Doña Bastarda y la libertad de expresión (del odio)
Viernes 6 de marzo de 2026. Lectura: 7'
Por Jonás Bergstein
El cuplé de la murga Doña Bastarda reabrió un debate incómodo pero necesario: hasta dónde llega la libertad de expresión cuando el humor se construye sobre la tragedia de un pueblo. Entre sátira, sensibilidad y responsabilidad pública, el episodio deja al descubierto un problema más profundo: la persistencia de una tolerancia social hacia la burla o relativización del sufrimiento judío que difícilmente se admitiría respecto de cualquier otra comunidad.
A veces la inmediatez de los hechos, las connotaciones emocionales de algunos temas y el fragor de la discusión pueden distraernos de aquello que debe ser esencial y que ineludiblemente debe ser el centro de nuestra atención y preocupación. La buena noticia es que la distracción es pasajera: el tiempo y su sabiduría tienen esa rara virtud de ubicar las cosas en sus justos términos, para decantar lo esencial de lo accesorio y así dejar al descubierto el núcleo de aquello que, a la postre, habrá de perdurar.
Hoy, transcurrido más de un mes desde que los cánticos de Doña Bastarda cobraran estado público, intento hacer ese mismo ejercicio para reflexionar sobre el tristemente célebre cuplé de la murga: qué fue verdaderamente ese cuplé, qué significado podemos atribuir a todo el episodio y qué lecciones podemos sacar en limpio.
Empiezo por lo que entiendo más claro, palmario y elemental. El cuplé de Doña Bastarda pertenece a esa clase de cosas que están definitivamente mal —por donde sea que se les mire— y que, como tal, debe ser condenado por todos, incluso por aquellos que rara vez condenan cuando el agraviado es uno o más judíos (nos referimos al Frente Amplio, al PIT-CNT y a cuantas organizaciones de derechos humanos pudiera haber en la vuelta).
Nos explicamos. Todos sabemos que una de las notas esenciales de toda murga es la sátira política, el comentario mordaz e incisivo. En suma, el humor. Sucede que hay ciertos temas, situaciones o hechos en los cuales el humor no corresponde: por decir algo, a nadie se le ocurre ir a un velorio para ir a burlarse del finado. El Holocausto, el aniquilamiento de judíos durante la guerra, pertenece a esa misma especie.
Valerse del “jabón” —tan indisolublemente asociado al exterminio judío perpetrado por los nazis— para hacer de él objeto de sátira es lisa y llanamente inaceptable. Porque la masacre de un pueblo —sea judíos, armenios o el que fuere— es justamente uno de esos tantos temas en que, como decíamos, el humor no corresponde: son temas demasiado serios, que arrastran una carga tal de sufrimiento y de dolor que los hace incompatibles con el humor.
Si se nos permite un símil —los ejemplos muchas veces nos ayudan a entender y explicar—, es como si luego de un accidente de tránsito mortal, en el cual la víctima fuera completamente destrozada, a alguien se le ocurriera componer una estrofa con el puré. Sería de muy mal gusto, por decir lo menos.
Pero volvamos a nuestro caso, el de Doña Bastarda y su cuplé. Sr. lector: ¿Ud. se imagina a Doña Bastarda mofándose de los huesos o cráneos de los desaparecidos? Y si acaso lo hicieran, ¿Ud. no cree que —con toda razón— el INAU mantendría su veto, que Doña Bastarda pediría mil perdones y se flagelaría el pecho, que el sistema político monolíticamente se alzaría en pie de guerra, que el PIT-CNT pondría el grito en el cielo, y así sucesivamente?
Entonces la pregunta cae por su peso: ¿por qué el caso del judío o del colectivo judío es distinto?
Hemos llegado a la médula de la cuestión: cuando se trata de los judíos, es común permitirnos un margen de tolerancia y de opinabilidad —el propio Ministro de Educación y Cultura, Carlos Mahía, decía que “es una cornisa compleja”— que jamás toleraríamos respecto de ningún otro grupo humano (cuando una persona da muerte a otra hablamos de homicidio y punto; en cambio, cuando el asesinado es judío, inmediatamente conjeturamos que el victimario debe ser inimputable. ¿Por qué?).
Es en ese doblez donde radica —a nuestro juicio— todo el quid del asunto.
Nos explicamos nuevamente. Si por acaso se cuestionara el temperamento precedente —a saber: mofarse de la desgracia está mal y punto—, a los hechos me remito: no conozco ningún otro caso en que las murgas construyan su humor a partir de la desgracia, a partir de las víctimas de cualquier tragedia (llámese accidentes de tránsito, abusos sexuales, desaparecidos o lo que fuere). ¿Alguien alguna vez escuchó alguna murga mofarse del genocidio armenio?
Es en este, como en tantos otros temas, donde hay un caso, un único y “archi-único” caso, si se nos permite la licencia, que merece un tratamiento diferenciado (no precisamente para mejor): el de los judíos. Y eso, esa obstinada y obsesiva fijación con los judíos, tiene nombre y se llama antisemitismo, judeofobia.
Por añadidura, está eso que algunos llaman normas de sana y pacífica convivencia. Algunos hablan de don de gentes, otros de sensibilidad, otros de empatía. Se trata de colocarse por un instante en los zapatos del otro. Cualquiera fuera el nombre, la actuación de Doña Bastarda fue también una muestra de la más absoluta y total insensibilidad. Porque, habiendo sido testigos de las reacciones que la representación producía —el cuplé fue objetado por el INAU y hubo muchos (judíos y no judíos) que se sintieron agraviados y así lo manifestaron públicamente—, la murga siguió adelante como si nada.
Podrían haber tomado múltiples acciones para mitigar el daño, calmar las aguas o transmitir un mensaje de arrepentimiento: podían haber retirado el cuplé, podían haber modificado su texto, podían haber pedido disculpas; en fin, opciones sobraban. Bastaba con decir algo tan simple como: “por ahí nos equivocamos en la elección de las palabras, no fue nuestra intención herir a nadie y, si acaso a alguien agraviamos, disculpas”. De hecho, todavía pueden hacerlo.
Pero nada de eso hicieron y —tal como el lector y este cronista bien sabemos— tampoco lo harán.
La pregunta es: ¿por qué? Una de dos: o creen que nada malo hicieron o, si lo creen, entienden que aun así no deben disculpa alguna. Cualquiera sea la respuesta, en una u otra hipótesis algo queda claro: Doña Bastarda no es precisamente una murga prosemita.
Por fin, quisiéramos detenernos en una de las aristas legales del tema, la libertad de expresión. Como en tantas otras ocasiones, también en el caso de Doña Bastarda la libertad de expresión fue invocada de inmediato —diríamos incluso: a la velocidad de la luz— a modo de coartada o defensa legal del cuplé.
Aquí se imponen varias reflexiones. La primera: parece que el argumento está de moda. Ni bien en el horizonte se divisan manifestaciones de odio o que incitan al odio, de manera casi automática alguien —usualmente mucho más identificado con quienes profesan el odio que con aquellos que lo padecen— invoca la manida libertad de expresión (me recuerda una de las afirmaciones vertidas por una de las magistradas que intervinieron en el caso de la marcha del 8M y el monstruo diabólico: “arte callejero” —sic—).
Excepto que, tal como lo tiene admitido la jurisprudencia de nuestro Tribunal de lo Contencioso Administrativo, la generalidad del agravio es suficiente para sellar su propia suerte. Esto es: si se quiere esgrimir la libertad de expresión, fantástico. Pero con eso solo no alcanza; hay que explicitar: libertad de expresión ¿para expresar qué? ¿la fascinación que ejerce el jabón? ¿la apología del nazismo?
He aquí una de las mayores enseñanzas de este cuplé tan poco feliz. La libertad de expresión no es un mantra ni una coraza para decir o hacer lo que a cualquiera de nosotros nos plazca; si así fuera, podríamos libremente insultar a otra persona, amparados en esa pretendida libertad de expresión. Sin embargo, no es este el sentido de la libertad de expresión.
Ya el propio Carballa nos advertía en su tesis sobre los excesos de la libertad de expresión: si lleváramos esta última a sus extremos —decía—, jamás podría tipificarse el delito de incitación al odio. Por eso —y desde ya disculpas al lector si hacemos de esta una nota excesivamente técnica—, al tocar este punto mi padre solía recordar el texto constitucional, que, tras consagrar la libertad de expresión, a renglón seguido establece sus límites: salvo la responsabilidad por los abusos que se pueden cometer en su ejercicio.
Para decirlo en criollo: mis derechos terminan allí donde nacen los tuyos. Y tan cara como la libertad de expresión lo es la dignidad humana o la protección de la paz pública que hoy tantos se empeñan en socavar.
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