Del primer voto femenino a los nuevos retrocesos culturales
Edición Nº 1082 - Viernes 15 de mayo de 2026. Lectura: 3'
Por Angelina Rios
Uruguay se aproxima a los cien años de una de las mayores conquistas democráticas mientras en el mundo resurgen señales de retroceso sobre los derechos de las mujeres.
Falta poco más de un año para que Uruguay conmemore un hecho histórico que marcó no solo al país, sino también a América Latina. El próximo 31 de mayo de 2027 se cumplirán cien años del decreto de la Corte Electoral que habilitó la participación de las mujeres en el plebiscito de Cerro Chato.
Aquella resolución de 1927 abrió paso a una experiencia pionera. Las mujeres votaron por primera vez en Uruguay y en América Latina. Entre ellas estuvo Rita Ribeiro, convertida con el tiempo en símbolo de una transformación democrática que parecía impensada para la época.
El dato no es menor. Muchas veces se recuerda solamente la fecha del plebiscito, pero fue aquel decreto del 31 de mayo de 1927 el que reconoció formalmente que las mujeres podían participar, incorporándolas por primera vez al ejercicio pleno de la ciudadanía.
Detrás de ese avance hubo mujeres que entendieron antes que muchos dirigentes políticos que la democracia no podía construirse dejando afuera a la mitad de la sociedad. Uruguay avanzaba en reformas sociales, laborales y educativas, pero todavía convivía con una cultura profundamente desigual respecto del lugar de la mujer en la vida pública.
Por eso, el voto femenino no fue solamente un cambio electoral. Fue un cambio cultural.
Aquel primer voto en Cerro Chato fue apenas el comienzo. El sufragio femenino sería aprobado a nivel nacional en 1932 mediante la Ley 8.927, aunque recién el 27 de marzo de 1938 las mujeres uruguayas participarían por primera vez en una elección presidencial.
Y cien años después, el tema vuelve a adquirir una vigencia inesperada.
Esta semana, durante un seminario realizado en el Palacio Legislativo de Montevideo, la expresidenta chilena y candidata a la Secretaría General de la ONU, Michelle Bachelet, puso el foco en el retroceso de los derechos de las mujeres en distintas partes del mundo y vinculó ese fenómeno con el avance de discursos extremistas y con el debilitamiento democrático.
Bachelet sostuvo que ninguna sociedad alcanza su verdadero potencial dejando afuera a la mitad de la población y advirtió que muchas de las conquistas alcanzadas en las últimas décadas hoy enfrentan retrocesos culturales, políticos y sociales. También señaló que los ataques hacia mujeres en espacios públicos y políticos buscan deslegitimarlas, intimidarlas y expulsarlas de la discusión pública.
Las palabras resuenan especialmente en un año en el que nos aproximamos al centenario de una de sus mayores conquistas democráticas.
Porque si algo demuestra la historia es que los derechos nunca quedan definitivamente asegurados.
Las sociedades avanzan, pero también pueden retroceder.
Y quizás allí radique la importancia de recordar lo ocurrido en 1927 no como una simple efeméride, sino como una advertencia y una responsabilidad colectiva.
Hoy las mujeres votan, legislan, gobiernan, conducen empresas, sindicatos, universidades y organizaciones sociales. Pero las desigualdades persisten en múltiples formas, como lo son la violencia, la brecha salarial, la sobrecarga de cuidados y también nuevas formas de agresión política y digital que buscan desalentar su participación.
Nuestra democracia se fortaleció cuando incorporó nuevas voces. Cuando entendió que ampliar derechos no debilitaba al sistema, sino que lo hacía más legítimo y más representativo.
Por eso, a las puertas de los cien años del voto femenino, la discusión no debería limitarse a mirar el pasado con orgullo.
También debería obligarnos a preguntarnos qué democracia queremos cuidar hacia adelante.
Porque las conquistas democráticas más importantes no son aquellas que simplemente se celebran.
Son aquellas que cada generación decide defender.
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