Eisenkot se acerca a vencer a Netanyahu y cambiar Israel
Viernes 16 de octubre de 2026. Lectura: 7'
Por Eduardo Zalovich
El próximo 27 de octubre son las elecciones generales en Israel. El desgaste del primer ministro, la crisis de confianza abierta el 7 de octubre y la rebelión contra los privilegios ultraortodoxos generaron una batalla electoral decisiva. Gadi Eisenkot encabeza una oposición que quiere cambiar a fondo Israel sin renunciar a la seguridad.
¿Puede el hombre que ha dominado la política israelí durante tantos años conservar el poder cuando gran parte de la sociedad cuestiona su liderazgo, exige responsabilidades por la masacre de Hamás en 2023 y reclama cambios profundos en el funcionamiento del Estado?
Las próximas elecciones pondrán a prueba mucho más que la supervivencia política de "Bibi". Estará en juego el rumbo de Israel después de años de guerra, la confianza en sus instituciones, el reparto de responsabilidades militares y el equilibrio entre religión y Estado. El resultado también influirá en la capacidad del país para recomponer su imagen internacional y afrontar un entorno regional todavía amenazante.
El principal desafío para Netanyahu no procede de la izquierda, sino del centro y la derecha laica. Eisenkot, ex jefe del Estado Mayor y dirigente de Yashar (Derecho), aspira a reunir votantes moderados y desencantados con el Gobierno. Su trayectoria militar le permite cuestionar al primer ministro desde un terreno especialmente sensible para la sociedad israelí: la seguridad nacional.
En Israel la discusión tiene una dimensión existencial: los fallos de seguridad de 2023 siguen proyectando su sombra y permanece abierta la cuestión de quién debe asumir responsabilidades. Pero el desgaste de Netanyahu no garantiza, por sí solo, una alternativa. Eisenkot deberá superar las rivalidades entre los dirigentes opositores y las diferencias que los separan sobre religión, fronteras y posibles acuerdos con los partidos árabes. En Israel, el cambio político no depende únicamente de ganar votos, sino de convertirlos en una mayoría parlamentaria viable.
Crisis de confianza acorrala a Netanyahu
"Bibi" presenta su experiencia como garantía de seguridad en un Oriente Medio convulsionado. Defiende la superioridad militar israelí, la contención de Irán y la necesidad de mantener una dirección firme frente a Hamás y Hezbolá. Su argumento es que, ante amenazas persistentes, se necesita un liderazgo experimentado y decidido. Pero sus adversarios reclaman una investigación estatal independiente, que esclarezca los errores de inteligencia, defensa y toma de decisiones. El objetivo es determinar responsabilidades y establecer qué cambios necesita el país para evitar una catástrofe similar.
El desgaste del premier también está relacionado con la composición de su coalición. Los partidos ultraortodoxos Shas y Judaísmo de la Torá (Biblia) defienden los intereses educativos, religiosos y económicos de sus comunidades. Entre sus principales reivindicaciones figura mantener la excepción al servicio militar para los estudiantes de academias religiosas. La cuestión provoca un rechazo enorme entre quienes consideran injusto que miles de reservistas abandonen sus trabajos y familias para combatir, mientras parte de la población permanece exenta del reclutamiento.
A su derecha, Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich representan una corriente nacionalista y religiosa, partidaria de extender la soberanía israelí sobre Judea y Samaria, denominaciones históricas y bíblicas de Cisjordania. Sus argumentos se apoyan en razones de seguridad y en los profundos vínculos del pueblo judío con el territorio.
Estas alianzas han permitido a Netanyahu conservar una base electoral sólida, pero también dificultan su acercamiento a los votantes moderados. La controversia sobre el reclutamiento ultraortodoxo se ha convertido, además, en uno de los principales puntos de fricción política.
Eisenkot: cambio a fondo y defensa
La propuesta de Eisenkot combina experiencia militar, reformas institucionales y una distribución más equitativa de las obligaciones cívicas. Su objetivo es recuperar la confianza pública sin renunciar a una seguridad firme.
En una entrevista publicada el 6 de octubre por The Times of Israel, defendió una investigación estatal sobre los fallos del 7 de octubre, cambios legislativos, la incorporación de ultraortodoxos y árabes al servicio nacional y una nueva relación con la "Autonomía Palestina" (AP), con sede en Ramala. También propuso limitar a 50 días anuales el servicio de los reservistas y priorizar la recuperación de las regiones norte y sur afectadas por la guerra.
Su trayectoria militar le permite defender la seguridad nacional y, al mismo tiempo, reclamar una rectificación política y estratégica. No se presenta como un dirigente pacifista, sino como un militar que considera necesario revisar las decisiones que condujeron a los errores más graves. Su principal dificultad reside en las diferencias entre los dirigentes que podrían acompañarlo. La oposición reúne corrientes con posiciones distintas sobre religión, fronteras y representación árabe en el gobierno.
Bennett, Lapid, Golan y Lieberman: cuatro opositores
La oposición israelí no constituye un bloque homogéneo. Naftali Bennett representa una derecha nacionalista y pragmática, con perfil empresarial y una posición firme en seguridad. Yair Lapid encarna un liberalismo centrista y laico. La alianza Beyajad, creada por ambos dirigentes, busca evitar la dispersión del voto opositor, ampliar el reclutamiento militar, impulsar el matrimonio civil —actualmente sujeto a restricciones religiosas— y reducir el costo de vida.
En la izquierda sionista se sitúan Los Demócratas, dirigidos por Yair Golan. La formación defiende las instituciones democráticas, el pluralismo religioso y una mayor igualdad cívica. También muestra mayor disposición a explorar acuerdos con partidos árabes, aunque sus propuestas generan resistencia entre sectores centristas y conservadores.
Avigdor Lieberman, líder de Israel Beytenu, representa una derecha nacionalista y laica. Combina una línea dura en seguridad con la separación entre religión y Estado, y la incorporación de los ultraortodoxos al servicio militar. Su posición podría otorgarle un papel relevante en las negociaciones posteriores a las elecciones.
Por tanto, un eventual cambio de Gobierno no implicaría un giro hacia la izquierda. Podría desembocar en una fórmula de centro-derecha laica, centrada en las reformas institucionales y una política de seguridad exigente.
Matemática electoral
Los sondeos publicados durante la primera mitad de octubre dibujan una competencia sin un bloque claramente dominante. En el promedio difundido el 11 de octubre, los bloques de Netanyahu y de la oposición sionista rondaban los 52 escaños cada uno, mientras los partidos árabes sumaban 12. Estas cifras reflejan un escenario abierto, condicionado por los márgenes de error y la evolución de la campaña.
Netanyahu aspira a conservar el respaldo del Likud, los partidos ultraortodoxos y la derecha religiosa. La oposición, por su parte, necesita coordinar a sus distintos partidos y resolver las diferencias sobre liderazgo y alianzas.
En ese contexto, Ra'am, el partido árabe dirigido por Mansour Abbas, podría desempeñar un papel importante. Su apoyo sería relevante en unas negociaciones ajustadas. Aunque algunos dirigentes opositores rechazan depender de una formación árabe, la mayoría considera legítima su cooperación parlamentaria.
El resultado no dependerá, por tanto, de una sola candidatura. También estará condicionado por el umbral electoral, la distribución final de los escaños y la capacidad de los partidos para alcanzar acuerdos después de la votación.
Lo que está en juego
La próxima legislatura deberá afrontar cuestiones que van mucho más allá de la disputa personal entre dos dirigentes: las responsabilidades por el 7 de octubre, el reclutamiento de los ultraortodoxos, la recuperación de las regiones afectadas y el equilibrio entre las convicciones religiosas y los derechos civiles.
La oposición tendrá que demostrar que sus diferencias no impiden una gestión estable. Netanyahu, por su parte, deberá convencer a los electores de que su experiencia sigue siendo una garantía suficiente frente a las críticas por los fallos de seguridad y los conflictos internos.
El desenlace definirá no solo quién ocupará la jefatura del Gobierno, sino también qué modelo político prevalecerá en Israel: la continuidad de la actual coalición o una nueva fórmula que intente mejorar las instituciones democráticas sin renunciar a las exigencias de seguridad de un país que —en medio de dictaduras y terroristas— continúa enfrentando amenazas reales.
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