Donde la siesta se respeta
Viernes 10 de julio de 2026. Lectura: 3'
Por Susana Toricez
La autora reflexiona sobre el contraste entre la vida en Montevideo y la del interior del país, y sostiene que el ritmo frenético, la desconfianza y el individualismo de la capital han erosionado formas básicas de convivencia que aún se conservan en muchos pueblos y ciudades del Uruguay.
Hace unos días me quedé observando el movimiento en una de las tantas paradas de ómnibus de nuestra capital.
Era la hora pico, ese momento del día en que el cemento parece crujir bajo la multitud de pasos apresurados.
Miraba a los jóvenes. La mayoría caminaba con la mirada clavada en una pantalla, con los auriculares puestos como escudos contra el mundo. Apurados, esquivaban al otro sin mirarlo y respondían con un monosílabo —cuando no con un gesto de fastidio— ante cualquier interrupción menor.
Me invadió una profunda tristeza. Pensé: ¿en qué frecuencia nos estamos moviendo? ¿Qué nos pasó para que la cortesía se volviera un artículo de lujo en Montevideo?
La respuesta, o al menos un reflejo de ella, me vino a la mente al recordar un viaje reciente que hice al interior de nuestro querido país.
Allí, el tiempo parece recuperar su escala más humana.
No es solo un tema de paisaje o de tener la naturaleza a un golpe de vista; es una cuestión de base, de cómo se construye la vida.
En esos pueblos y ciudades donde la siesta todavía se respeta y el saludo al cruzar la calle es una norma no escrita, los jóvenes se forman bajo otro amparo. Se crían con una paz que en la capital hemos cambiado por un vértigo constante.
La diferencia es notoria, y duele admitirlo. Los chicos del interior conservan, en su gran mayoría, una cultura del respeto, una calma y una vocación solidaria que parecen venir de fábrica. Te miran a los ojos, te dan los buenos días, te ceden el paso con una sonrisa que no espera nada a cambio. No están anestesiados por el ruido ni por el recelo que hoy nos gobierna en Montevideo, donde caminamos desconfiando hasta de las sombras.
Los padres de esos chicos, a su vez, han vivido y transmitido la vida de otra manera. Han podido criar sin el miedo cotidiano metido en el cuerpo, transmitiendo el valor de la palabra, el peso de la vecindad y el respeto por el espacio ajeno.
En la capital, lamentablemente, la hostilidad del entorno y las urgencias terminan lastimando esos lazos básicos de convivencia.
Los jóvenes montevideanos crecen en un escenario que les exige estar siempre a la defensiva, moverse con rapidez y asumir un individualismo que termina por restarles esa calidez tan nuestra.
Comprobar que aún quedan rincones donde los valores no se han perdido me reconforta, pero, a la vez, me genera una inevitable dicotomía. Qué bien le haría a nuestra desorientada sociedad montevideana bajar un cambio, mirarse al espejo y rescatar ese andar pausado y respetuoso que nuestros compatriotas del interior custodian con tanto orgullo.
Ojalá no sea tarde para aprender de ellos.
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