Edición Nº 1090 - Viernes 24 de julio de 2026

El Batllismo del Siglo XXI: un Estado al servicio de la ciudadanía

Viernes 24 de julio de 2026. Lectura: 15'

Por Gonzalo Durañona

El batllismo marcó una de las etapas de mayor transformación institucional del Uruguay. Este documento propone actualizar ese legado para el siglo XXI, con un Estado menos preocupado por su tamaño y más comprometido con la calidad de los servicios, la eficiencia, la innovación y la rendición de cuentas, colocando a la ciudadanía en el centro de toda la acción pública.

Introducción

El batllismo transformó al Uruguay al construir un Estado que garantizó derechos, promovió la igualdad de oportunidades y favoreció la movilidad social. Ese legado constituye uno de los mayores patrimonios institucionales del país y debe preservarse. Sin embargo, los desafíos del siglo XXI exigen una nueva etapa de evolución.

El objetivo ya no debe consistir únicamente en ampliar la estructura estatal, sino en construir un Estado mejor: inteligente, eficiente, transparente, innovador y profundamente comprometido con la calidad de los servicios que brinda.

El principio rector del batllismo del siglo XXI debe ser claro: el Estado existe para servir a la ciudadanía.

Toda la organización estatal debe estructurarse en función de ese objetivo. Cada organismo público, cada política pública y cada funcionario deben comprender que su misión consiste en generar valor para la ciudadanía, brindando servicios accesibles, ágiles, confiables y de la más alta calidad.

La ciudadanía realiza un esfuerzo considerable mediante el pago de impuestos y aportes a la seguridad social. La contrapartida debe ser un Estado capaz de ofrecer servicios públicos de excelencia, administrados con profesionalismo, responsabilidad, innovación y una permanente vocación de servicio.

El valor del Estado moderno no se puede medir solamente por su tamaño o por los recursos que administra, sino por la calidad de las respuestas que ofrece, por los resultados que alcanza y por la confianza que inspira.

Una nueva cultura de servicio público

El batllismo del siglo XXI debe promover una profunda transformación cultural dentro del Estado. El funcionario público debe ser reconocido y valorado como un servidor de la ciudadanía, pero también debe asumir plenamente las responsabilidades que esa función implica.

El ingreso, la capacitación, la evaluación y el desarrollo profesional dentro de la administración pública deben estar vinculados con el mérito, la preparación, la vocación de servicio y el cumplimiento de resultados.

El Estado debe ofrecer a sus trabajadores condiciones dignas, carrera, oportunidades de formación y herramientas adecuadas. Como contrapartida, debe exigir profesionalismo, responsabilidad, puntualidad, eficiencia y un trato respetuoso hacia la ciudadanía.

La defensa del servicio público no puede separarse de la defensa de su calidad. Un Estado que protege derechos también debe garantizar que sus instituciones funcionen correctamente y que cada persona reciba una atención digna, eficaz y oportuna.

Salud pública de excelencia y libertad de elección

Uno de los principales objetivos del batllismo del siglo XXI debe ser que la salud pública se convierta en la primera opción de la ciudadanía, gracias a la excelencia, accesibilidad y calidad de sus prestaciones.

Para alcanzar ese objetivo, el sistema público deberá contar con instalaciones modernas y de primer nivel, amplia cobertura asistencial en todo el territorio nacional, acceso oportuno a médicos generales y especialistas, tiempos de atención adecuados y capacidad suficiente para responder a las necesidades de la población.

También deberá garantizar la amplia disponibilidad de medicamentos, mecanismos de subvención para las franjas de menores ingresos, cubrir adecuadamente los tratamientos de alto costo sin juicio previo al Estado e incorporar los avances científicos, las tecnologías médicas y las terapias más modernas disponibles, junto con convenios con las mejores instituciones médicas de la región.

La elección del sistema público, por supuesto, seguirá siendo libre y competirá por la excelencia con el resto de las instituciones del país. Para ello, la ciudadanía tiene que tener la certeza de que recibirá una atención integral, humana, segura y comparable con las mejores alternativas disponibles.

En la medida en que un número creciente de cotizantes elija voluntariamente atenderse en el sistema público, este se fortalecerá mediante la afluencia de los aportes correspondientes del FONASA. De esa manera se generará un círculo virtuoso: la calidad atraerá usuarios y aportes, esos recursos permitirán ampliar la infraestructura y las prestaciones, y el fortalecimiento del sistema contribuirá a mejorar aún más la calidad.

Este proceso debe servir también para consolidar el vínculo entre la asistencia pública, la Universidad de la República y los centros de investigación estatales o asociados. La Facultad de Medicina y los hospitales universitarios deberán convertirse en centros nacionales de referencia, integrando atención, formación profesional, investigación científica e innovación.

El fortalecimiento de la medicina universitaria permitirá formar mejores profesionales, desarrollar conocimiento propio, impulsar la investigación biomédica y garantizar que los avances médicos estén al alcance de toda la ciudadanía.

La salud mental como prioridad nacional

La salud mental debe ocupar un lugar central dentro de las políticas públicas. La depresión, la ansiedad, las adicciones, la violencia, el aislamiento y la soledad afectan a personas de todas las edades y requieren una respuesta integral.

El sistema debe ampliar la cobertura de psicología y psiquiatría, reducir los tiempos de espera, fortalecer la prevención y acercar los servicios a los centros educativos, los lugares de trabajo y las comunidades.

La atención no puede limitarse a los momentos de crisis. Debe incluir prevención, diagnóstico temprano, tratamiento, rehabilitación y acompañamiento familiar y comunitario.

La salud mental debe integrarse plenamente al sistema general de salud, eliminando barreras económicas y territoriales y garantizando una atención digna, profesional y continua.

Educación pública de excelencia e integración social

Durante gran parte de la historia nacional, la educación pública fue uno de los principales instrumentos de integración social del Uruguay. En sus aulas convivían estudiantes provenientes de todos los sectores de la sociedad, fortaleciendo la igualdad de oportunidades, la convivencia democrática y la cohesión nacional.

Ese objetivo debe recuperarse.

El Estado debe procurar que las familias elijan la educación pública por su excelencia académica, por la calidad de sus docentes, por la seguridad de sus centros, por su capacidad de innovación y por la formación integral que ofrece.

La educación pública debe brindar conocimientos sólidos, desarrollar el pensamiento crítico, promover la cultura del trabajo y preparar a los estudiantes para un mundo marcado por la tecnología, la inteligencia artificial y la transformación permanente de las profesiones.

También debe fortalecer la enseñanza de las ciencias, las matemáticas, la lengua, la historia, la formación ciudadana, las artes, los idiomas y las competencias digitales. Ningún estudiante debe quedar rezagado por su lugar de nacimiento, por su situación económica o por las posibilidades educativas de su familia.

Una educación pública de excelencia constituye una de las herramientas más poderosas para reducir desigualdades, ampliar la libertad individual y fortalecer la integración nacional.

Laicidad, pluralismo y neutralidad ideológica

La educación pública debe respetar estrictamente el principio de laicidad, uno de los pilares fundamentales de la tradición republicana uruguaya.

La laicidad garantiza que el sistema educativo pertenezca a toda la ciudadanía, independientemente de sus convicciones políticas, filosóficas o religiosas. No impide analizar ideas, corrientes de pensamiento o acontecimientos políticos; exige que estos sean presentados con rigor, pluralismo y respeto por la libertad de conciencia del estudiante.

Toda forma de adoctrinamiento o proselitismo partidario dentro de la educación pública vulnera ese principio y puede excluir a quienes no comparten una determinada visión del mundo. Cuando las familias perciben que el sistema educativo no respeta su pluralidad, muchas optan por abandonarlo, debilitando su capacidad histórica de integración.

Como contracara del compromiso con una educación pública de excelencia, es necesario generar conciencia entre todos los integrantes del sistema educativo de que la neutralidad ideológica constituye un deber inherente a la función pública.

Atentar deliberadamente contra esa neutralidad es vulnerar los derechos de los estudiantes y de sus familias a recibir una educación plural, objetiva y respetuosa de la diversidad de pensamiento.

Por consiguiente, las conductas graves y comprobadas que impliquen adoctrinamiento o utilización partidaria de la función educativa deben contar con mecanismos claros de denuncia, investigación y sanción establecidos por ley, respetando siempre el debido proceso, el derecho de defensa y la libertad de cátedra ejercida dentro de los límites de la laicidad.

El propósito no debe ser perseguir opiniones personales, sino proteger el derecho de la ciudadanía a una educación pública que sea verdaderamente común, plural y democrática.

Un Estado que cuide durante toda la vida

El Uruguay atraviesa una profunda transformación demográfica. Una población cada vez más envejecida exige políticas modernas orientadas a garantizar una vejez activa, saludable, autónoma y digna.

Es necesario desarrollar una red nacional de servicios para personas mayores que fortalezca la atención domiciliaria, amplíe los centros de día, impulse programas de rehabilitación, prevenga la dependencia y brinde apoyo efectivo a las familias y a quienes realizan tareas de cuidados.

También deben desarrollarse soluciones habitacionales adecuadas, servicios de acompañamiento, actividades culturales y recreativas, programas contra la soledad y mecanismos eficaces de prevención del abuso y el abandono.

La protección social del siglo XXI no puede limitarse a administrar prestaciones económicas. Debe procurar que la ciudadanía pueda desarrollar una vida digna durante todas sus etapas.

La transformación digital y la automatización no pueden significar la deshumanización de los servicios. El progreso tecnológico debe ampliar derechos, no restringirlos. Por ello, el Estado deberá asegurar que los adultos mayores y toda persona que lo requiera por razones de limitaciones físicas o de discapacidad, dispongan siempre de atención presencial, brindada por personas, para realizar trámites, efectuar pagos y acceder a servicios esenciales.

Seguridad pública y convivencia ciudadana

Un Estado al servicio de la ciudadanía debe garantizar el derecho a vivir en paz y seguridad.

El objetivo debe ser que ninguna persona sienta que necesita contratar servicios privados para proteger su hogar, su comercio o su familia. La seguridad pública debe ser profesional, cercana, eficaz y respetuosa de los derechos fundamentales.

Para ello se requiere fortalecer la prevención, la investigación criminal, la justicia efectiva, la presencia territorial, la coordinación institucional y la utilización responsable de la tecnología. También es imprescindible mejorar la rehabilitación penitenciaria y combatir las causas sociales y económicas que favorecen la exclusión y la violencia.

La seguridad no debe abordarse únicamente como reacción frente al delito. Debe formar parte de una política integral de convivencia, recuperación de espacios públicos, protección de las víctimas y fortalecimiento de las comunidades.

También se deberá avanzar en brindar a la acción policial las herramientas necesarias para su tarea efectiva, salvaguardando su integridad y salud mental.

Innovación, tecnología e inteligencia artificial al servicio de la ciudadanía

La transformación digital debe convertirse en una política permanente de Estado.

El batllismo del siglo XXI debe promover el uso de la inteligencia artificial, la automatización, el análisis de datos, las plataformas digitales y todas las herramientas tecnológicas útiles para facilitar la gestión y mejorar la calidad de los servicios públicos.

Estas tecnologías deben emplearse para reducir tiempos de espera, simplificar trámites, eliminar duplicaciones, detectar ineficiencias, anticipar necesidades, optimizar la utilización de recursos y permitir que muchas gestiones puedan realizarse de manera rápida y sencilla.

La inteligencia artificial puede colaborar en la planificación sanitaria, la detección de riesgos, la personalización educativa, la gestión del tránsito, la prevención del fraude, el mantenimiento de infraestructuras y la evaluación de políticas públicas.

Sin embargo, su incorporación debe realizarse con reglas claras. Toda decisión que afecte derechos debe conservar una adecuada supervisión humana. También deberán garantizarse la protección de los datos personales, la seguridad informática, la transparencia de los sistemas y la posibilidad de revisar o impugnar decisiones automatizadas.

La tecnología no debe deshumanizar al Estado ni excluir a quienes tienen dificultades para utilizar medios digitales. Siempre deberán existir alternativas accesibles de atención personal.

La innovación no constituye un fin en sí mismo. Es una herramienta para servir mejor a la ciudadanía.

Una nueva cultura del trabajo y del desarrollo

El progreso económico y la justicia social deben entenderse como objetivos inseparables.

El batllismo del siglo XXI debe impulsar una nueva mentalidad sobre los derechos y las responsabilidades en el mundo del trabajo, basada en la cooperación entre el empresariado, el Estado y los representantes de los trabajadores.

Las relaciones laborales deben desarrollarse con seriedad, buena fe, responsabilidad y respeto institucional. La negociación colectiva debe proteger los derechos laborales, pero también promover la productividad, la capacitación, la innovación, la estabilidad del empleo y el crecimiento sostenible de los ingresos.

Las empresas necesitan condiciones para invertir, competir, innovar y crecer. Los trabajadores necesitan empleos dignos, seguridad, formación continua y mejores remuneraciones. El Estado debe garantizar reglas claras y procurar un equilibrio justo entre ambas partes.

La mejora de los ingresos no puede depender únicamente de decisiones administrativas. Debe estar acompañada por un aumento de la productividad, la incorporación de tecnología, la formación profesional y la generación de mayor valor económico.

A su vez, las mejoras de productividad deben distribuirse con equidad, de manera que beneficien tanto a las empresas que invierten y asumen riesgos como a los trabajadores que aportan su esfuerzo, su conocimiento y su compromiso.

El diálogo entre empresarios, Estado y trabajadores debe orientarse a alcanzar acuerdos sectoriales y nacionales sobre capacitación, innovación, productividad, empleo e ingresos.

El trabajo del futuro exigirá aprendizaje permanente. Por ello, el Estado debe fortalecer la educación técnica, la formación profesional y los programas de reconversión laboral, de modo que ninguna persona quede excluida por los cambios tecnológicos.

Gestión pública basada en resultados

Todo organismo estatal debe incorporar una cultura permanente de evaluación, innovación y mejora continua.

La excelencia en la gestión no es una cuestión meramente técnica. Es una obligación ética hacia la ciudadanía que financia al Estado y depende de sus servicios.

Cada institución debe definir objetivos concretos, medibles y verificables. Los recursos públicos deben asignarse de acuerdo con las necesidades sociales, pero también considerando la capacidad de cada programa para producir resultados.

La simplificación administrativa, la coordinación entre organismos y la eliminación de estructuras innecesarias deben formar parte de una estrategia permanente.

El Estado debe dejar de medirse exclusivamente por cuánto gasta y comenzar a medirse por el valor público que genera.

Rendición de cuentas y calidad garantizada por ley

El Estado del siglo XXI debe asumir un compromiso permanente con la rendición de cuentas.

Los principales estándares e indicadores de calidad de los servicios públicos deben establecerse por ley. Estos indicadores tienen que ser objetivos, comparables, verificables y auditables, de manera que no dependan únicamente de la voluntad circunstancial de cada administración.

Deberán medirse, entre otros aspectos, los tiempos de respuesta, la calidad de la atención, la cobertura territorial, los resultados alcanzados, la eficiencia en el uso de los recursos, la satisfacción de los usuarios y el cumplimiento de las metas institucionales.

La información debe ser pública, clara y actualizada periódicamente. La ciudadanía tiene derecho a conocer cómo funciona cada organismo, qué resultados obtiene y cómo utiliza los recursos que recibe.

Cuando una institución no alcance los estándares legales, deberá presentar planes de mejora, plazos de cumplimiento y responsables claramente identificados.

Los servicios estatales deben aspirar a ser competitivos en calidad, accesibilidad, innovación y eficiencia con las mejores alternativas disponibles. El objetivo no es debilitar al sector público, sino fortalecerlo mediante la exigencia de excelencia.

La evaluación no debe utilizarse para crear más burocracia, sino para identificar problemas, corregir errores, reconocer buenas prácticas y mejorar continuamente.

Un Estado moderno tiene la obligación moral y jurídica de demostrar, mediante resultados verificables, que los recursos aportados por la sociedad se transforman efectivamente en servicios públicos de excelencia.

Un nuevo pacto entre el Estado y la ciudadanía

El batllismo del siglo XXI debe renovar el contrato entre el Estado y la sociedad.

La ciudadanía contribuye solidariamente mediante impuestos y aportes. A cambio, tiene derecho a recibir servicios públicos de calidad, a ser tratada con respeto, a conocer cómo se administran los recursos y a exigir resultados.

El Estado, por su parte, debe ser firme en la defensa del interés general, responsable en la utilización de los recursos y ambicioso en la calidad de sus servicios.

No se trata de elegir entre más Estado o menos Estado. Se trata de construir un mejor Estado.

Un Estado que eduque, cuide, proteja y genere oportunidades. Un Estado que incorpore tecnología sin perder humanidad. Un Estado que valore a sus funcionarios y les exija responsabilidad. Un Estado que rinda cuentas y que no tema ser evaluado por la ciudadanía.

Conclusión

El batllismo del siglo XXI debe recuperar su capacidad de transformación, adaptando sus principios históricos a las necesidades de una nueva época.

La salud, la educación, la seguridad, la protección social, el trabajo, la innovación tecnológica y la gestión pública deben responder a un mismo principio: el Estado existe para servir a la ciudadanía.

Su propósito no debe ser ampliar indefinidamente la estructura estatal, sino construir un Estado inteligente, eficiente, transparente, humano e innovador, capaz de brindar servicios de la más alta calidad y de garantizar igualdad de oportunidades.

El verdadero éxito del Estado no se medirá solamente por cuánto gasta ni por cuántas funciones acumula. Se medirá por el valor público que genera, por la calidad de los servicios que presta, por las oportunidades que crea y por la confianza que inspira.

Ese es el desafío del batllismo del siglo XXI: construir un Estado que vuelva a ser motivo de orgullo para los uruguayos, porque demuestra todos los días que el servicio público puede ser sinónimo de excelencia, libertad, integración, responsabilidad e igualdad de oportunidades.



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