Edición Nº 1094 - Viernes 21 de agosto de 2026

Dos urnas que pueden redibujar el mapa

Viernes 21 de agosto de 2026. Lectura: 10'

Las elecciones presidenciales de Brasil y las legislativas de Estados Unidos pueden alterar en pocos meses el equilibrio político del continente. Lula sigue siendo favorito, pero Flávio Bolsonaro conserva posibilidades reales de triunfo. Mientras tanto, el trumpismo enfrenta unas difíciles elecciones de mitad de período y el Partido Demócrata vive una pugna interna que podría modificar profundamente su identidad. Para Uruguay, en ninguno de los dos casos se trata de política ajena.

Hay elecciones cuyo resultado importa fundamentalmente a quienes votan y hay otras cuyos efectos desbordan ampliamente las fronteras del país donde se celebran. En los próximos meses tendrán lugar dos de estas últimas. El 4 de octubre Brasil elegirá presidente —con eventual segunda vuelta el 25— y el 3 de noviembre Estados Unidos renovará la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado.

Son procesos muy diferentes, pero tienen algo en común: ambos pueden modificar considerablemente el mapa político del continente.

La elección brasileña es, para Uruguay, la más inmediatamente relevante. Luiz Inácio Lula da Silva llega a la recta final como favorito, pero sería un error interpretar esa condición como sinónimo de elección resuelta. Las encuestas de agosto lo muestran primero en prácticamente todos los escenarios, aunque algunas revelan una diferencia estrecha con Flávio Bolsonaro. En la última medición de Quaest, por ejemplo, Lula obtiene 43% frente a 40% del senador en una eventual segunda vuelta, una diferencia que constituye técnicamente un empate.

Flávio Bolsonaro, por tanto, tiene posibilidades reales.

Y el apellido importa. No porque el hijo sea una reproducción exacta del padre, sino porque representa la continuidad electoral de un fenómeno político que sobrevivió a la salida de Jair Bolsonaro del poder. El bolsonarismo demostró ser bastante más que la adhesión personal a un dirigente: expresa un electorado conservador, refractario al Partido de los Trabajadores, particularmente preocupado por la seguridad y poco seducido por un Estado todavía más grande, que mantiene una fuerza electoral formidable.

Lula conserva, naturalmente, activos enormes. Su liderazgo personal, la extraordinaria capacidad de movilización del PT, el recuerdo de anteriores períodos de crecimiento y expansión social y el poder que inevitablemente otorga ejercer la Presidencia hacen de él un candidato formidable. Pero también carga con el desgaste del gobierno, la preocupación por las cuentas públicas, los problemas de seguridad y una polarización que hace que tanto él como Bolsonaro despierten niveles de rechazo muy elevados.

Brasil decidirá bastante más que quién ocupará el Palacio del Planalto durante los siguientes cuatro años.

América Latina ha registrado en poco tiempo un pronunciado desplazamiento hacia la derecha. Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, Bolivia y otros países de la región han llevado al gobierno fuerzas de derecha o centroderecha, por razones y mediante procesos muy distintos entre sí. La inseguridad, el desencanto con los resultados económicos de los gobiernos anteriores, el rechazo a las estructuras políticas tradicionales y la reivindicación del mercado han formado, con diferentes proporciones en cada país, un clima regional claramente diferente al de la llamada “marea rosa”.

Brasil constituye la gran excepción por su peso político, económico y demográfico.

Una victoria de Flávio Bolsonaro terminaría de configurar un mapa sudamericano casi completamente inclinado hacia la derecha y, además, acercaría al mayor país del continente a la estrategia hemisférica de Donald Trump. Una victoria de Lula, en cambio, mantendría en pie un importante contrapeso político a esa tendencia y preservaría para las izquierdas latinoamericanas un centro de referencia que ningún otro gobierno de la región está en condiciones de sustituir.

Pero mientras Brasil elige presidente, Estados Unidos se prepara para unas elecciones que no cambiarán al ocupante de la Casa Blanca, pero que pueden cambiar radicalmente las condiciones en que deberá gobernar durante los dos años siguientes.

Las midterm elections son tradicionalmente ingratas para el partido del presidente y esta vez el trumpismo no llega precisamente sobrado.

La aprobación de Donald Trump se encuentra en niveles muy bajos, existe fuerte malestar por el costo de vida y los demócratas han conseguido incluso recortar o revertir algunas de las ventajas históricas republicanas en cuestiones como la economía. Las encuestas nacionales sobre intención de voto al Congreso muestran actualmente una ventaja demócrata y los analistas electorales consideran que ese partido tiene buenas posibilidades de recuperar la Cámara de Representantes. El Senado es bastante más complejo, aunque también allí aparecieron en las últimas semanas carreras competitivas en estados que hasta hace poco parecían cómodos para los republicanos.

Nada está decidido. El sistema electoral estadounidense no traduce mecánicamente una ventaja nacional en votos en una mayoría parlamentaria, y la redistribución de distritos realizada por varios estados ha dejado a los republicanos mejor protegidos de lo que indicarían las encuestas generales. Pero resulta evidente que Trump enfrenta un escenario considerablemente más difícil que el que hubiera deseado.

La paradoja es que una de sus principales esperanzas puede encontrarse precisamente dentro del Partido Demócrata.

Porque mientras los republicanos discuten cuánto les costará electoralmente la figura de Trump, los demócratas atraviesan una discusión mucho más profunda: qué clase de partido quieren ser.

Durante décadas el Partido Demócrata reunió una coalición amplia que iba desde el sindicalismo tradicional hasta sectores empresariales liberales, desde las minorías raciales hasta profesionales urbanos, desde una izquierda progresista hasta dirigentes muy moderados de estados conservadores. Podía ser socialmente liberal y, al mismo tiempo, relativamente pragmático en economía y política exterior.

Ese equilibrio está siendo cuestionado.

Las victorias de candidatos identificados con el socialismo democrático y con una izquierda mucho más confrontativa frente al poder empresarial han dejado de constituir episodios aislados de algunos distritos de Nueva York o California. Abdul El-Sayed consiguió la nominación demócrata al Senado en Michigan derrotando al aparato partidario; Angie Nixon acaba de imponerse sorpresivamente en Florida; y el fenómeno que llevó anteriormente a Zohran Mamdani a la Alcaldía de Nueva York ha demostrado que existe, particularmente entre los votantes jóvenes, una demanda por algo bastante más radical que la vieja oferta demócrata.

No significa que el Partido Demócrata se haya convertido en un partido socialista. Ni siquiera que vaya necesariamente a hacerlo. Los candidatos de esa corriente han sufrido también derrotas y existen enormes diferencias entre los electorados de las grandes ciudades progresistas y los estados que finalmente deciden una elección nacional.

Pero existe una batalla abierta por el alma del partido.

La alarma del establishment demócrata es suficientemente grande como para que organizaciones centristas estén destinando millones de dólares a combatir internamente a esa corriente. Y el problema que enfrentan es complejo: algunas de las propuestas de la nueva izquierda —salud universal, fuerte aumento de impuestos a los grandes patrimonios, mayor intervención estatal en vivienda y una posición mucho más crítica frente a las grandes corporaciones— tienen atractivo entre sectores jóvenes y desencantados; otras pueden ser devastadoras electoralmente cuando el candidato debe conquistar al votante moderado e independiente.

Hay aquí un fenómeno que merece observarse con atención porque Estados Unidos ya ha visto algo comparable, aunque con signo ideológico contrario.

El Partido Republicano de comienzos de siglo no es el Partido Republicano actual. Durante años, la creciente gravitación de la derecha religiosa modificó sus prioridades y sus mecanismos internos de selección. Después apareció el Tea Party, que castigó a dirigentes considerados excesivamente moderados y volvió crecientemente sospechosa cualquier transacción con el adversario. Sobre ese terreno Donald Trump consiguió finalmente construir una síntesis populista, nacionalista y culturalmente conservadora que desplazó a buena parte del antiguo establishment republicano.

Trump no creó desde cero esa transformación. Se subió a fuerzas que venían desarrollándose desde mucho antes, las reunió, las amplificó y terminó convirtiéndose en dueño político de un partido que, veinte años atrás, tenía otros referentes, otro lenguaje y otras prioridades.

Algo de ese mecanismo —no de esas ideas— podría estar comenzando a producirse ahora entre los demócratas.

Una militancia ideológicamente más intensa, más joven y mucho menos respetuosa de las jerarquías tradicionales empieza a definir qué posiciones son admisibles, qué candidatos merecen ser apoyados y cuáles representan un establishment que debe ser sustituido. El movimiento es exactamente opuesto en términos doctrinarios al vivido por los republicanos, pero puede resultar análogo en su dinámica.

Las elecciones de noviembre serán también una prueba de esa hipótesis.

Si los candidatos más izquierdistas movilizan electores que antes permanecían indiferentes y consiguen triunfar fuera de los enclaves progresistas tradicionales, el centro de gravedad del Partido Demócrata comenzará a desplazarse con rapidez. Si, por el contrario, esas candidaturas entusiasman en las primarias pero fracasan frente a los republicanos en noviembre, el establishment tendrá argumentos poderosos para recuperar terreno.

Por eso Trump necesita a esa izquierda casi tanto como la izquierda necesita a Trump. La radicalización del adversario facilita movilizar a la propia base. Es una vieja ley de la política.

¿Y qué tiene que ver todo esto con Uruguay? Muchísimo.

Brasil es uno de nuestros principales socios comerciales, es la economía determinante del Mercosur y sus decisiones afectan desde nuestras exportaciones industriales y agropecuarias hasta el turismo, el tipo de cambio, las inversiones y la vida económica de toda la frontera. Además, lo que Brasil haga con el Mercosur condicionará directamente las posibilidades uruguayas de ampliar su inserción internacional.

Un gobierno de Flávio Bolsonaro probablemente tendría mayor sintonía política con Milei, Kast y De La Espriella y podría favorecer una orientación más liberal en materia económica y más próxima a Washington en política exterior. Al mismo tiempo dejaría al gobierno de Yamandú Orsi mucho más aislado ideológicamente en América del Sur.

Una victoria de Lula produciría el efecto contrario. Orsi conservaría en Brasilia un gobierno políticamente afín y el progresismo regional mantendría a su actor más poderoso. Pero ello no garantiza, por sí mismo, que los intereses comerciales uruguayos sean mejor atendidos. Brasil ha demostrado bajo gobiernos de todos los signos que cuando sus intereses nacionales chocan con los de sus socios pequeños, suele recordar rápidamente cuál es el país grande.

Estados Unidos parece más lejano, pero tampoco lo está. El resultado de noviembre determinará cuánto margen tendrá Trump para continuar su política comercial, su enfrentamiento estratégico con China y su proyecto de reorganización de las relaciones hemisféricas. Una mayoría opositora en una o ambas cámaras introduciría contrapesos importantes; una victoria republicana fortalecería considerablemente al presidente durante la segunda mitad de su mandato.

Y Uruguay mantiene una relación que debe cuidar con Estados Unidos mientras China continúa siendo uno de sus mercados fundamentales. Necesitamos acceso comercial, inversiones, reglas internacionales previsibles y libertad para negociar con cuantos países resulte conveniente hacerlo. Nada de eso se beneficia cuando la política exterior se transforma en una extensión de las simpatías ideológicas del gobierno de turno.

Ese debería ser precisamente el aprendizaje para Uruguay.

Podemos tener preferencias. Los partidos políticos pueden tener amigos. Los gobiernos inevitablemente sienten mayor comodidad con unos interlocutores que con otros. Pero los países serios no diseñan su política exterior sobre la base de amistades partidarias.

Si gana Lula, Uruguay deberá negociar con Lula. Si gana Bolsonaro, deberá negociar con Bolsonaro. Si Trump conserva el control del Congreso, habrá que comprender ese nuevo equilibrio; si lo pierde, habrá que entender también las limitaciones que surgirán en Washington.

Porque Brasil y Estados Unidos votarán pensando en Brasil y en Estados Unidos.

Uruguay haría bien en comenzar a pensar, desde ahora, en Uruguay.



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