De Sanguinetti a Orsi: China como política de Estado, no como gesto
Viernes 6 de febrero de 2026. Lectura: 4'
A casi cuatro décadas del establecimiento de relaciones, el viaje presidencial ratificó la centralidad de China, pero también recordó que Uruguay no gana nada sobreactuando alineamientos ni persiguiendo acuerdos improbables.
El viaje del presidente Yamandú Orsi a China no representó un giro abrupto ni una redefinición de la política exterior uruguaya, sino más bien la confirmación de una línea de continuidad que atraviesa gobiernos de distinto signo político. La relación con Beijing, lejos de ser una novedad o una apuesta coyuntural, forma parte desde hace décadas del núcleo duro de la política internacional del país y ha logrado consolidarse, con matices y ajustes, como una auténtica política de Estado.
Conviene recordar que los vínculos diplomáticos con China fueron inaugurados —no sin controversia— por el primer gobierno democrático tras la dictadura, encabezado por Julio María Sanguinetti, el 3 de febrero de 1988. Aquella decisión, resistida en su momento por sectores que miraban con recelo el vínculo con la China comunista, terminó revelándose estratégica. Uruguay supo anticipar el desplazamiento del eje económico global y construir, con el paso del tiempo, una relación pragmática, estable y funcional a sus intereses, sostenida luego por administraciones de distinto color político.
En ese marco, el viaje del presidente Orsi debe leerse más como un gesto de reafirmación que como un intento de relanzamiento. Hubo encuentros de alto nivel, declaraciones de voluntad política y la firma de cartas de entendimiento en áreas diversas, desde el comercio y la cooperación agrícola hasta la infraestructura, la tecnología y el financiamiento. Todo ello es relevante como señal diplomática, pero conviene no exagerar su alcance. Las cartas de entendimiento ordenan agendas y mantienen abiertos los canales, pero no sustituyen a los acuerdos concretos ni garantizan resultados económicos automáticos. El verdadero desafío comienza ahora: transformar la afinidad política en inversiones, acceso a mercados y proyectos verificables.
En términos sustantivos, el viaje dejó algunos avances puntuales y varias puertas entreabiertas. Se reafirmó el interés chino en los alimentos uruguayos, especialmente aquellos con mayor valor agregado, se mantuvo la cooperación en infraestructura y logística, y se volvió a colocar sobre la mesa el capítulo tecnológico, incluido el sensible tema del 5G. Son señales positivas, pero aún insuficientes para hablar de un salto cualitativo en la relación. Sin acuerdos específicos, plazos definidos y compromisos claros, el riesgo es que la visita quede más en el plano simbólico que en el impacto real.
Durante años, el TLC bilateral con China funcionó como un horizonte aspiracional. Hoy, ese objetivo aparece cada vez más lejano. No solo porque a China no le resulta prioritario cerrar un TLC bilateral con un socio pequeño —prefiere acuerdos regionales o esquemas que refuercen su peso sistémico—, sino porque Brasil lo vetaría sin dudar, como ya lo insinuó en el período pasado, invocando las reglas del Mercosur. No es casual que tanto el propio Orsi como el canciller Mario Lubetkin hayan relativizado ese punto, restándole dramatismo y evitando convertirlo en el eje de la relación. El mensaje implícito fue claro: el TLC no define el vínculo y no puede transformarse en un fetiche que distraiga de lo posible por insistir en lo improbable.
En ese sentido, resulta más realista insistir en la exploración de un eventual acuerdo Mercosur–China, aun sabiendo que se trata de un proceso largo, complejo y políticamente accidentado. Es el único camino compatible con la estructura regional en la que Uruguay está inserto y con las restricciones que esa pertenencia impone.
No todo, sin embargo, fue acierto. Hubo concesiones innecesarias, como la referencia a Taiwán, que no aporta beneficios económicos concretos y sí introdujo ruido geopolítico evitable. En diplomacia, no todo lo que se puede decir conviene decirlo, y menos aún cuando se trata de asuntos extremadamente sensibles potencialmente irritantes para varios actores globales. Ese tipo de gestos no fortalecen la posición uruguaya ni mejoran su capacidad de negociación; por el contrario, erosionan una de sus principales fortalezas: la neutralidad estratégica.
Uruguay no gana nada sobreactuando alineamientos ni convirtiéndose en actor ideológico de la disputa entre grandes potencias. Su tradición más exitosa ha sido la de la moderación, la previsibilidad y el diálogo con todos. Incordiar innecesariamente a Estados Unidos —socio financiero, político y estratégico central— sería un error tan serio como apostar a un alineamiento automático con ese país. La neutralidad estratégica no es ambigüedad ni indefinición; es interés nacional bien entendido.
El balance del viaje, en definitiva, es sobrio. Fue correcto, previsible y coherente con una política exterior que lleva casi cuatro décadas de continuidad. No fue revolucionario ni pretendió serlo. Cumplió su función básica: sostener un vínculo clave y reafirmar una línea histórica. Pero el examen verdadero empieza ahora. Las cartas de entendimiento deberán traducirse en acuerdos reales, las oportunidades en resultados concretos y la prudencia diplomática en una regla permanente. China es un socio central, pero no el único. Y Uruguay, para seguir siendo confiable para todos, no debería olvidar la lección que lo acompaña desde 1988: en política exterior, el equilibrio también es una forma de soberanía.
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