Documentos que hablan
Viernes 28 de agosto de 2026. Lectura: 6'
Por Julio María Sanguinetti
El pasado sigue vivo y de a ratos se hace presente. Este sábado se estarán rematando en la casa Zorrilla dos documentos vinculados a Fructuoso Rivera, el caudillo de mayor gravitación popular en el proceso que condujo a nuestra independencia.
El primero es una nota de puño y letra del general porteño Carlos Ma. Alvear dirigida a Juan Fco. Giró, fechada el 2 de setiembre de 1826, denunciando “la conducta pérfida del joven Rivera”, en rebeldía ante su mando.
La diferencia venía de lejos, tanto que en febrero había pedido la baja y en el mes de julio había sido convocado a Buenos Aires a explicar su conducta por lo que se veía como incumplimiento de órdenes dadas por el nuevo “Ejército Nacional”.
El hecho es que luego del desembarco de los Treinta y Tres Orientales, fueron necesarias las batallas de Rincón, ganada por Rivera, y Sarandí, comandada por Lavalleja, para que Buenos Aires apoyara el esfuerzo oriental. Proclamada en La Florida el 25 de agosto de 1825 la independencia de Brasil y la incorporación a las provincias argentinas, el Imperio declaró la guerra y en eso se estaba en 1826. Había que organizar un “ejército nacional”, cuyos mandos porteños, Martín Rodríguez primero y Alvear luego, se la veían en figurillas con los jefes orientales. Lavalleja aspiraba él a comandar y Rivera no aceptaba bajo concepto alguno que se disolvieran sus Dragones, subsumidos en la fuerza general. Las sublevaciones eran permanentes. Desde la Precisión del Yi, de Artigas en 1812, ni él ni Rivera aceptarán nunca disolver la fuerza oriental, que era condición de subsistencia.
Rivadavia en el gobierno, unitario radical, aspiraba a un centralismo rígido, que chocaba con el espíritu autonomista de los jefes orientales. Ese documento del 2 de setiembre es un claro preludio del decretazo de Rivadavia, de 14 de setiembre, que lo declara traidor y ordena la prisión de Rivera. Hasta se le confiscan sus haciendas y “cuanto había en las estancias de Arroyo Grande y hasta los criados y capataces…” Él cuenta que al principio creyó que era broma pero cuando se llevaron preso a su ayudante entendió la gravedad del episodio y logró escaparse, refugiándose en Santa Fe bajo la protección de su amigo Estanislao López, que gobernaba la provincia. A partir de allí dirá una y otra vez en su correspondencia que todo su objetivo es reconciliarse con su compadre Juan Antonio y desmentir “con hechos que asombren” las injustas acusaciones.
Esa hora llegará cuando intente reincorporarse al Ejército del Norte, que se venía formando y choque con la violenta oposición de Lavalleja, que arrastra también a Dorrego. Pasa en secreto a la Provincia Oriental e intenta infructuosamente una conciliación con Lavalleja, a quien quería convencer de invadir las Misiones. Su clásica mirada táctica le llevaba a pensar que si no se introducía la guerra en territorio imperial, nada ocurriría. Los hechos lo demostraban luego de la gran victoria del 20 de febrero de 1827 en Ituzaingó. Alvear se había vuelto a Buenos Aires, dejó a Lavalleja al mando y nadie se movía. El ejército imperial, pese a su derrota, estaba intacto.
El 21 de abril de 1828 se lanza a la aventura solo con sus leales Felipe Caballero y Bernabé y 71 hombres. Cruzan el Ibicuy y comienza a recibir adhesiones. En 20 días arma un ejército y toma, pueblo a pueblo, todas las Misiones, organizando cabildos y una administración. Ha logrado el “asombro” que buscaba. El presidente de la Provincia le escribe al vizconde de la Laguna, pidiéndole apoyo: “La audacia de Fructuoso; el terror que ha encendido; su súbita invasión, su aparente moderación, la prédica revolucionaria que usa; el conocimiento que tiene de nuestra gente, todo le torna un enemigo peligrosísimo”.
Ante la hazaña, los que lo perseguían lo reconocen. Le restituyen grados y honores.
Mientras tanto, Dorrego ya había aceptado la independencia oriental en las negociaciones que llevaban adelante los generales Guido y Balcarce. Ante el nuevo hecho intenta retroceder, pero ya es tarde. Se firma la Convención Preliminar de Paz y el precio de la independencia es la devolución a Brasil de las Misiones. Con ellas, Rivera había logrado la culminación de 17 años de lucha.
Le será muy dolorosa esa entrega, pero se resigna ante la magnitud del resultado. Cuando retorna le sigue un pueblo, estimado por Padrón Favre entre cinco y seis mil almas. Es un nuevo Éxodo. Los imperiales pretenden que baje hasta el Arapey. Se niega. Se instala en el Cuareim y allí fija, para siempre, el límite norte del país, que será confirmado por la historia.
A ese momento refiere el segundo documento de la subasta de que hablamos. Está dirigido al comandante brasileño y en él explica que “los indígenas siguen a nuestro ejército y quieren unirse a nuestro Estado Oriental”, de modo “espontáneo, libre, intachable”. Caudillo liberal y republicano, ratifica la libertad de esa gente. Y luego, algo fundamental en su tiempo, reconoce muy particularmente las propiedades que han amontonado en carretas. Ellas “son exclusivamente de todos y cada uno de los indígenas que en su origen las adquirieron con su industria o sus caudales y después las han conservado como una memoria, triste en verdad, pero única de su antigua opulencia”. En ese bagaje venían desde herramientas de labranza hasta las campanas de sus iglesias, testimonio conmovedor de su voluntad de emigrar hacia la nueva República que predicaba el caudillo y tanto preocupaba a los oficiales brasileños.
Este documento no es sino la continuidad de una línea de conducta histórica de Rivera. Durante la dominación brasileña incluso organizó un infructuoso plan que pretendía incluir los “charrúas”, “esos restos preciosos por su oriundez”. Fue el gran caudillo de los mayoritarios indígenas de nuestra tierra, aunque hoy una absurda leyenda negra pretenda instalarlo como genocida, solo “por ignorancia o mala fe”, como dice el historiador blanco Lincoln Maiztegui.
Con esa gente funda Bella Unión y el ejército oriental. Ese mundo guaraní misionero, que ya tenía largas raíces en nuestro territorio, pasaba a ser parte integral de la sociedad que se venía configurando bajo la nueva institucionalidad. La colonia tendrá una existencia azarosa y muchos de esos primeros habitantes serán la base de la fundación de Durazno.
Esos dos documentos nos hablan de la personalidad de Rivera, su sentido estratégico, su visión geopolítica, su espíritu liberal, su republicanismo, su concepción del Estado a partir de un pueblo de armas. Son testimonios que se suman a los miles para configurar la personalidad de este hombre excepcional, protagonista definitorio de nuestra independencia nacional.
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