Don Pepe hoy
Edición Nº 1081 - Viernes 22 de mayo de 2026. Lectura: 5'
A 170 años del nacimiento de José Batlle y Ordóñez, Julio María Sanguinetti reivindica la vigencia del batllismo como matriz institucional, social y democrática del Uruguay moderno. El expresidente repasa el legado histórico de Don Pepe, reivindica sus reformas y contrapone ese ideario tanto al conservadurismo inmovilista como a los dogmatismos de izquierda.
Cuando nació José Batlle y Ordóñez, el 21 de mayo de 1856, su padre Don Lorenzo llevaba ya años de acción cívica y militar. Vinculado a Fructuoso Rivera, luchó en la Guerra Grande como jefe de las Guardias Nacionales. Su definición política es esencialmente la de un hombre del Gobierno de la Defensa, liberal, institucionalista, raigalmente opuesto a los caudillismos autoritarios que representó como ningún otro el dictador porteño Juan Manuel de Rosas. En esa lucha entre “la civilización y la barbarie”, como así lo sintieron, no sin razón, los hombres de La Defensa, participó en la toma de Colonia bajo el mando de Garibaldi, quien mucho le apreciaba y a quien siempre admiró. Perdió en combate a su hermano José y forjó así una personalidad singular que le llevó al Ministerio de Guerra y Marina del gobierno de Joaquín Suárez, cargo que volvería a ocupar varias veces, en dos oportunidades con Venancio Flores. También el de Hacienda y, finalmente, llegar a la Presidencia en una reñida elección en el Parlamento, en la que se impuso por un voto al general José Gregorio Suárez, versión colorada de los caudillos cerriles. Su presidencia fue una secuencia dramática de crisis financieras y levantamientos insurreccionales que tuvo que enfrentar, todo lo cual viene a cuento para concluir que Don Pepe, formado en esa familia, solo habría podido fundar una corriente como el batllismo, de fuerte inspiración social, dentro del Partido Colorado.
Bajo esas banderas coloradas formó su sentido de la unidad del Estado, en pugna con caudillismos que ocupaban con sus lanzas parcelas de poder. Por eso mismo sirvió con lealtad a un Rivera liberal, institucionalista, que incluso aceptó su renuncia y ostracismo en la hora de la derrota, cuando al propio Don Lorenzo le tocó el difícil empeño de imponerle esa resignación. En ese ambiente, el joven Batlle se forma. Repudiando a Rosas, admirando a Joaquín Suárez, por su integridad para preservar el Estado de derecho y la honestidad republicana.
La Guerra Civil de 1904 le impone un enfrentamiento que sintió fundamental: la integridad del Estado, ese concepto que había grabado a fuego Rivera en su largo periplo de liderazgo. Allí se termina un tiempo y se abre la construcción del Uruguay moderno, nuestro Uruguay, en el que nos formamos las tres o cuatro generaciones que hoy compartimos la vida republicana. Allí nace la legislación humanística que va desde la abolición de la pena de muerte hasta las pensiones a la vejez y la protección feminista que ampara los derechos de la mujer sometida a la autoridad patriarcal propia de la sociedad del siglo XIX, alejada hasta de la posibilidad de los empleos públicos. Alumbra también la legislación social, con leyes como la de seguro obligatorio de accidentes de trabajo y la ley de 8 horas, que no logró que se aprobara en sus dos presidencias y recién se sancionó en la de Feliciano Viera. El Estado asume responsabilidades sociales, pero también apunta con vigor al desarrollo económico, no solo mediante la protección de la agricultura y la incipiente industria, sino por las empresas del Estado, encabezadas por el Banco de la República, que será fundamental en la organización de un país que arrastraba un siglo de turbulencias. Sus edificios, en cada ciudad, en cada pueblo, son aún hoy el testimonio vivo de lo que significó esa estructura del Estado para el desarrollo nacional.
Ese Estado batllista, como se le ha denominado históricamente, es el Estado uruguayo. Son sinónimos. Repudiado por unos, que en nombre del liberalismo cuestionan a veces con razón su burocratismo, pero ignoran lo que ha significado para la paz social y la vida institucional de la República. Usurpada su imagen por otros, que desde la izquierda socialista valoran su rol social, se trepan a él como si fueran sus dueños, pero ignoran también que solo se sustenta en el equilibrio de las finanzas, la competencia comercial y una irrenunciable vocación democrática, reñida con todo totalitarismo de afuera y de adentro.
El batllismo es reformismo. Ni quietismo conservador ni revolucionarismo utópico.
Desde ese espíritu le sentimos tan vigente como siempre. ¿Hay alguna corriente política que en los últimos cincuenta años haya logrado mayores avances que el batllismo? ¿Quién difundió las escuelas de tiempo completo y creó los centros CAIF? ¿Quién modernizó la producción del país en su tiempo con la industria y en estos últimos años con la forestación, las zonas francas, la vitivinicultura, el arroz y todo el andamiaje logístico? ¿Quién llevó los centros de formación docente al interior de la República, digitalizó la red telefónica y llegó con Internet a ciudades y pueblos? ¿Quién levantó el Sodre de las cenizas, creó la Comedia Nacional y refundó el Museo Nacional de Artes Visuales?
Podríamos seguir enumerando realizaciones e instituciones. Todas ellas configuran la vigencia del espíritu batllista. Más vigente que nunca. Cuando hay presuntos progresistas que todavía defienden la dictadura venezolana y extraviados movimientos feministas que levantan las banderas del patriarcado musulmán, nos reafirmamos en nuestras convicciones.
En medio de la revolución tecnológica que vivimos, más que nunca debemos preservar ese espíritu batllista, basado en un instinto de justicia que orienta la razón. Sin dogmas ni prejuicios. Abiertos al cambio tanto como celosos custodios de los valores republicanos que Don Pepe impregnó en el país y que son su esencia e inspiración.
J.M.S.
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