondía a una lógica contable: registrar la película como una pérdida y obtener con ello un beneficio fiscal.
Es decir: una obra terminada podía valer más como asiento contable que como película.
La paradoja es formidable.
En la ficción, Acme utiliza al Coyote como un costo descartable.
En la realidad, una gran corporación podía considerar que una película terminada era económicamente más conveniente si nadie la veía.
No hace falta exagerar la metáfora. La realidad ya se encargó de hacerla suficientemente buena.
Finalmente, tras la presión y las campañas de los fans, Coyote vs. Acme encontró una salida: Ketchup Entertainment, una distribuidora mucho más pequeña, adquirió sus derechos y la estrenó en cines el 28 de agosto.
David contra Goliat, otra vez.
Y lo más divertido es que el esquema de la película terminó reproduciéndose fuera de la pantalla: el individuo que pelea contra la corporación, el proyecto que intenta sobrevivir frente a la lógica empresarial y una obra que casi termina convertida en un número de contabilidad.
Crear es un riesgo
El problema no es que una empresa quiera ganar dinero, sino cuando hacer plata deja de ser la consecuencia de crear algo útil, atractivo o innovador y pasa a convertirse en el único criterio que determina qué merece existir.
Ahí aparecen algunas enfermedades del capitalismo corporativo contemporáneo: fusiones que reducen la competencia, proyectos cancelados, catálogos que desaparecen, trabajadores despedidos y decisiones tomadas pensando más en el rendimiento inmediato que en la creación de valor a largo plazo.
Incluso la inteligencia artificial puede entrar en esa lógica. Una cosa es utilizarla para ampliar las posibilidades de un artista, un escritor, un músico o un diseñador. Otra muy diferente es utilizarla exclusivamente para reemplazar trabajadores, abaratar costos y aumentar márgenes.
La tecnología no es el problema.
El problema es para qué se la utiliza.
Porque crear algo original implica aceptar que puede salir mal y, cuando el riesgo se convierte en el enemigo, la creatividad empieza a parecer una extravagancia.
El capitalismo de mierda no es el capitalismo que fracasa
Hay una diferencia importante.
El capitalismo puede fracasar. Una empresa puede quebrar. Una película puede ser mala. Un producto puede no venderse. Una inversión puede perder dinero.
Eso forma parte del riesgo.
El capitalismo de mierda es otra cosa: es aquel en el que quien toma la decisión intenta conservar la ganancia y trasladar el costo del fracaso a otro.
Acme gana mientras el Coyote cae de la barranca y se revienta.
La corporación conserva el margen mientras el laburante pierde el empleo.
El accionista cobra mientras otro absorbe las consecuencias.
Y cuando aparece alguien dispuesto a reclamar, siempre existe un ejército de abogados dispuesto a explicarle que, lamentablemente, las cosas son un poco más complicadas y que es necesario ver el contexto y que la situación es compleja, que no hay capitalismo sin lágrimas y coso.
Ahí está la crítica interesante de Coyote vs. Acme: no en decir que toda empresa es mala, sino en mostrar qué ocurre cuando el poder económico deja de tener límites y la persona que está del otro lado tiene cada vez menos herramientas para enfrentarlo.
Tranquilos, compañeros anticapitalistas
Ahora bien: antes de que alguien se entusiasme demasiado, convoque al soviet de obreros y campesinos, tome el Palacio de Invierno y anuncie que la solución consiste en destruir el capitalismo para reemplazarlo por la utopía marxista de siempre, conviene respirar un poco.
Porque el otro modelo tampoco tiene precisamente un currículum impecable.
El socialismo marxista clásico tuvo problemas serios relacionados con los incentivos, la asignación de recursos y la concentración del poder económico en el Estado.
Y cuando algunas de esas ideas fueron llevadas a la práctica en su versión marxista-leninista (el pariente hijo de puta de la familia), el resultado histórico fue todavía peor: concentración extrema del poder, ausencia de libertades políticas, privilegios para las burocracias dirigentes, represión, escasez y economías incapaces de responder adecuadamente a las necesidades de sus sociedades.
No es necesario inventar nada.
La historia está ahí.
El Coyote, bajo el capitalismo de Acme, puede terminar hecho mierda, pero bajo un Estado totalitario dueño de todo, ni siquiera tendrá derecho a presentar la demanda.
Entonces, ¿qué hacemos?
El problema no es elegir entre capitalismo sin límites y socialismo autoritario como si no existiera ninguna otra posibilidad.
La discusión interesante está en otra parte.
Un sistema económico necesita producir riqueza, estimular la innovación, permitir el riesgo y premiar la iniciativa. Pero también necesita reglas, competencia real, instituciones fuertes, protección de derechos y mecanismos capaces de impedir que el poder económico termine comprándose al poder político.
El mercado puede crear, pero no puede convertirse en una religión.
La empresa puede ganar dinero, pero no puede asumir que todo lo que resulta inconveniente para su balance carece de valor.
Y el Estado debe regular sin convertirse en el dueño absoluto de la economía y, de paso, de la vida de los ciudadanos.
El problema no es capitalismo sí o no, sino qué tipo de capitalismo.
Porque entre el mercado sin límites y el Estado que pretende controlarlo todo existe un espacio enorme para una economía de mercado con competencia, regulación, derechos laborales, servicios públicos, responsabilidad social y oportunidades reales.
Eso es bastante menos cinematográfico que proclamar una revolución.
Pero suele ser bastante más útil.
El Coyote pierde, pero gana
Los Looney Tunes siempre tuvieron algo subversivo. El débil podía enfrentarse al poderoso. El ingenio podía derrotar a la autoridad. El fracaso podía convertirse en humor. Y el personaje que se llevaba el golpe seguía levantándose.
El Coyote es eso.
No es un héroe porque triunfe, sino porque insiste.
Quizá ahí esté la mejor enseñanza de toda esta historia.
El problema no es que el capitalismo tenga fracasos.
El problema es cuando algunos descubren que pueden ganar incluso destruyendo aquello a lo que no dieron siquiera la posibilidad de triunfar o fracasar.
Acme fabrica productos que no funcionan.
Warner casi convirtió una película terminada en una deducción fiscal.
En ambos casos, el número termina siendo más importante que aquello que el número representa.
Y ahí está el absurdo.
Durante décadas nos reímos del Coyote porque perseguía al Correcaminos, compraba cualquier invento absurdo de Acme y terminaba reventado contra una pared o atropellado por un tren.
Ahora resulta que el Coyote tenía razón en algo.
El problema no era que sus planes fueran malos.
El problema era Acme.
Quizá nosotros también tengamos un poco de Coyote.
Seguimos intentando, nos caemos, nos levantamos, volvemos a comprar otro cohete Acme y esperamos, ingenuamente, que esta vez funcione.
Andá a ver la película: solo, con tus hijos o con tus nietos, porque, en una era de contadores y empresarios desalmados, todavía hay películas que se ríen de ellos.
A veces, eso es lo más subversivo que se puede hacer.
Mientras nosotros miramos la pantalla, otro está mirando el Excel.
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