Edición Nº 1088 - Viernes 10 de julio de 2026

Día Internacional de la Conservación del Suelo

Viernes 10 de julio de 2026. Lectura: 5'

Por Tomás Laguna

El pasado 7 de julio se celebró el Día Internacional de la Conservación del Suelo, tema de alta sensibilidad y trascendencia que amerita una referencia desde estas páginas.

La efeméride del título se justifica por la fecha de fallecimiento en 1960 del científico estadounidense Hugh Hammond Bennett, pionero en la materia y fundador del Servicio de Conservación de Suelos de Estados Unidos. Fue una referencia en la región cuando recorrió el territorio argentino en la década de 1950, alertando sobre el creciente proceso de erosión de la pampa y la vulnerabilidad de la capa arable ante la agricultura intensiva.

De hecho, fue en Argentina donde, por decreto presidencial de 1963, se instauró la fecha de la celebración. Desde entonces, sin que nos conste otra justificación similar a nivel mundial, desde distintos ámbitos internacionales, como Greenpeace, se ha tomado la fecha como referencia. Por cierto, no resulta en absoluto desapercibida para nuestro país, oportunidad de una oportuna, pero poco difundida, declaración por parte del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca.

No obstante, existe una segunda efeméride de alcance internacional sobre el mismo tema. La misma establece el 5 de diciembre como Día Internacional del Suelo, habiendo sido establecida por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2013, respondiendo a una iniciativa de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). En este caso, se conmemora la fecha de nacimiento del, por entonces, ya difunto rey de Tailandia, Bhumibol Adulyadej, a quien se considera uno de los principales impulsores y protectores de esta causa a nivel global.

Como sea, la causa es de máximo interés global en tiempos de las crecientes exigencias en la producción de alimentos, a la vez que de la imperativa necesidad de la conservación de los recursos naturales renovables utilizados para tal fin. Demanda muy en particular para nuestro país de economía agroexportadora. Al respecto, vale aquello de «lo que abunda no daña» y seguramente se volverá sobre el tema el próximo 5 de diciembre. Una vez cada seis meses parece razonable el recordatorio de esta causa...

La conservación del recurso suelo, en particular su capa arable, ha sido tema de particular sensibilidad en nuestro país, en particular en los últimos casi 60 años. Podríamos definir tres grandes empujes en la historia de nuestro desarrollo agrícola. El primero fue a inicios del siglo pasado, a instancias de la inmigración canaria, en particular en el departamento de Canelones. Erosión de la cual aún hoy pueden verse secuelas. Una segunda época fue el impulso que en los años 50 se le dio a la agricultura, en particular la triguera, justificado por entonces en el mayor dinamismo del desarrollo rural, tanto productivo como social, en respuesta a la dominante ganadería extensiva de la época, casi extractiva. Aquellas políticas desarrollistas omitieron considerar la sustentabilidad del modelo propuesto, pero por entonces no existía aún una real conciencia en ese sentido. Avanzando en el tiempo, hoy está instalada la que definiríamos como la tercera ola agrícola, muy diferente de las dos anteriores. Podríamos identificar sus orígenes con el desembarco de productores y capitales argentinos, luego de la crisis de 2002 y a partir de la guerra interna contra el campo argentino instalada por el kirchnerismo.

Desde entonces, la agricultura cambió no solo en la tecnología aplicada sino, lo más importante, en las formas de gestión de las empresas agrícolas. Fue también la irrupción de los cultivos genéticamente modificados, si bien ya incipientes desde fines de la década de los 90. La soja primero, el maíz luego, por entonces ideológicamente combatidos con fervor histérico (histérico, no histórico, que se lea bien) por la izquierda vernácula. Por cierto que hoy son bien aceptados y, desde siempre, desde su misma irrupción, muy cuidadosamente regulados. Tema para otra nota por lo sabroso que resultan las contradicciones ideológicas frente al progreso económico.

En paralelo a este breve y esquemático discurrir de los tiempos agrícolas, corresponde mencionar que nuestro país tiene su propia historia en las políticas de conservación del recurso suelo. La primera referencia, la ley madre, data de 1968, cuando se aprobó la ley 13.667, por la cual se declaraba de interés nacional la preservación del recurso, obligando al Estado a actuar en consecuencia a través del MGAP. Entre sus potestades se establecía que esta Secretaría de Estado debía promover aquellas medidas preventivas tendientes a la conservación del suelo, tales como la regulación del uso de la tierra, los métodos de cultivo y el uso de la vegetación, además de la prohibición de ciertas prácticas en determinadas áreas.

Disposiciones que harían entrar en convulsiones a más de un «libertario». Aquella ley fue promulgada con las firmas del presidente don Jorge Pacheco Areco, del ministro de Ganadería y Agricultura don Carlos Fick Davie y del ministro de Economía, don Francisco Forteza.

Aquella ley fue luego actualizada y jerarquizada a través del decreto-ley 15.239 de 1981, tiempos de dictadura. Luego, durante lo que hemos definido como la tercera oleada agrícola, en el año 2009, se aprobó la ley 18.564, la cual avanza en la determinación de responsabilidades, haciendo solidario al propietario de la tierra ante un mal uso del suelo por parte del agricultor «medianero».

En este repaso de lo que bien se puede definir como una clara política de Estado de carácter histórico en cuanto a la conservación del suelo, no podemos dejar de mencionar el decreto 405/2008, por el cual se instrumenta la obligatoriedad de que cada productor presente al MGAP un plan de uso y manejo de suelos que justifique las rotaciones agrícolas con criterios técnicos de conservación del suelo, el cual debe estar avalado por un ingeniero agrónomo que, a su vez, debe estar habilitado para tal fin.

Hay un denominador común a lo largo de toda esta historia que no ha cambiado. La vulnerabilidad de nuestros suelos y la frontera agrícola sigue siendo la misma con el transcurrir del tiempo. Por lo tanto, la efeméride mantiene vigencia, en tanto sirva para despertar conciencias, en particular entre los productores rurales, pero también como tema relevante a incluir en los programas de educación de nuestros niños.



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