Edición Nº 1071 - Viernes 6 de marzo de 2026

¿Dónde estamos nosotros?

Viernes 6 de marzo de 2026. Lectura: 6'

Por Julio María Sanguinetti

En un discurso institucional correcto y respetuoso, el Presidente delineó sus prioridades de gobierno, pero dejó abiertas interrogantes de fondo sobre el rumbo del país. Entre proyectos discutibles, decisiones controvertidas y una economía que muestra señales de alerta, la pregunta que queda flotando es si Uruguay cuenta hoy con una visión estratégica capaz de orientarlo en un mundo que cambia a una velocidad vertiginosa.

El 1º de marzo el Presidente brindó su informe anual al Parlamento. Tradicionalmente se hacía solo por escrito y fue el Presidente Lacalle Herrera quien comenzó con esta práctica que reconozco ha sido plausible, siempre que la mantengamos en el nivel de decoro que jerarquiza las instituciones.

Los precedentes internacionales en estos días no han sido recomendables: shows mediáticos como el del Presidente Trump, en una línea de sentimentalismo demagógico, y el del Presidente Milei, en tono de agresividad en que ni los empresarios se salvaron. Por eso me parece destacable que nuestro Presidente haga un informe serio, en tono respetuoso para con la institución y también para con la oposición, aun cuando discrepemos con algunas de sus decisiones.

En cuanto a su contenido, se basó fundamentalmente en el destaque de lo que el Presupuesto, con una colaboración constructiva de la oposición, ya ha definido. Es lo que hará.

Las novedades vienen por el lado de la creación de dos instituciones muy discutibles.

La creación del Ministerio de Justicia ha sido largamente conversada y recoge la experiencia de muchos países donde resulta una suerte de asesor en materia de seguridad jurídica y de enlace con la Fiscalía. Ésta, como se sabe, tiene un estatuto especial en nuestro derecho y actúa con autonomía. Personalmente vemos una superposición de funciones y, sobre todo, una fuente de conflictos entre una Fiscalía de Corte actuando y un Ministerio político que no estará en la vida de los hechos, porque no maneja nada, ni la policía ni la justicia.

La creación de la Universidad de Educación tiene una importancia, a nuestro juicio, mayor y profundamente equivocada. Es un tributo a los titulares sin contenido. Si lo que se desea es darle jerarquía universitaria a los docentes de un cierto nivel, ya el gobierno anterior dejó un sistema funcionando, que ahora se ha desaplicado. Podría haberse mejorado simplemente, pero no introducirnos ahora en la creación de otro ente autónomo que volverá a fracturar la coherencia del sistema. Mucho le ha costado al Codicen lograr que Primaria, Secundaria y la UTU se coordinaran y vertebraran un sistema unitario, a partir de la idea sustancial de que la educación es un proceso continuo de trece a quince años.

Los institutos de formación docente, hoy reunidos bajo una autoridad administrativa (el Consejo de Formación en Educación), actúan en el ámbito del Codicen y son una parte sustantiva del engranaje. Es el Codicen el que aprueba las directivas y los programas. Los institutos de formación se acompasan a ese rumbo.

La Universidad de la Educación formará los maestros y profesores que considere más adecuados para su visión de lo que el país necesita. Ésta muy probablemente no coincidirá con la del Codicen y ahí entraremos en una desvertebración profundamente negativa. ¿Qué es lo que se gana, como no sea aumentar una burocracia vestida de un pomposo traje universitario?

En cuanto a realizaciones, el plan de movilidad es la gran obra que se plantea. No hay duda de que es necesaria. Ya la capital está colapsada y a eso se añade una zona metropolitana en crecimiento. Técnicamente es difícil saber qué es lo mejor. Se está siguiendo un proyecto de origen académico que no nos atrevemos a calibrar en su aplicación general pero que recibe cuestionamientos serios. Lo que sí decimos es: hacer un túnel debajo de 18 de Julio para que transiten solo ómnibus, en una experiencia inédita a nivel internacional, puede ser nefasto y terminar con la relevancia de nuestra principal avenida. Su comercio ya atravesó el eclipse de sus clásicas galerías y, cuando está apenas repuesto del cimbronazo de la pandemia, se le introduce en este camino que puede llevarlo a la quiebra. Un año o dos años de obra son irresistibles. Es muy pequeña la ganancia de tiempo en ese tramo para justificar tamaña revolución.

El presidente apenas rozó la rescisión del contrato con Cardama. Ya lo hemos dicho: perderemos lo invertido, quedarán tirados esqueletos inermes de lanchas que no se construirán, habrá un largo juicio de incierto resultado y el tema del control soberano de nuestro mar quedará librado a la invasión extranjera que hoy campea. Se habla de comprar otros buques. Bienvenidos, pero será otro gasto enorme, muy superior seguramente al que estaba previsto y que en parte se despilfarra.

Avanzó el Presidente algo más en la otra gran rectificación: la del abastecimiento de agua. Estamos jugando con fuego. Seguir dependiendo del Santa Lucía sigue siendo un enorme riesgo. A mediano plazo se precisará Casupá, pero más se necesitará una toma en el Río de la Plata. Ya lo estamos haciendo en Juan Lacaze. No hay ningún misterio. El hecho es que, desde que incorporamos los 67 millones de metros cúbicos de agua de Paso Severino en 1988, no se ha añadido otra reserva.

En un plano más general, el discurso presidencial ha adolecido de la carencia de una visión más amplia del desarrollo del país. Invocar a la justicia social sin el sustento de una economía vigorosa es arar en el mar. O ahogarse en los déficits, que es aún peor. Hablamos de promover inversiones pero cada vez que propone algo el Ministro Castillo o se escucha a algunos nefastos sindicatos, se pone una nube negra en el horizonte. El déficit presupuestal ha sido manejable hasta ahora pero, si le vamos a agregar 4.000 millones de dólares todos los años y el diálogo social tiene la peregrina idea de que nos jubilemos todos alegremente a los 60 años, las nubes negras que se nos aproximarán vendrán más rápido de lo que parece.

Pasados unos días y aquietadas las aguas, nos queda la imagen de una institucionalidad firme, un debate político serio, un gobierno que no intenta afectar la estructura del país pero que carece de una visión renovadora, engarzada en los nuevos modos de producción. Muchas empresas se van y las miramos perplejos. El mundo ha cambiado. Necesitamos educar para un nuevo tiempo, que las gremiales desconocen. No solo por la inteligencia artificial sino porque el impulso geoeconómico ha pasado del Atlántico al Pacífico, el derecho internacional está en pausa y el incuestionable liderazgo estadounidense está imponiendo al mundo una lógica unilateral con procedimientos no siempre plausibles pero fines compartibles.

¿Dónde estamos nosotros en el torbellino de ese tornado que se va llevando tantas cosas?



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