Dos rebeliones contra el centro político alemán
Edición Nº 1099 - Viernes 25 de setiembre de 2026. Lectura: 6'
Las elecciones de Berlín y Mecklemburgo-Pomerania Occidental castigaron duramente a los partidos tradicionales, pero no expresaron un mismo desplazamiento ideológico. Mientras la capital giró hacia una izquierda centrada en la crisis de la vivienda, el nordeste rural respaldó a una derecha nacionalista que capitalizó el malestar económico, migratorio y geopolítico. El gran derrotado en ambos territorios fue el espacio político que gobierna Alemania.
Las elecciones celebradas el domingo en Berlín y Mecklemburgo-Pomerania Occidental dejaron dos ganadores aparentemente opuestos y un mismo derrotado. La Izquierda —Die Linke, formación heredera del Partido Socialista Unificado de Alemania, que gobernó la extinta República Democrática Alemana— se convirtió por primera vez en la fuerza más votada de la capital, mientras Alternativa para Alemania (AfD) triunfó en el nordeste del país. En ambos casos, el retroceso más severo correspondió a la Unión Demócrata Cristiana (CDU) del canciller Friedrich Merz.
No se trató, sin embargo, de dos versiones de un idéntico fenómeno de radicalización. Los electores berlineses y los de Mecklemburgo-Pomerania Occidental reaccionaron ante problemas diferentes, premiaron propuestas distintas y produjeron escenarios políticos que no deben confundirse. Lo que comparten ambas elecciones es el debilitamiento de los partidos que durante décadas organizaron la competencia política alemana y la creciente dificultad para formar gobiernos estables sin coaliciones de tres o más integrantes.
En Berlín, La Izquierda obtuvo el 25,7% de los votos y prácticamente duplicó el 12,2% conseguido en la elección de 2023. La CDU cayó del 28,2% al 18,8%; AfD avanzó hasta el 16,3%; los Verdes retrocedieron al 14,3% y el Partido Socialdemócrata (SPD) quedó reducido al 12,1%, su peor resultado histórico en la ciudad. La participación alcanzó el 75% de los habilitados.
La victoria de La Izquierda tuvo una explicación principalmente urbana: la vivienda. Berlín padece alquileres elevados, escasez de nuevas construcciones y una competencia creciente por los apartamentos disponibles. Su candidata, Elif Eralp, consiguió transformar ese problema cotidiano en el eje de la elección. Prometió aumentar la oferta de viviendas asequibles, restringir los alquileres excesivos, limitar el uso turístico de apartamentos y avanzar en la socialización de las grandes compañías inmobiliarias.
Esta última propuesta es la más controvertida. En un referéndum celebrado en 2021, el 58% de los votantes apoyó la transferencia al sector público de unas 220.000 viviendas pertenecientes a grandes propietarios. Pero la operación podría costar alrededor de 20.000 millones de euros y una encuesta reciente situó en apenas 37% el respaldo actual a su ejecución. El mandato político existe, pero su aplicación presenta enormes dificultades jurídicas, financieras y administrativas.
La Izquierda es una formación socialista, partidaria de una intervención estatal muy intensa en la economía. Algunas de sus propuestas, especialmente la socialización de empresas inmobiliarias, se encuentran claramente a la izquierda de la socialdemocracia europea. La organización compite dentro del orden constitucional, ha integrado gobiernos regionales y probablemente deberá moderar parte de su programa para encabezar una coalición con el SPD y los Verdes.
Esa alianza sumaría una mayoría suficiente, aunque las negociaciones no serán sencillas. El SPD rechaza la expropiación de las grandes inmobiliarias y los Verdes han exigido a La Izquierda definiciones inequívocas frente al antisemitismo, después de diversas controversias protagonizadas por sectores de la organización berlinesa. El triunfo electoral de Eralp, por tanto, no equivale todavía a la aceptación íntegra de su programa.
El resultado de Mecklemburgo-Pomerania Occidental presenta una naturaleza diferente. AfD ganó con el 38,2% de los votos, más del doble que en 2021, y superó al SPD de la ministra presidenta Manuela Schwesig, que obtuvo el 35,5%. La Izquierda alcanzó el 6,5% y los Verdes el 5,7%. La CDU, con apenas el 4,9%, quedó fuera del parlamento regional, al igual que la Alianza Sahra Wagenknecht, que obtuvo el 4,8%.
AfD es una formación nacionalista, contraria a la inmigración irregular, crítica de la Unión Europea y favorable a restablecer vínculos energéticos con Rusia. Su programa incluye abandonar el euro y endurecer considerablemente las deportaciones de extranjeros sin derecho de residencia. En Mecklemburgo-Pomerania Occidental agregó una cuestión especialmente sensible: la reapertura de los gasoductos Nord Stream, que desembocan en ese estado y simbolizan para muchos habitantes la energía barata perdida después de la invasión rusa de Ucrania.
Su crecimiento no puede explicarse solamente por la inmigración. Mecklemburgo-Pomerania Occidental combina salarios relativamente bajos, envejecimiento demográfico, pérdida de población, servicios públicos más débiles en las zonas rurales y una persistente sensación de desigualdad respecto de los estados occidentales. A ello se sumaron el encarecimiento de la energía, la incertidumbre industrial y una oposición considerable al apoyo financiero y militar alemán a Ucrania.
AfD reunió esos malestares en una oferta política de protesta, soberanía nacional y ruptura con las decisiones adoptadas en Berlín y Bruselas. La magnitud de su resultado confirma que ya no representa un voto marginal en el este alemán. Es una fuerza capaz de ganar elecciones regionales y de disputar el primer lugar nacional, aunque todavía carece de aliados con los que formar gobierno.
La llamada «muralla cortafuegos» —el compromiso de los demás partidos de no pactar con AfD— probablemente permitirá que Manuela Schwesig continúe al frente del estado. La opción más viable sería una coalición del SPD, La Izquierda y los Verdes. AfD ganó la elección, pero la suma de las otras tres fuerzas parlamentarias dispone de mayoría. Esa diferencia entre victoria electoral y capacidad de gobierno será uno de los principales argumentos del partido nacionalista contra el sistema político.
El mayor perjudicado por ambas elecciones es Friedrich Merz. La CDU perdió el gobierno de Berlín y desapareció del parlamento de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, donde registró el peor resultado de su historia en una elección regional. El canciller calificó el desenlace como un «desastre», aunque anunció que continuará con sus reformas económicas.
El problema de Merz no es únicamente electoral. La CDU intentó recuperar votantes de AfD mediante un discurso más severo sobre inmigración y seguridad, pero no logró convencerlos de regresar. Al mismo tiempo, perdió apoyo entre sectores moderados y urbanos. El SPD tampoco consiguió protegerse: fue castigado como socio de gobierno de la CDU en Berlín y, aunque resistió gracias a la popularidad personal de Schwesig en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, quedó por detrás de AfD.
Las dos elecciones muestran así una Alemania territorialmente fragmentada. Berlín votó por una mayor intervención pública frente a la crisis de la vivienda; Mecklemburgo-Pomerania Occidental respaldó una propuesta nacionalista, restrictiva en materia migratoria y favorable al acercamiento energético con Rusia. No fue un giro uniforme hacia posiciones radicales, sino una búsqueda de respuestas fuera de los partidos tradicionales.
El sistema alemán todavía puede producir mayorías mediante coaliciones. Pero cada vez necesita reunir más partidos, conciliar programas más distantes y gobernar contra la fuerza que obtuvo más votos. Esa fórmula puede ser constitucionalmente irreprochable, pero tiene un costo político: alimenta la percepción de que votar por determinadas opciones sirve para protestar, aunque nunca para gobernar.
Berlín y Mecklemburgo-Pomerania Occidental no votaron lo mismo. Sí enviaron el mismo mensaje: buena parte de los alemanes ya no cree que el centro político esté resolviendo sus problemas.
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