Días particulares, reflexiones varias
Edición Nº 1088 - Viernes 10 de julio de 2026. Lectura: 5'
Por Julio María Sanguinetti
A partir de una serie de hechos de actualidad —desde el recuerdo de Hugo Batalla hasta los conflictos sindicales en el puerto—, el expresidente Julio María Sanguinetti reflexiona sobre el deterioro de la vida cívica, la responsabilidad política y el compromiso con las instituciones.
Esta semana hemos estado recordando a Hugo Batalla, el gran vicepresidente de nuestra segunda Presidencia. Pocas figuras provocan no solo un recuerdo admirativo por su trayectoria sino una afectuosa nostalgia. Su bonhomía, su buen humor, su sentido de la amistad y la fraternidad hacían de él un personaje singularísimo.
Él mismo decía que la gente le reconocía como “bueno”, pero que todo estaba tan tergiversado en este mundo que ser “bueno” parecía ser, más que una calificación afirmativa, algo así como un condescendiente: “Pobre hombre... Es bueno... no es malo...”.
Suele ocurrir esto con los personajes públicos, esa distorsión entre imagen y sustancia. El propio Hugo tenía fama de “indeciso” porque su racionalidad le llevaba siempre a dar respuestas razonadas y no siempre tajantes. Sin embargo, es el político uruguayo que con más coraje asumió su rol. Formado, como nosotros, en la vieja Lista 15 de Luis Batlle, fundó con Zelmar Michelini la Lista 99, que marcó una impronta en el Partido Colorado. Al fundarse el Frente Amplio, marcharon hacia allí, en la idea —respetable aunque no compartiéramos— de que podrían llevar allí su ideal batllista. Tempranamente advirtió que no era así y se fue para fundar el Nuevo Espacio y luego retornar al origen, nuestro Partido Colorado, cuando se había recuperado la mayoría batllista.
Fue ejemplar como vicepresidente, un cargo algo indefinible, no siempre bien articulado con el titular del Ejecutivo. En nuestro caso, por el contrario, actuábamos con gran comodidad. Participaba de los Consejos de Ministros y hacía valer su aporte, mientras en el Parlamento articulaba coincidencias con su proverbial espíritu conciliador.
Al cumplirse cien años de su nacimiento, el miércoles lo recordó el Partido Colorado y el jueves el Parlamento. No fueron simples rituales conmemorativos sino expresiones sentidas de pesar.
Como estamos con el Mundial de Fútbol, en tiempos particulares, esta nota es miscelánea, pero apunta a un tema serio. Nos indignó que la gran bandera expuesta fuera celeste y blanca como la argentina y no azul y blanca como lo es. Está claro que nuestra camiseta de competencia en el fútbol genera confusiones, pero ellas, entendibles en un extranjero, no deberían serlo para nuestros dirigentes. No se puede ignorar que desde 1830, cuando nacimos a la vida institucional, nuestra bandera es azul. Azul, azul y no azul celeste, como se estableció antes provisoriamente. Los mismos colores azules que había usado Artigas en 1815 y Lavalleja en 1825. Aparte de los responsables, nos entristece que el tema haya sido tomado por dos o tres medios y no haya pasado de unos pocos comentarios de momento. Esa intrascendencia ante el mayor símbolo nacional es demostrativa de una preocupante claudicación cívica. Nunca hemos sido patrioteros ni fetichistas de esos emblemas, pero asumir el tema con tanta indiferencia es bastante más grave de lo que parece.
Ya que estamos en el fútbol, digamos también que nuestra pronta eliminación ha asombrado a algunos y sorprendido a otros, pero era razonablemente previsible (por lo menos que no pasáramos de los dieciseisavos). En el Mundial pasado, aun con Suárez y Cavani, no nos clasificamos. Sudáfrica ya estaba lejos y entonces no solo estaban estos dos jugadores en su plenitud sino Diego Forlán (el mejor jugador de aquel torneo) y un plantel con otras características. Si a eso añadimos que ahora no había un clima de unidad, de fervor entusiasta en el grupo, sino un constante ir y venir entre el director técnico y el plantel, había que ser muy optimista para soñar con cosas mejores. No hubo ni un ritual de despedida como en Colombia y Argentina. Siempre la esperanza está y no fuimos ajenos a ella. Quisimos creer, pero por sentimiento y no por razonamiento.
Como ciudadanos no deja de alarmarnos la cuasi desaparición de las autoridades de la Asociación Uruguaya de Fútbol. Bielsa dio la cara y asumió su responsabilidad. De la dirigencia nadie se siente responsable cuando van dos mundiales en que nos ocurre lo mismo. Tampoco es un tema insignificante. Se sabe de las remuneraciones de esos dirigentes y de que su actividad, aunque privada, también convoca a un pueblo que paga por ver fútbol. ¿No creen que deberían haber vuelto a Montevideo con sus jugadores, informar, explicar y anunciar sus pasos institucionales?
Volvemos a la vida del Estado. Se comienza a hablar de la Rendición de Cuentas y sus impuestos. Una vez más, lo que debería ser la auditoría de un balance termina en un código tan variado de temas como esta nota.
Mientras tanto, alarma, asombra y preocupa lo que ocurre en la actividad portuaria. Los diversos sindicatos que allí existen compiten por ver quién propone lo más irracional, siempre desde una metodología de extorsión que toma de rehén a la actividad productiva del país. Unos pretenden cobrar sin trabajar; otros, trato de funcionario público, con todo asegurado, como si nuestro puerto no estuviera en competencia con los de la región, que ya le han cercenado el mercado. El gobierno, le guste o no, tendrá que mantener una real firmeza. No se trata de amenazas ni de medidas altisonantes. Simplemente, de no ceder ni un milímetro ante las presiones, demostrarle a la gente que quiere trabajar que el gobierno está dispuesto a defenderla y que estos burócratas no son el camino hacia las conquistas sino el tobogán hacia la desocupación.
Para terminar esta nota, digamos que no escribimos el viernes pasado y esta semana picoteamos en la presente, porque todo ha sido muy lejos de la rutina: Marta, mi esposa desde hace 66 años, fue exitosamente operada de una oclusión intestinal repentina. Está en franca recuperación, con lo que encaramos con optimismo estos próximos días.
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