Droga y delito

Por Julio María Sanguinetti

Tema recurrente en la sociedad contemporánea, la adicción a las drogas ha pasado a ser uno de los fenómenos más devastadores en la salud mental, con un impacto transversal a todos los sectores sociales y aun a todas las edades. En el mundo entero aparece asociada al delito, sea por el impacto psicológico directo en las personas, por cambiar la naturaleza de la violencia y, obviamente, porque su demanda ha generado el flagelo del narcotráfico.

Uruguay no ha sido la excepción y por ello hace 10 años se intentó la regularización del consumo de marihuana con el Estado como participante activo en la cadena de producción y comercialización. Fue planteado en el marco de un conjunto de medidas para combatir el delito. Fue en diciembre del 2013, en el gobierno de Mujica, quien dio ese pasó como "experimento de vanguardia mundial" para "arrebatarle el mercado a la clandestinidad". Costó organizarlo pero el Instituto de Regulación y Control del Cannabis hoy tiene registrado 69 mil consumidores en 38 farmacias y 12 mil miembros de los 345 clubes cannábicos.

Por entonces, el delito venía aumentando año a año, desde el 2005 en que había iniciado su gestión el Frente, cuando se registraban 9 mil rapiñas anuales. Desde entonces, año a año, habían aumentado, al punto que en el 2019, último de su ciclo, habían alcanzado las 30 mil.

Ha pasado una década y está claro que el mercado clandestino de la marihuana sigue intacto, paralelamente al oficializado, al punto que éste se ha visto obligado a competir con productos que "peguen" más. Incluso se ha celebrado el "éxito" de ganar clientes por esa mejoría de "calidad" en la droga. Al mismo tiempo, nadie ignora que la posesión de esas drogas y su comercialización ha generado una batalla por el control de las "bocas", que -además- proveen pasta base, cocaína y las famosas "pastillas", de extrema peligrosidad en los conciertos masivos de música electrónica, que ya se instalan con puestos de abastecimiento de agua, reconociendo de antemano la necesidad de prevenir las inevitables desgracias del abuso en el consumo.

El impacto social de la marihuana es incuestionable. En los jóvenes ha sustituido al cigarrillo, con parecido efecto de malignidad para la salud pero, al incidir en la conducta, generar alteraciones de conducta. En alumnos de 3º año se ha publicado que el 84% ha consumido alguna droga. Así como en nuestra adolescencia estudiantil ni idea teníamos de los efectos cancerígenos del cigarrillo, hoy los jóvenes no tienen la menor idea de su malignidad y, para peor, en los adultos se han generado falsas creencias sobre los efectos medicinales mágicos del cannabis (ya no como producto farmacéutico validado, sino como presuntos medicamentos caseros).

En una palabra, la marihuana es buena, divertida, "cool"... Tanto que por eso la venden las farmacias y las provee el Estado. Nos lo dicen todos, o casi todos... hasta viejos que compraron un aceite milagroso curalotodo...

Mientras tanto, los hechos nos dicen que la gente en situación de calle en gran medida es la consecuencia de esa y otras drogas, que las clínicas de tratamientos de rehabilitación están desbordadas, que en los delincuentes es unánime su consumo, que en la vida de las familias se generan situaciones destructivas de vínculos naturales y que, en términos generales, la percepción del riesgo de las drogas -todas- ha bajado peligrosamente.

No obstante todo esto, comprobado objetivamente, no podemos caer en el simplismo de establecer una correlación automática entre marihuana-drogas-delito, porque el tejido de impacto reconoce muchas líneas cruzadas y la incidencia de otros aspectos, como -entre otros- la baja educación, la pobreza o la precariedad familiar. Tampoco, a la inversa, en la ingenuidad académica, bastante común, de separarlos hasta el punto de que no existiría un vínculo, de que la marihuana no tiene nada que ver con las demás drogas o que los homicidios no se relacionan con el narcotráfico de modo relevante.

Tenemos que ser claros. Los propósitos iniciales no se han logrado y el próximo gobierno tendrá que reenfocar el tema. ¿Retornar a la prohibición de la marihuana? No lo creemos. Probablemente sería peor que la enfermedad. Pero es la hora de lanzar, de verdad, una campaña global de información sobre los efectos de la marihuana en la concentración, en la memoria, en la esquizofrenia, en las depresiones (principal causa de suicidios) y en la banalización de los consumos que se adolece. No son simplemente unos avisos en los medios. Es el sistema de salud en todas sus dimensiones, la institucionalidad de educación de arriba abajo, los medios de comunicación, los grupos sociales, el gobierno mismo. Como hizo el Dr. Vázquez con el tabaco en versión mucho mayor, cuantitativa y cualitativamente.

Hay que llevar adelante un programa nacional de rehabilitación, como viene proponiendo Tabaré Viera en su campaña. Es imprescindible, porque la realidad hoy nos lo impone hasta moralmente. Al mismo tiempo, hay que realizar ese enorme esfuerzo de educación social para prevenir, bajar la demanda de sustancias psicoactivas, que se vienen sofisticando velozmente, con los riesgos consiguientes. El fentanilo en cualquier momento...

Volviendo al delito, no hay duda que se ha mejorado. El Frente Amplio comenzó su gestión con 9 mil rapiñas y entregó el gobierno con 30 mil. El año pasado fueron 23 mil, bastante menos pero aún muchas y con el efecto acumulativo de años. El gran objetivo, que dijimos y repetimos hasta el cansancio, era cortar la escalada y se alcanzó. Sin embargo, no se ha mejorado en homicidios, aunque tampoco se haya empeorado. El peor año sigue siendo el 2018 con 421 muertos, los siguientes hasta el año pasado rondan los 380. En estos números hay fuerte incidencia directa del narcotráfico, pero hay también una sociedad más violenta y eso no es responsabilidad de un gobierno ni aun del Estado. Las barras de muchachos que se desafían a pelear en la plaza pública, las ya permanentes "barras" futboleras, los reiterados episodios de una inexplicable violencia doméstica.

Droga y delito. Son dos ámbitos diferentes, pero intercomunicados. Son dos grandes fronteras en que la lucha continua, Y, a juzgar por el mundo enero, continuará bastante tiempo.




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