Edición Nº 1101 - Viernes 9 de octubre de 2026

Efemérides varias

Edición Nº 1101 - Viernes 9 de octubre de 2026. Lectura: 7'

Por Santiago Torres

Estos días reúnen acontecimientos de muy distinta naturaleza, pero —de un modo u otro— todos ellos significativos para nuestra historia y nuestra identidad. Desde la afirmación de la soberanía oriental y las victorias de la independencia hasta la reconciliación nacional, pasando por episodios de violencia política y controversias sobre nuestra herencia cultural, estas fechas ofrecen una buena oportunidad para recordar, reflexionar y, también, cuestionar algunas interpretaciones interesadas del pasado.

8 de octubre de 1851: la paz sin vencidos ni vencedores

Después de más de ocho años, el 8 de octubre de 1851 terminó la Guerra Grande, que había enfrentado al Gobierno de la Defensa, colorado, con el Gobierno del Cerrito, encabezado por Manuel Oribe. La paz consagró una expresión destinada a convertirse en principio de nuestra convivencia: «Entre las diferentes opiniones en que han estado divididos los orientales, no habrá vencidos ni vencedores, pues todos deben reunirse bajo el estandarte nacional, para el bien de la patria y para defender sus leyes e independencia».

No era una simple fórmula diplomática: reconocía que la nación estaba por encima de sus divisiones. Aquel espíritu quedó perpetuado en la Villa de la Unión, antes Villa de la Restauración, y en la avenida 8 de Octubre. Aunque sobrevendrían nuevas guerras civiles, esa vocación de convivencia terminaría siendo uno de los fundamentos de nuestra democracia.

8 de octubre de 1969: la mal llamada «toma de Pando»

Ciento dieciocho años después, otro 8 de octubre tuvo un significado opuesto. El MLN-Tupamaros perpetró en Pando una operación armada, pésimamente planificada, durante la cual ocupó transitoriamente la comisaría, el cuartel de bomberos, la central telefónica y varios bancos.

La mal llamada «toma de Pando», presentada luego como una hazaña revolucionaria, no liberó ninguna ciudad: fue un ataque contra las instituciones de un país constitucional, con autoridades elegidas democráticamente, para obtener recursos e imponer por las armas un proyecto político.

Hubo varios muertos, entre ellos Carlos Burgueño, un ciudadano ajeno al enfrentamiento que había ido a inscribir a su hijo recién nacido. Mientras se exalta la audacia de los guerrilleros y se recuerda a sus muertos, Burgueño suele quedar relegado cuando no omitido. El contraste es elocuente: en 1851 se procuró superar la violencia mediante la concordia; en 1969 se buscó quebrar la convivencia democrática mediante la violencia revolucionaria.

9 de octubre de 1967: la ejecución del Che Guevara

Capturado el día anterior en Bolivia, Ernesto Che Guevara fue ejecutado el 9 de octubre de 1967 en La Higuera, por decisión del general René Barrientos, dictador de turno. Su muerte alimentó uno de los mitos del siglo XX: la imagen romántica del guerrillero terminó por ocultar al revolucionario autoritario que concebía la violencia como herramienta política.

En febrero de 1957, en Sierra Maestra, ejecutó de un disparo en la cabeza a Eutimio Guerra, guía campesino acusado de colaborar con las tropas de Batista. Según una frase atribuida a una carta dirigida a su padre, habría confesado: «Tengo que confesarte, papá, que en ese momento descubrí que realmente me gusta matar». Años después exaltaría al revolucionario como «una fría máquina de matar».

Su gestión económica en Cuba fue desastrosa y su aventura guerrillera boliviana fracasó militar y políticamente. Su ejecución como prisionero violó, sí, las normas de protección a los combatientes capturados, pero no borra el trato no menos salvaje que él dispensó a otros. La posteridad convirtió en símbolo de libertad a quien procuró imponer un Estado policial. Su legado debe juzgarse por las consecuencias de sus ideas, no por las camisetas que reproducen su rostro.

10 de octubre de 1811: Artigas, general en jefe de los orientales

El 10 de octubre de 1811, en la quinta de La Paraguaya, cerca del actual Parque Central, los representantes de los pueblos orientales reconocieron a José Gervasio Artigas como «General en Jefe de los Orientales». Tras la victoria de Las Piedras, Buenos Aires negociaba con el virrey Elío un armisticio que impondría levantar el sitio de Montevideo y dejaría expuestos a los orientales.

El nombramiento tuvo un significado político decisivo: Artigas recibió su título de los representantes de los propios pueblos de la Provincia Oriental, no de Buenos Aires ni de ninguna autoridad exterior. Era una afirmación de soberanía popular y autonomía; el jefe militar de la revolución rioplatense pasaba a ser conductor de un pueblo que empezaba a reconocerse como tal.

12 de octubre de 1811: el fin del primer sitio y el nacimiento de un pueblo

El 12 de octubre de 1811 comenzó a levantarse el Primer Sitio de Montevideo, iniciado después de la victoria de Las Piedras. El armisticio entre Buenos Aires y las autoridades españolas, formalizado el día 20, obligaba al retiro de las fuerzas porteñas y dejaba a los orientales ante españoles y portugueses.

En lugar de limitarse a una retirada militar, miles de hombres, mujeres y niños, con carretas, animales y escasas pertenencias, siguieron a Artigas hacia el norte. Fue la Redota, el Éxodo del Pueblo Oriental. La decisión se afirmó especialmente en la asamblea del 23 de octubre y culminó con el establecimiento de los emigrados en el Ayuí.

Aquella marcha fue un acontecimiento fundacional: un pueblo prefirió abandonar sus hogares antes que resignar su voluntad de decidir su destino. Si en La Paraguaya había elegido a su jefe, en la Redota ratificó la elección con sus propios pasos. Así comenzó a afirmarse una conciencia de nacionalidad oriental.

12 de octubre de 1825: la victoria de Sarandí

El 12 de octubre de 1825, en el actual departamento de Florida, las fuerzas patriotas de Juan Antonio Lavalleja derrotaron a las tropas brasileñas comandadas por Bento Manuel Ribeiro. Entre los jefes orientales se contaban Fructuoso Rivera, Manuel Oribe y Pablo Zufriategui.

La victoria, lograda en un combate fundamentalmente de caballería, consolidó la campaña iniciada con el desembarco de los Treinta y Tres Orientales y demostró la capacidad militar de los orientales para enfrentar al Imperio del Brasil. También reunió, bajo una causa compartida, a hombres que antes y después protagonizarían profundas divisiones políticas.

12 de octubre: de la Hispanidad a la «diversidad cultural»

El 12 de octubre de 1492, la llegada de Colón a América inició una de las mayores transformaciones de la historia. La fecha se celebró durante generaciones como Día de la Raza, expresión referida a la comunidad histórica, lingüística y cultural surgida del encuentro entre España y América, no a una supuesta superioridad racial.

En las últimas décadas, cierta euforia refundacional de la izquierda latinoamericana impuso la denominación Día de la Diversidad Cultural, junto con una lectura que reduce la presencia española a una empresa genocida y etnocida. Bajo una consigna en apariencia irreprochable se reedita así la vieja leyenda negra antiespañola, mostrando a España sólo como verdugo y a los pueblos americanos exclusivamente como víctimas.

La conquista tuvo violencia, explotación y crueldades, pero también hubo pueblos indígenas que colaboraron con los españoles para sacudirse el dominio de otros pueblos originarios. Reducir cinco siglos a un relato de exterminio desconoce la lengua común, el derecho, las instituciones, universidades, hospitales, imprentas, artes y tradiciones intelectuales que España aportó. Dentro de la propia España surgieron tempranamente debates sobre los derechos indígenas, con figuras como Bartolomé de las Casas y Francisco de Vitoria.

Hispanoamérica nació de un vasto mestizaje cultural y humano, enriquecido también por aportes africanos y sucesivas inmigraciones. Resulta paradójico celebrar la diversidad mientras se descalifica una parte esencial de ella, aplicando además categorías actuales a sociedades de hace cinco siglos. El 12 de octubre debería servir para reconocer todas nuestras raíces, no para demoler simbólicamente una de ellas. Porque, nos guste o no a algunos, sin España no existiría la América hispana tal como la conocemos, ni seríamos nosotros lo que somos.



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