El Círculo de Montevideo
Edición Nº 1060 - Viernes 7 de noviembre de 2025. Lectura: 4'
Por Julio María Sanguinetti
A treinta años de su fundación, el Círculo de Montevideo retoma el debate sobre la libertad, el desarrollo y el sentido de la democracia liberal.
Hace casi treinta años que fundamos el Círculo de Montevideo como un espacio de debate y reflexión que sentíamos necesario en medio de un tiempo histórico que se nos cambiaba. La primera convocatoria, en 1996, la titulamos Los Nuevos Caminos de América Latina y era sobre el desafío de la globalización que se nos había venido encima luego de que se cayó el Muro de Berlín y se puso punto final a la rivalidad de sistemas de la Guerra Fría.
Luego de tanto tiempo, volvimos esta semana a reunirnos en Montevideo, donde en general no habíamos transitado para evitar que las reuniones se contaminaran con mi militancia partidaria. Hoy, lejos de toda candidatura, aunque siga en el debate nacional, los 90 años de vida que vengo transitando me ponen lejos de cualquier expectativa, y eso deja la discusión en el plano que debe estar.

De los presidentes de entonces quedamos en el escenario Felipe González, José Sarney y Eduardo Frei. Desgraciadamente, Sarney no pudo venir, pese a la ilusión que tenía de hacerlo, para celebrar juntos los 40 años de aquel marzo de 1985 en que ambos asumimos la presidencia de nuestros países, luego de largos períodos dictatoriales: el brasileño, comenzado en 1964, y el uruguayo en 1973. Un traspié de salud le impidió viajar. Tanto Fernando Henrique Cardoso como Ricardo Lagos, que fueron grandes animadores del Círculo, están retirados, y nuestro querido amigo Belisario Betancur falleció.
Algunos vienen del socialismo, otros de la socialdemocracia o del liberalismo, pero la matriz común es la filosofía democrática liberal, la que inspiró las grandes revoluciones del siglo XIX en Francia, Estados Unidos y Holanda. En aquel momento no se veía alternativa para la democracia liberal y la economía de mercado. Fue lo que Fukuyama llamó "el fin de la historia" , en el sentido hegeliano de que ya no había una dialéctica de opuestos porque nadie controvertía. Alguna gente lo cuestionó sin entender lo que estaba diciendo y que era simplemente que no había otra alternativa de sistema.
Sin embargo, las cosas no fueron sencillas. La economía de mercado tuvo más éxito que la democracia, porque hasta China comenzó a vivir una etapa particular de capitalismo, pero siguió siendo comunista. El sistema político, en cambio, seguía siendo negado, no ya por el marxismo, sino por las viejas satrapías musulmanas del mundo árabe y la mayoría de los países africanos.

La globalización incorporaba un mundo digital a los modos de comunicación humana y a los sistemas de producción. Había una nueva riqueza, vinculada a ese nuevo mundo. No olvidemos que en 1985, cuando nosotros asumimos, no había Internet ni Wikipedia ni teléfonos celulares, que recién aparecían en el mundo. Hoy parece de otro tiempo histórico, pero es tan cercano como eso.
De todo eso hablamos en el Círculo esta semana y también de lo que esperamos, cuando estamos viviendo el colapso del concepto fundamental del respeto a las soberanías nacionales (pensemos en la invasión de Rusia a Ucrania) y el cumplimiento de los tratados internacionales (cuando Trump dispone aranceles de importación a diestra y siniestra, desconociendo incluso los propios acuerdos que él había realizado en su anterior presidencia). El mundo de libertad comercial por el que estamos luchando desde la reunión del GATT en Montevideo en 1986, que generaría luego la creación de la Organización Mundial de Comercio, está hoy eclipsado.
Vivimos la paradoja de que China, aun comunista en lo político, defiende la libertad comercial, y los EE. UU., otrora su paladín, hoy resucitan el proteccionismo.
En ese contexto, América Latina muestra la caída democrática en Venezuela y Nicaragua, la tragedia de la empobrecida Cuba y un sistema democrático generalizado, pero plagado de dificultades. Ellas han nacido fundamentalmente de presidentes populistas, basados en la explotación de emociones, de prejuicios, de elementos poco racionales y de una actitud mesiánica. Pese a ello, a los juicios políticos, a las renuncias presidenciales, el sistema se mantiene. Aun en Perú, donde siete presidentes en ocho años ejemplifican su inestabilidad política, mientras la economía preserva su ritmo habitual, manejada por un Banco Central independiente.
Hay quienes no dan importancia al debate político de ideas. O bien, como es habitual, lo hacen transitar por el camino de las denuncias y las recriminaciones, los pequeños escándalos que terminan en la justicia. Mientras tanto, el nuevo tiempo nos trae las incertidumbres de la nueva riqueza, los nuevos poderes, la marginación de quienes no logran acceder a una formación acorde con los tiempos. Estas no son abstracciones, son realidades, y ellas solo podrán atenderse si hay un diagnóstico acertado al que le añadimos luego una ejecución sensata, realista, inteligente, manejando con prudencia los siempre insuficientes recursos del Estado y las necesidades de inversión.
Pensar es necesario. Es lo que ha hecho y sigue haciendo el Círculo de Montevideo. No se trata tanto de imponer una idea como de abrir la curiosidad para seguir buscando caminos.
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