¿Dónde están los bichitos de luz?
Viernes 27 de febrero de 2026. Lectura: 3'
Por Susana Toricez
Una evocación íntima y nostálgica sobre la infancia y la biodiversidad perdida que interpela, sin estridencias, a una generación que ya no ve en sus jardines los “bichitos de luz”, los guitarreros ni los panaderos, y que descubre —entre asombro y melancolía— cuánto ha cambiado la naturaleza que nos rodea.
Considero que soy una persona de mediana edad.
Pero, conversando con jóvenes y niños, a veces siento que he nacido en la Edad Media.
Me llevo muy bien principalmente con los niños, con quienes, paseando por el jardín de mi casa, mantengo largas charlas.
Caminando por el césped y rodeados de árboles, siempre están atentos a mis relatos y a cuánto movimiento descubren, así sea simplemente una hormiga.
Cada tanto se sorprenden con alguna mariposa.
Pero no puedo olvidar la cara de sorpresa cuando comencé a contarles todos los seres vivos que había en mi jardín cuando yo era niña y que ya no se ven, por lo menos en Montevideo.
Les hablé de los “guitarreros”, que eran de color verde, tenían antenitas y se les llamaba así porque, si los acercabas al oído, emitían un sonido casi musical.
Les conté también que había “bichitos de luz”, que en la oscuridad de la noche encendían sus lucecitas.
Pagaría todo el oro del mundo para que vieran las caras de asombro y las risas cuando les mencioné que existían los “panaderos”, a los que solíamos correr para ver si los atrapábamos. O que los “bichitos de la humedad” se volvían bolitas al tocarlos, y los “San Antonio” o las lombrices que había en cualquier jardín.
Capítulo aparte fue cuando les conté de los “bichos peludos”, con los que teníamos que tener mucho cuidado porque, en cierta época del año, había en los árboles y caían en las veredas, y si te tocaban tenías una erupción.
Les recordé que había también caracoles y babosas, que se arrastraban por los caminos y que solíamos cantarles: “Caracol, col, col, saca los cuernos para el sol...” (¡Las caras eran un poema!).
Curiosamente, dos de los niños me dijeron: “Yo vi uno”, cuando les nombré grillos y “cascarudos”.
No quise mencionarles las gaviotas que se han alejado, pero que solían verse en las playas montevideanas, y mucho menos los caracoles que había en las playas del este, que, acercándolos al oído, creíamos escuchar las olas del mar.
¡Con qué vida natural tan diversa convivíamos sin darnos cuenta!
Percibí cierta desilusión cuando comprendieron que ellos no pudieron ver todo lo que yo vi; por eso traté de que encontraran consuelo en la diversidad de aves que hoy han llegado a Montevideo y que no era común ver años atrás.
Les señalé que hay horneros construyendo sus nidos, teros anidando en la rambla, cardenales con sus copetes rojos o cotorritas verdes tan bulliciosas, que no solían verse en la capital, pero sí en el interior del país.
Les prometí que para la próxima charla íbamos a hablar de las flores que existían en los jardines y que ya no se ven.
Y de las grandes heladas que dejaban la ropa tendida tiesa de hielo, y los chorritos que salían de las canillas eran líneas de hielo puro.
Les dije que yo pensaba que el hombre ha tenido mucha responsabilidad en este cambio de la naturaleza.
Pero, para evitar una sombra en sus caritas, traté de que al menos creyeran que no era ni bueno ni malo, sino diferente.
(Pero no más feliz, pensé para mí).
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