Edición Nº 1074 - Viernes 27 de marzo de 2026

¡Descarados!

Viernes 27 de marzo de 2026. Lectura: 7'

Por Santiago Torres

Una delegación de la izquierda internacional —incluido el Frente Amplio— viajó a Cuba en medio de una crisis humanitaria profunda. Entre hoteles de lujo, recorridas turísticas y gestos de cinismo político, la visita no fue solidaridad: fue respaldo explícito a una dictadura que lleva décadas condenando a su pueblo a la miseria.

Hay gestos que no admiten ambigüedades. Y hay viajes que, por más que se disfracen de “misión solidaria”, terminan revelando su verdadera naturaleza con una obscenidad imposible de disimular. Lo ocurrido en Cuba en los últimos días pertenece a esa categoría: un espectáculo político y moral que solo puede describirse con una palabra precisa y necesaria: descaro.

Mientras la isla atraviesa una de las peores crisis de su historia reciente —apagones generalizados, colapso energético, falta de agua corriente, escasez crónica de alimentos, ausencia de medicamentos e insumos médicos—, una nutrida delegación de dirigentes y militantes de izquierda de América y Europa decidió desembarcar en La Habana. Entre ellos, una representación del Frente Amplio encabezada por su presidente, Fernando Pereira e integrada, además, por la exdiputada Ana Olivera, del Partido Comunista (PCU); el diputado suplente Heber Bousses, del MPP; y el titular de la Comisión de Asuntos y Relaciones Internacionales del FA, Fernando Gambera, de la Vertiente Artiguista. También se sumaron el embajador uruguayo en Cuba, Juan Canessa (PCU) y el dirigente de Fenapes, José Olivera, en representación del PIT-CNT (también comunista).

No fueron a ver. Fueron a convalidar.

Porque conviene decirlo sin rodeos: en Cuba no hay una crisis coyuntural ni un problema derivado exclusivamente de sanciones recientes de la administración Trump. La devastación económica, la miseria estructural y la degradación de las condiciones de vida preceden largamente cualquier restricción puntual en el suministro de petróleo. Son el resultado directo de un sistema socialista inviable, que lleva 67 años demostrando su incapacidad para generar libertad, prosperidad o condiciones mínimas de dignidad.

Y, sin embargo, allí estuvieron.

No en los hospitales desabastecidos ni en los barrios sin agua. No junto a los más de mil presos políticos ni con las familias que sobreviven con raciones miserables. Estuvieron en hoteles de alto nivel, en circuitos cuidadosamente diseñados, en recorridas turísticas donde la pobreza fue convertida en escenografía en lo que se ha dado en llamar adecuadamente “safari de la miseria”.

Las imágenes hablan por sí solas: dirigentes sacando fotografías de personas en condiciones de miseria extrema. Como si se tratara de un safari humano. Como quien documenta una curiosidad exótica. Como quien convierte el dolor ajeno en insumo estético. Como quien, incapaz de comprender lo que ve, opta por estetizarlo.

El episodio —grotesco hasta lo insoportable— de personas, encabezadas por el español Pablo Iglesias, que arrojan galletas a niños para provocar una escena “fotografiable” no es una anécdota. Es una síntesis. Una metáfora brutal de la relación entre cierta izquierda y la pobreza: no la combate, la utiliza.

No es ignorancia. Es algo peor.

Es la voluntad deliberada de sostener una ficción. De tapar el cielo con un harnero. De negar lo evidente para preservar una identidad ideológica que ya no resiste el menor contraste con la realidad.

En algunos casos —probablemente los más jóvenes— podrá haber una cuota de ingenuidad, de tontera emotiva, de esa pulsión adolescente que confunde consignas con comprensión. Pero en otros, y no son pocos, hay algo mucho más grave: adhesión consciente a un régimen totalitario, de partido único, sin elecciones libres, sin prensa independiente, que encarcela, mata y desaparece disidentes y administra la miseria como método de control. Lo que ellos mismos llevarían cabo en sus respectivos países si pudieran.

Eso no es romanticismo. Es dogmatismo autocrático travestido de sentimentalismo épico.

La participación del Frente Amplio agrega, además, una dimensión particularmente inquietante. No se trata de militantes marginales ni de activistas sin responsabilidades políticas. Se trata de una fuerza de gobierno, cuyo presidente encabezó una delegación que, lejos de mantener una distancia crítica, optó por alinearse con alborozo a la narrativa oficial del régimen.

Las declaraciones de Fernando Gambera, secretario de la Comisión de Asuntos Internacionales del FA, a El Observador —en línea con la habitual retórica de “bloqueo” y contextualizaciones— no hacen más que confirmar esa deriva, expresando que “ya no es momento como para que un partido como el Frente Amplio vuele por debajo del radar” y que “los partidos de izquierda tienen que empezar a mostrar los dientes”. ¿A los pobres cubanos que se lanzan a la calle a protestar con inmenso coraje y dignidad les van a mostrar los dientes? Esa actitud habla de la incapacidad de distinguir entre la solidaridad con un pueblo y el respaldo a sus opresores. O sí lo distinguen y optan lo último…

Porque ese es el punto central.

Quien viaja a Cuba en estas condiciones, quien se fotografía con las autoridades de la dictadura, quien evita cuidadosamente cualquier contacto con la disidencia, quien reproduce el discurso oficial y participa de una puesta en escena diseñada por el propio régimen, no está ayudando a los cubanos. Está ayudando a quienes los someten.

Incluso la llamada “ayuda humanitaria” entregada —alimentos, medicamentos— queda entredicho. No solo por la irregularidad en el manejo y traslado de insumos médicos, en franca violación de la “Ley de Farmacias”, como se vio en un video promocionado por el propio FA, sino porque en un sistema como el cubano nada escapa al control estatal. Nada llega directamente al ciudadano de a pie. Todo pasa por las estructuras del poder. Todo termina, en última instancia, reforzando el aparato que perpetúa la opresión. Toda esa “ayuda” —sin el menor atisbo de duda— va a parar a los militares. Serán parte, pues, del circuito opaco que reproduce privilegios para una élite mientras el resto sobrevive.

Es, en el mejor de los casos, ingenuidad funcional. En el peor, un acto deliberado de apoyo político a una tiranía.

Hay, además, una dimensión moral que no puede ser soslayada. La izquierda latinoamericana —y el Frente Amplio en particular— ha sido históricamente muy clara, y con razón, a la hora de denunciar violaciones a los derechos humanos en dictaduras de derecha (aunque originalmente las hayan apoyado, como al “Proceso” de Argentina). Pero frente a Cuba, esa claridad se diluye en matices, excusas, silencios y “contextos”.

La vara cambia. La indignación se relativiza. La libertad deja de ser un principio universal para convertirse en una variable ideológica. Todo depende del cristal con que se mire.

Y eso tiene un nombre: doble estándar.

El resultado es una tragedia no solo política, sino también intelectual. Una renuncia a la verdad. Una claudicación frente a la evidencia. Una persistencia obstinada en una ensoñación que, en todos los lugares donde se ha aplicado, ha terminado produciendo exactamente lo mismo: pobreza, represión y exilio.

Cuba no es una excepción. Es la confirmación. El experimento ha salido invariablemente mal, en todo tiempo y lugar.

Por eso, lo ocurrido no puede ser minimizado ni explicado como un error de apreciación. No a esta altura de los tiempos. Es un acto consciente, un gesto político claro, un alineamiento que deja al descubierto una forma de pensar —y de justificar— que sigue siendo incapaz de confrontar sus propias consecuencias.

Mientras el pueblo cubano sobrevive en condiciones cada vez más extremas, quienes dicen representarlo desde la solidaridad internacional prefieren alojarse en hoteles confortables, recorrer circuitos turísticos y construir relatos que niegan la realidad.

Mientras en La Habana se organizan recepciones y recorridas, miles de cubanos hacen fila por comida, buscan medicamentos en el mercado negro o sobreviven a apagones que duran horas, cuando no días.

Mientras unos sacan fotos, otros entierran a sus muertos.

Mientras unos hablan de solidaridad, otros viven en la escasez más elemental.

No es solidaridad.
No es ignorancia.

Es, lisa y llanamente, un acto de descaro.



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